Siempre nos quedará la duda de si las dos veces que Rajoy se dirigió anoche a Rubalcaba como Rodríguez en lugar de Pérez fue un lapsus o un misil dialéctico.
Que lo hiciera en dos ocasiones y que lo justificara explicando que le recordaba a Zapatero da que pensar. Porque ser un clon del peor gobernante que ha tenido España en siglos era el mayor hándicap del candidato socialista en el esperado debate televisivo, que marcó un punto de inflexión en la campaña.
A pesar de sus fintas dialécticas y las clásicas marrullerías de las que volvió a hacer gala ante las cámaras, Rubalcaba no logró quitarse de encima la cruz con la que carga desde que sucedió a Zapatero.
Eso explica que el político socialista planteara la mayor parte de su intervención desde la derrota, dando incluso por hecho que quien va a gobernar es el líder popular y haciéndole constantemente preguntas en el talón de Aquiles de los derechos sociales -con la vista puesta en el electorado de izquierda- como si el que tuviera que dar explicaciones del desastre en que ha terminado España fuera Rajoy y no el tándem Zapatero-Rubalcaba.
En este sentido, el álter ego de Zapatero navegó entre la ocurrencia adolescente (proponer que Europa atrase el ajuste, lo que significaría precipitarse aún más al abismo) y los guiños constantes a la parroquia más extrema de la izquierda. Esta última estrategia es la prueba más palpable de que el candidato da por seguro el batacazo el 20-N y de que trata, desesperadamente, de rebañar votos del flanco más extremo y marginal del espectro.
Da por perdido el centro, y como todos sabemos desde que Felipe González arrasó con el cambio en 1982, las elecciones se ganan por el centro. Es verdad que el duelista verbal superó su inocultable nerviosismo del comienzo y trató de poner contra las cuerdas al candidato popular, sacándolo de su célebre aplomo.
TRAMPAS INÚTILES
Pero de nada le sirvieron sus trampas, ni su batería de preguntas demagógicas. No tiene sentido insistir, como hizo él, en que el ajuste no basta si no hay inversión, cuando la tijera es absolutamente imprescindible.
Tampoco es de recibo apelar constantemente a la seguridad de los trabajadores o a los derechos sociales -otro mantra que Rubalcaba comparte con Zapatero, a quien ha unido para siempre su destino- cuando los mayores recortes los ha aplicado el PSOE y cuando -como apostilló Rajoy- el actual Gobierno no tiene la menor autoridad para hablar de seguridad, cuando ha destruido más de tres millones de puestos de trabajo.
En una teledemocracia, régimen de Gobierno inaugurado con el famoso debate de Nixon y Kennedy en 1960, focos y cámaras suplen en buena medida al hemiciclo y el poder de persuasión del político se convierte en un activo, de suerte que puede inclinar la balanza del voto en un sentido o en otro. Y en el debate de anoche quedó muy claro quién tiene un proyecto para sacar a España del colapso y quién se refugia en la insidia para enmascarar su falta de ideas y su fracaso político. La prueba es que Rubalcaba ni siquiera sacó el famoso as en la manga que algunos esperaban.
DEMAGOGÍA E IDEOLOGÍA
Así lo refleja la encuesta de Tábula-V/LA GACETA, según la cual el 67% de los espectadores cree que Rajoy ganó el debate. También quedó claro quién demuestra personalidad y quién se ha convertido en la patética sombra de Zapatero, recurriendo incluso a sus mismos tics en la parte más friki y demagógica de su ideología, como el matrimonio gay, a quien Rubalcaba se aferró como un boxeador sonado, cuando su intervención en el debate no daba más de sí en temas mucho más serios y urgentes.
Con todo, el resultado de la liza televisiva no es del todo relevante porque, de alguna manera, la campaña está sentenciada. De poco sirve la retórica, incluso en la era de la imagen, cuando la realidad incontestable son los cinco millones de parados. Una cosa es el plató virtual de la televisión y otra muy distinta el plató real de la urnas. Por bien que comunique, el PSOE no engaña a nadie a estas alturas.
España se enfrenta dentro de 10 días con unas elecciones históricas. Los ciudadanos deben decidir su futuro en la encrucijada más dramática que vive el país desde la Transición, hace más de tres décadas. Un Rubalcaba quemado y amortizado pasea estos días una mercancía electoral devaluada, como quien no tiene nada que ofrecer. Ese vacío explica que haya sustituido los argumentos por los insultos -auxiliado por espectros salidos del Jurásico- y el programa por la esgrima dialéctica.
En tanto que Rajoy ofrece medidas de choque para hacer frente a la triple crisis -económica, institucional y de valores- que asfixia a España. Vistas así las cosas, no le falta parte de razón a los socialistas al advertir del «sangre, sudor y lágrimas» que viene con la derecha.
OTRA ALTERNATIVA
Pero es que no hay otra alternativa. Frente al engaño de quienes han demostrado ser alumnos aventajados de Pinocho, la honradez de quienes advierten lealmente del problema, llaman a las cosas por su nombre y declaran que su enemigo -el enemigo común de todos los españoles- no es sino la crisis y el paro. No esperemos nada de esto de quienes han hecho de la mentira su seña de identidad -por utilizar la terminología del fantasma al que han sacado a pasear-.
De quienes alardearon de crear pleno empleo o presumían de haber situado a España en la Champions League y que se van ahora con la sombra de otro tipo de Campeón muy distinto planeando sobre su credibilidad. Ya conocemos su estilo de gobernar. Que tomen nota de Italia: si la Bolsa ha reaccionado con tanta alegría ante el simple rumor de que Berlusconi se marcha, imaginen con qué sensación de alivio saltaría el parqué español si el tándem Rubalcaba-Zapatero tomara las de Villadiego.
La tragedia de Rubalcaba, uno de los políticos más maquiavélicos del socialismo, ha consistido en acabar mimetizado por Zapatero. Su inmolación en las urnas tuvo ayer un aperitivo en un debate en el que dio la penosa sensación de que daba por hecho la victoria de Rajoy.
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