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«Yo no hago guerra sucia dentro de mi partido». La sentencia lapidaria salió de los labios de Alfredo Pérez Rubalcaba el pasado lunes, después de que su diario de cabecera, El País, asestase un golpe tremebundo, en forma de artículo incendiario, a la candidatura de su oponente en el XXXVIII Congreso del PSOE, Carme Chacón.
Las afirmaciones solemnes suelen esconder un reverso tenebroso. Esto ocurre una vez más en el caso de Rubalcaba. Sólo una amnesia transitoria del político cántabro podría justificar tamaño olvido de su propio pasado.
Y es que pocos han guerreado más que él en las batallas intestinas del PSOE. Eso sí, casi siempre taimadamente, como acostumbra el personaje.
Fichado como un técnico para el Ministerio de Educación, que acabó por dirigir, y convertido después en portavoz del último Gobierno de Felipe González (1993-96), Rubalcaba pronto inició sus andanzas en el núcleo duro del PSOE una vez que se había pedido el poder. En el XXXIV Congreso de los socialistas Felipe González dimitió por sorpresa y colocó como sucesor a Joaquín Almunia.
Rubalcaba, un felipista de pura cepa, pronto se arrimó al nuevo líder. Y junto a él vivió la inesperada derrota en las primarias de abril de 1998 frente a José Borrell.
Un año después, el rotativo con el que Rubalcaba y el felipismo guardan mejores relaciones desempolvó un caso de corrupción y fraude fiscal de dos de los colaboradores directos de Borrell en la Secretaría de Estado de Hacienda presuntamente habían ingresado más de 1.000 millones en cuentas de Suiza. El leridano tuvo que dimitir al poco tiempo. Un golpe maestro.
¿Catarsis?
Tras la abultadísima derrota en las elecciones del año 2000 -sólo superada precisamente por Rubalcaba el pasado 20-N- y la consiguiente renuncia de Almunia era,
como es hoy, el tiempo de la catarsis en la formación que fundó Pablo Iglesias.Y en julio de 2000 llegó el XXXV Congreso. Otra vez el actual aspirante a liderar
el PSOE jugó un papel determinante, cómo no, en el papel de conspirador en la sombra. Fue Rubalcaba quien, como representante de la candidatura favorita, la
encabezada por José Bono, se reunió en varias ocasiones con el entonces lánguido e inexperto José Luis Rodríguez Zapatero.
Llegó hasta el paroxismo en sus repetidos intentos por convencer al joven leonés de que abandonase o, cuando menos, se integrase en la lista de Bono. Frustrado por no conseguir su propósito, el hombre que hoy niega «guerras sucias» montó una suerte de campaña interna bajo el lema: «Con Zapatero, ni cambio ni tranquilo». Frase que repetía constantemente parodiando el lema con que Zapatero se presentaba oficialmente como candidato al cónclave: «El cambio tranquilo».
Pero, una vez más, hablaron los delegados y Rubalcaba salió derrotado. Dado que mantiene una enorme habilidad para estar siempre al lado de los que mandan en su partido, Zapatero le repescó, entre otras cosas porque así lo recomendó el sempiterno González.
En la época del zapaterismo, cuando nadie discutía el liderazgo, Rubalcaba fue ganando poder y más poder, primero como portavoz del Grupo Parlamentario y después como ministro del Interior. Para una enciclopedia daría su batalla soterrada con María Teresa Fernández de la Vega, a la que acabó por vencer. Tomás Gómez es otro de los que recuerda cómo se las gasta. Pero él, químico de las palabras, siempre negará cualquier maniobra oscura.
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