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Hay vinos que no se elaboran por obligación, sino por pura convicción. Eso es lo que ocurre con el Martúe Chardonnay 2024, un blanco que vuelve tras cuatro años de ausencia porque, como dicen en la bodega, «solo lo hacemos cuando la uva nos convence». Y esta añada, sin duda, les ha convencido.
La presentación de este vino no es solo una noticia para los amantes del buen blanco, sino un recordatorio de por qué Martúe es una de las 26 bodegas en España con la codiciada denominación Vino de Pago —la máxima categoría en el mundo del vino español—. Su viñedo, El Casar de La Guardia, en Toledo, es uno de esos terruños donde la tierra, el clima y el saber hacer se alían para crear algo extraordinario.
Un vino con carácter (y un poco de teatro)
Lo primero que llama la atención es su color: un amarillo dorado tan limpio que parece filtrar la luz del verano. Pero lo verdaderamente fascinante ocurre al acercar la nariz. «Es como abrir una caja de fruta madura y encontrarse con algo más». Notas de piña, melón, hierba fresca y un toque de pastelería fina —¿massala?, ¿vainilla?— se mezclan con un fondo de tomillo, ese guiño mediterráneo que lo ancla a su tierra.
En boca, el vino juega al equilibrio. Los primeros sorbidos son una explosión controlada: la madera (solo el 12% fermentó en barricas nuevas de roble francés) está ahí, pero integrada, sin dominar. Luego viene lo sabroso, lo amplio, ese final donde la acidez —marcada por un verano más fresco de lo habitual— deja claro que este es un vino para guardar… «si puedes resistirte a bebértelo ahora».
Por qué 2024 es una añada para recordar
La historia de este vino empieza, como todas las grandes historias, con un poco de drama. El invierno trajo heladas, pero la primavera y el verano respondieron con lluvias generosas. Esa lentitud en la maduración —favorecida por un agosto y septiembre más suaves de lo habitual— se traduce en complejidad. No es un vino plano, sino uno que «habla en capítulos» Primero la fruta, luego las hierbas, al final ese regusto a pan recién horneado que invita a otro sorbo.
Solo 6.405 botellas (y ninguna más)
La edición es limitada —como corresponde a un vino que solo nace en añadas excepcionales— y cada botella lleva el sello de Pago Campo de la Guardia, una denominación que exige control absoluto desde el viñedo hasta la etiqueta.
Para quienes no conozcan Martúe, detrás de este proyecto hay una familia que empezó a embotellar en 2001 con una filosofía clara: «pequeñas producciones, máxima calidad». En 2009, lograron el reconocimiento como Pago, un título que solo comparten 26 enclaves en España. Hoy, aunque han crecido (su alianza con Blanco Nieva en Rueda es prueba de ello), siguen siendo fieles a esa idea.
¿Para qué (y para quién) es este vino?
No es un blanco para llenar copas sin más. Martúe lo sabe. Y por eso, en cada botella, hay algo más que vino: hay paciencia.
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