Altivo, desdeñoso, trabajador infatigable (siempre en su propio beneficio), la personalidad humana y literaria de Camilo José Cela (1916-2002) abarca todos los registros. Fue capaz de lo mejor: los inmortales Viaje a la Alcarria y La familia de Pascual Duarte, y también de lo peor: empantanar su imagen y su prestigio con La cruz de San Andrés (premio Planeta), una novela que le reportó más sinsabores que alegrías. Cuando fue acusado de plagio, muchos pensaron que aquello era amarillismo de la prensa. Al final de su vida, CJC reconoció que había cometido un error, como se relata en este libro.
Tuvo unos cuantos negros que le ayudaron a engordar su cuenta corriente, pero sus mejores páginas —las que escribió de su puño y letra— son y serán imperecederas. Cela dividía el mundo en dos mitades: «Mis amigos y los hijos de puta».
El autor de Desmontando a Cela se ocupa de ambas categorías en estas páginas. También de ese corrupto paisanaje que estuvo revoloteando alrededor de él.
«Necesito un secretario para que, en dedicación exclusiva, lleve al día mis odios…
Ficha Técnica
Título: Madera de Cela
Autor: Tomás García Yebra
Editorial: Funambulista
Páginas: 272
Rústica
Tamaño: 14 x 18 cm.
PVP: 16€
Fecha de publicación: mayo de 2016
Cela, retrato de la condición humana. García Yebra bucea en los aspectos más controvertidos del Nobel
Tomás García Yebra , autor del ensayo ‘Madera de Cela. Cartografía de un país llamado España‘ (Funambulista), quizás inició y desarrolló el libro con la idea de tratar con cierto desparpajo las aventuras del Nobel y su entorno literario y empresarial, y más concretamente el extraño episodio del premio Planeta que aquél ganara con ‘La cruz de San Andrés’. Además, me imagino, quería contextualizar la figura del Nobel en su tiempo y su circunstancia social y política, y de ahí (probablemente, de nuevo) el subtítulo cartográfico. Hasta aquí, todo bien, de momento. Pero al poco de adentrarme en la lectura del volumen (objeto, por cierto, muy agradable al tacto y con gramaje de agradecer) comencé a descubrir una parte humana en las descripciones que García Yebra hace de Cela, a pesar de los mamporros personales y literarios que le arrea. Curiosamente, al enfrentarse a la pasta humana del gallego, el grado de antipatía que sentía de siempre por el personaje se ha ido atemperando
¿Me ha descubierto el libro que Cela era una buena persona?¿O que lo era su personaje? Quiá. Lo que he encontrado es un acomodo de muchos de los descritos comportamientos y peculiaridades de CJC en el esquema (cada uno tiene el suyo) de lo que considero humano, con sus miserias y sus grandezas, con sus gestos inaceptables y sus reacciones comprensibles aunque no tuvieran justificación. García Yebra insiste en contextualizar a la persona y al actor en su época y en sus relaciones, y parece buscar un correlato entre Cela y el carácter español, o al menos un cierto carácter español. La soberbia, la envidia encauzada en el afán de superarse, la falsedad utilitarista, la vocación cainita y un maniqueísmo que, muerto ya el gallego, produce hilaridad.
Y ahí está (descubro) el elemento desasosegante que me llevó a la confusión. García Yebra describe al escritor-actor como producto de una sociedad como la española del siglo XX, pero el resultado, por una suerte de ósmosis literario-psicológica, acaba siendo un divertido (nunca en detrimento de lo profundo) análisis de la naturaleza humana que trasciende países y tiempos, clases sociales y entornos educativos.
Leyendo ‘Madera de Cela’ uno acude a la ceremonia evocadora de la humana condición, con el foco, sí, en uno de los personajes más reseñables que España ha producido en el siglo pasado. La amplitud y relevancia de los campos vitales que describe García Yebra (la infancia de un hijo único con una fuerte relación con su madre, la enfermedad, el nacimiento al amor, el tiempo de colegio, los esfuerzos de escalada social y una perenne presencia de la sexualidad que impregnaron la obra literaria de Cela, pero no solo la literaria…) supone un marco sin duda extrapolable al resto de la especie.
Se reseña al ser humano en sentido extenso. Y ahí es donde el libro de García Yebra, me parece, se hace grande, al espigar parte de lo bueno, trozos de lo malo, retales de lo mediocre y fragmentos de lo genial que en Cela se daban cita. Dudo que una biografía al uso sea capaz de arrojar una imagen tan poliédrica de Cela.
Esa cualidad del libro, en mi caso, me ha hecho cambiar radicalmente mi percepción de la figura de don Camilo José, mi opinión sobre la estampa del premio Nobel y mi concepto del personaje-actor que tantas satisfacciones proporcionó a su cuenta corriente. Contiene este libro un retrato con múltiples aristas. En ocasiones me he encontrado con un sentimiento de compasión y comprensión respecto a una persona de la cual en ningún momento imaginé que pudiera producirme tal efecto. No sé si es un producto buscado por García Yebra el de causar en el lector una cierta empatía con Cela (me figuro que no, pero en cualquiera de los casos es reseñable la profundidad de un retrato que es capaz de generar esos sentimientos).
Como obra de observación del ser humano, el libro contiene bastantes consideraciones de interés y brillantez reseñables, por más que García Yebra las tiña casi todas de ironía, bien relativas al oficio literario bien al puro devenir de la vida de las personas en su orteguiana circunstancia.
Entre las literarias: “Las ovejas se siguen unas a otras olisqueando entre ellas las cagarrutas; el lector de best sellers obra igual: siente desazón ante la posibilidad de que la multitud pueda disfrutar de algo y él no” (pág 85). O esta otra: “¿Por qué los triunfadores no elevan proporcionalmente el listón de su felicidad al listón de sus triunfos?¿Qué le ocurre al éxito?¿Por qué no es feliz el éxito?” (pág 113).
Y entre las no literarias he encontrado algunas perlas que sintetizan realidades a veces obviadas, como la que lamenta que “La fuga de cerebros siempre recala en el mismo sitio: a la sombra de la estatua de la Libertad” (pág 137) cuando constata que algún autor español solo pudo ver publicada alguna obra gracias a la ‘Society of Spanish and Spanish-American Studies’.
No olvida García Yebra las puyas al españolísimo ambiente de Rinconete y Cortadillo que se genera alrededor de los gobiernos que terminan por ensoberbiarse y dispara una andanada a la ceremonia de la boda de la hija de cierto presidente español, asestando un párrafo tan sintético como inatacable: “La España de los herederos de doña Urraca y el caco Boni -‘quien no logra hacerse rico en un año es gilipollas’- generó aquella pasarela -mil veces repetida por la televisión- donde salió a flote lo más rijoso del Homo hispánicus: mujer de pitones desafiantes colgada del brazo de chulo engominado. Ambos, claro, sin ninguna clase. La falta de clase- me parece a mí- debería estar tipificada como delito. Delito menor, pero delito” (pág 209). Esta última glosa la habría aplaudido sin duda Cela, al que cita García Yebra cuando el gallego pontificó: “Para mí la pornografía es el mal gusto. Yo llamaría pornografía a un libro del padre Coloma” (pág 237).
Lo anterior viene al caso después de que los cuatro primeros capítulos del libro dibujen de manera genial el penumbroso ambiente de la ceremonia de fallo del premio Planeta (pero no solo la del Planeta), que García Yebra, como asistente, logra retratar de una forma tan melancólica como directa, tan crítica como sarcástica, con profusión de retratos personales de empresarios, escritores y agentes de toda ralea. El mensaje que culmina el relato de lo que se vivió cuando Planeta falló (sí, falló) a favor de Cela lo encontramos en el encuentro casi fortuito que García Yebra tiene con Dios (pág. 45) durante la cena que la editorial ofreció a cientos de invitados.
Un Dios cansado que amargamente se queja de que se ha presentado varias veces al Planeta y no ha habido manera de que lo ganase. Un encuentro resuelto, en mi opinión, de forma sublime: por la idea, por el tono absurdo disfrazado de realismo en que se cuenta y porque a las claras lleva al lector a concluir que el Planeta no lo gana ni Dios si no lo disponía así el señor Lara. Dos seres desengañados frente a frente: un García Yebra rebosando rebeldía ante lo patético del concurso pero sin renunciar a una cierta candidez, y un Dios impotente ante la majestad de Lara y su imperio. Magistral.
Frente a un retrato como el avanzado, con una lucidez, por momentos, muy notable, ‘Madera de Cela’ nos ofrece también algunos tonos grises. Hay capítulos que dan la sensación de haber sido incluidos casi con calzador, unidades con un aroma autónomo de microensayo que parece que se encajaron a última hora y que no consiguen deshacer la percepción de que su presencia es artificiosa. Los titulados ‘Diccionario secreto’ y ‘Gavilla de curiosidades’, por concretar, se me antojan el resultado de una labor de documentación loable, pero que no han sido encastrados con éxito en el conjunto del libro y bien podían haber quedado fuera sin daño alguno a la obra.
A Funambulista le agradezco el peculiar formato del libro y una extraordinaria y pulcra labor de edición. A García Yebra, haber trazado dos retratos reveladores (el primero, de las bambalinas del mayor premio literario de España y, el segundo, del genio malhumorado de Cela y por extensión del ser humano) planteados y resueltos con la misma sencilla eficacia que le exige al Nobel y con una profundidad que puede a veces verse ensombrecida por el tono ligero (solo en apariencia) del conjunto de la obra.
Ángel Vallejo
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