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Empezar el día en El Palmar se ha convertido en un pequeño placer que muchos repiten siempre que pueden. Mientras las olas susurran en la arena, uno gira la vista y encuentra Valhalla Gastro Beach Club, ese lugar que desde 2023 ha tejido una historia entre el mar y la cocina, el sonido y las brasas. Y ahora, en su segunda temporada, esa historia sigue creciéndose con un verano que promete ser inolvidable.
Llego pensando en una mañana cualquiera, pero Valhalla no es cualquiera. El espacio fluye entre Agua, donde la piscina y las camas balinesas invitan a dejarse llevar; Aire, esa azotea mágica con vistas al horizonte que convierte un cóctel en un instante para guardar; Fuego, el restaurante que respira las brasas de su propuesta; y Tierra, el refugio chill out para cuando toca pausar y solo estar. Esa arquitectura de los elementos ya es parte del paisaje gaditano.
La cocina de Manuel Berganza late aquí con calor sincero: se siente cuando el tartar de atún se encuentra con el aliño de garum y yema curada; cuando la lubina semicurada conecta con el recuerdo de esa almendra gaditana; o en la parrilla que despide humo mientras el fuego celebra la tradición local. No se trata de laberintos de sabores, sino de placas de identidad que me hablan del Atlántico, del pueblo, del oficio.
Después, vienen los cócteles de Luca Anastasio, historias líquidas que arrancan con la tradición tiki hawaiana y nadan en agua gaditana. El Spicy Moscow Mule clava esa chispa justa entre vodka y pimienta jamaicana. El Cosmopolite adelanta atardeceres urbanos con lima y arándano. Y Tierra de agaves se abre paso con agave ecológico, mezcal y piña, como un canto a la tierra y al sabor auténtico.
Durante Cuatro días, del 3 al 6 de julio, al caer la tarde, el festival MOGA tomó el testigo y El Palmar se convirtió en el escenario de la música nómada que arrancó en Essaouira y Portugal, y desembarcó aquí con Acid Pauli, Shimza, Themba y una descarga global de ritmos que tejen consigo cultura y bienestar. No es un festival más: es un encuentro con lo esencial, con lo sonoro y lo vivido.
Cada día ofrece algo: los lunes se arrancan con la brisa fresca de Mundai, que suena a sonrisa; los martes, Tambo de Mari Martelo late tribal y vital; los miércoles encuentra el ritmo clubber de And Dance; los jueves revientan los atardeceres con Before by Carlos Jean; los viernes afloran las vibraciones afro con Afrobibi; y los fines de semana recogen la celebración con Zanzi y el cierre elegante de Overture by DJ Ibrahim Al Shamij. Cada día con un aire, cada noche con su piel.
Detrás de este universo late Azotea Grupo, ese grupo que en Madrid firmó La Azotea del Círculo, Picalagartos o NuBel, y que ahora lleva su pulso creativo hasta Cádiz con El Cuartel del Mar, Sal Verde y, claro, Valhalla. Una apuesta tan limpia como ambiciosa, tejida con pasión y con buenos productos, con talento local y sin dejar de mirar alto.
Y entonces vuelvo a mirar la piscina, el mar, ese aire cálido que encierra una promesa: hay lugares que cuentan una historia, y luego está Valhalla, que te invita a vivirla. Entonces comprendes que no se trata solo de gastronomía, coctelería o música. Se trata de estar ahí, sin más, y dejar que el resto suceda.
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