La infanta Cristina no piensa hacer caso ni de su hermano, el rey Felipe VI, y mucho menos de la reina letizia, empeñados ambos en que no vaya a visitar a su marido, Iñaki Urdangarin, a la cárcel de Brieva donde cumple condena. (La insoportable soledad de Urdangarin en una celda que ocupó Roldán: «Es como Spandau»).
Por ello, entre sus planes -esta más que enfadada con la actitud de los mentados- figura la de trasladarse en breve a una finca de muy difícil acceso, tipo ‘búnker’, situada entre los términos municipales de Muñopedro y Labajos, en Segovia. Desde allí podría trasladarse en apenas media hora a la prisión más discretamente, y además estar cerca de su esposo. (El antiestético gesto de la infanta Elena hacia su destrozada hermana Cristina).
Con un extensión de 123 hectáreas, pertenece a José María Álvarez de Toledo, conde de la Ventosa, y a su esposa, Rita Allendesalazar, conocida por ser la íntima amiga de Elena de Borbón y Grecia, su mano derecha, su más leal compañera. (La inesperada visita de doña Sofía el día del ingreso en prisión de Urdangarin).
Según ‘Look‘, en esta finca se refugió la primogénita de los eméritos cuando «cesó temporalmente su convivencia» con Jaime de Marichalar en 2007.
El padre de Rita era José María Allendesalazar, conde de Montenfuerte y de Alpuente y marqués de Santa Cristina y Casariego, y hasta su fallecimiento, en 1983, fue jefe de protocolo de Casa Real y además mano derecha del Rey Juan Carlos.
La lealtad de la condesa de la Ventosa hacia la institución monárquica es un hecho y allí está siempre que se la necesita.
Ella sería la mejor anfitriona para una exduquesa de Palma, cuyo objetivo es a día de hoy que su primera visita a la cárcel de Brieva pase lo más inadvertida posible.
Este lugar también ha sonado como posible refugio del propio Iñaki en las horas previas a su ingreso en prisión, esas en las que se le perdió la pista tras su aterrizaje en Madrid.
La amplísima hacienda se ubica a poco más de media hora de Brieva, pertenece a un municipio de apenas 300 habitantes y su localización, a cuatro kilómetros de la urbe y en pleno pinar, la convierte en un búnker inquebrantable.
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