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COSTA GRANDE DE GUERRERO

Zihuatanejo e Ixtapa: una misma costa, dos maneras de vivirla

Playas, manglares, gastronomía y vida local en una costa de Guerrero que ha crecido con el turismo sin perder su identidad

Ana Rojo 24 Ago 2026 - 11:01 CET
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Una costa mexicana donde el turismo convive con la pesca, la cocina y las tradiciones locales.

Hay un momento, poco después del amanecer, en el que Zihuatanejo parece pertenecer únicamente a quienes viven aquí.

Las pangas regresan a la orilla con la pesca del día. En el mercado empiezan a levantarse las persianas y los primeros puestos de antojitos reciben a quienes llegan a desayunar. Las calles se llenan de recados, saludos y conversaciones mientras los comercios comienzan su jornada. El centro despierta despacio, sin preocuparse todavía por los visitantes que unas horas más tarde ocuparán las terrazas y las playas.

Es una escena sencilla, pero dice mucho de Zihuatanejo.

Aunque el nombre del destino suele aparecer unido al de Ixtapa y ambos forman hoy uno de los grandes enclaves turísticos de la costa del Pacífico mexicano, basta pasar unas horas aquí para descubrir que son dos lugares con personalidades diferentes. Ixtapa nació en los años setenta como un gran proyecto turístico, con hoteles, campos de golf y amplias avenidas. Zihuatanejo, en cambio, creció alrededor de su bahía, de la pesca y de una vida cotidiana que todavía tiene en el centro, el mercado y el mar algunos de sus principales escenarios.

Esa identidad fue reconocida oficialmente en 2023, cuando Zihuatanejo recibió la denominación de Pueblo Mágico.

Más allá de la distinción de Pueblo Mágico, lo interesante es comprobar hasta qué punto esa identidad local sigue presente. Para descubrirlo hay que recorrer la costa y pasar de Zihuatanejo a Ixtapa, dos destinos frente al mismo Pacífico que han evolucionado de maneras muy diferentes.

En Ixtapa, la escala cambia. Los grandes hoteles, los jardines, las piscinas, los campos de golf y las avenidas abiertas hacia el mar responden a una concepción del turismo planificada desde el principio. Aquí todo está organizado alrededor de la estancia: el hotel, la playa, la piscina, el campo de golf, los restaurantes. Un modelo pensado para que las vacaciones puedan desarrollarse casi sin salir de él.

Zihuatanejo tiene otra cadencia.

Las calles son más estrechas, el centro está más ligado a la vida local y la bahía sigue siendo un escenario cotidiano. Las embarcaciones salen y regresan, los pescadores trabajan, los pequeños comercios forman parte del paisaje y el Paseo del Pescador conecta buena parte de esa vida con el mar.

No es necesario elegir entre uno y otro. Precisamente el interés de este viaje está en observar cómo dos modelos turísticos conviven a pocos kilómetros de distancia.

Para movernos entre ambos nos alojamos en Azul Ixtapa, un gran complejo frente al Pacífico rodeado de vegetación, piscinas y restaurantes. Es el tipo de hotel que permite olvidarse del mundo durante unas horas. Pero en esta costa sería difícil quedarse mucho tiempo entre cuatro paredes.

Dormir frente al Pacífico

Para movernos entre ambos destinos nos alojamos en Azul Ixtapa, un gran complejo frente al Pacífico, rodeado de vegetación, piscinas y restaurantes. Es un buen ejemplo del modelo turístico de Ixtapa: hoteles concebidos para disfrutar del mar y de todas las comodidades sin necesidad de salir del complejo.

Otro de los hoteles emblemáticos de Ixtapa es Las Brisas Ixtapa, construido sobre una ladera frente al Pacífico y rodeado de jardines. Su arquitectura, integrada en el desnivel del terreno, hace que el paisaje tenga un papel protagonista.

Basta mirar hacia el océano.

Desde una embarcación, Ixtapa-Zihuatanejo adquiere otra escala. Los hoteles se hacen pequeños, las montañas recuperan protagonismo y las playas aparecen encajadas entre cabos y laderas. Las casas de Zihuatanejo trepan por los cerros que rodean la bahía y, desde el agua, resulta más sencillo comprender que antes de ser un destino turístico esta fue una costa profundamente vinculada al Pacífico.

La memoria también se come

Si existe una manera especialmente buena de acercarse a Zihuatanejo, es sentarse a la mesa.

En Carmelitas Café, la cocina empieza mucho antes de llegar al plato. Carmelita Ramirez, nacida en la Costa Grande de Guerrero y criada en una familia de trece hermanos, lleva décadas cocinando recetas vinculadas a su historia familiar y a los sabores de la región.

El restaurante tiene algo de casa abierta. Plantas, colores, conversaciones y una manera cercana de recibir hacen que el desayuno se prolongue más de lo previsto.

Llegan el aporreadillo, preparado con carne seca desmenuzada, tomate y chile; las enchiladas costeñas con cecina y tortillas recién hechas; y un mole elaborado a partir de la receta de su madre.

Es un mole diferente al que muchos viajeros asocian con otras regiones de México. Lleva distintos chiles, plátano macho, chocolate, canela, ajonjolí y semillas, pero el resultado es más ligero y está profundamente ligado a los ingredientes y al clima de la Costa Grande.

«Cada familia tiene su receta», explica Carmelita.

La frase resume una de las claves de la gastronomía mexicana: la cocina no pertenece únicamente a los restaurantes. Está en las casas, en las madres y abuelas que transmiten preparaciones, en las celebraciones y en los ingredientes que cambian de una región a otra.

En Carmelitas Café esa memoria se sirve en la mesa.

El desayuno se alarga entre café, platos que siguen llegando y conversaciones que se cruzan. Entran clientes conocidos, alguien saluda a Carmelita y el restaurante adquiere por momentos el ambiente de una casa familiar.

En un destino turístico, conseguir que el visitante se sienta invitado y no simplemente cliente es una pequeña conquista.

El Partenón que cambió de dueño

Hay otro lugar en Zihuatanejo donde la historia de la ciudad se cuenta de una manera mucho más extravagante.

En lo alto de una ladera próxima a Playa La Ropa aparece El Partenón, una gigantesca construcción de inspiración grecorromana que parece imposible en este paisaje tropical.

Columnas, mármol, esculturas, grandes espacios y una vista sobre la bahía componen una arquitectura tan desmesurada como la historia que hay detrás.

La mansión fue construida a finales de los años setenta por Arturo Durazo Moreno, conocido como «El Negro Durazo», entonces jefe de la policía capitalina durante el gobierno de José López Portillo. Tras la caída en desgracia de Durazo, la mansión quedó abandonada durante décadas y se convirtió en uno de los lugares más singulares y controvertidos de Zihuatanejo.

Hoy la historia ha dado un giro.

Después de su recuperación y restauración, El Partenón fue inaugurado en noviembre de 2024 como recinto cultural y pasó a manos públicas.

Aquella mansión que durante años simbolizó la opulencia y los excesos de una época tiene ahora una nueva función.

Desde sus terrazas, la bahía vuelve a recordar por qué este rincón de Guerrero ha atraído durante décadas a viajeros de todo el mundo.

Zihuatanejo se descubre caminando

Hay que bajar de nuevo hacia el centro.

El Paseo del Pescador cambia considerablemente a lo largo del día. Por la mañana conserva un ambiente más local, marcado por el movimiento del muelle y las embarcaciones. Conforme avanza la tarde, los visitantes comienzan a ocupar las terrazas y el paseo se convierte en uno de los lugares más transitados frente al mar.

Pero Zihuatanejo recompensa especialmente a quien no se limita a seguir las rutas evidentes.

En una calle discreta, detrás de una entrada estrecha que podría pasar inadvertida, aparece El Camino Bar y Centro Cultural.

El acceso conduce a un espacio mucho más grande de lo que parece desde fuera: un local informal, de aire casi industrial, con máquinas, carteles, techo de uralita y una estética que parece detenida en los años setenta.

La carta gira alrededor de los mezcales de la región y de distintas versiones de micheladas.

El lugar encaja con una de las características que más nos gusta de Zihuatanejo: aquí todavía hay que mirar dos veces.

No todo está señalizado ni aparece en las primeras búsquedas, y tampoco hace falta que lo esté. Algunas de las experiencias más interesantes se encuentran precisamente en esos lugares que no parecen estar esperando al visitante.

Mezcal con sabor a Guerrero

Al caer la tarde, el Paseo del Pescador cambia de ritmo. El recorrido junto a la bahía, que durante la mañana conserva una actividad más ligada al muelle y a la vida local, empieza a llenarse de familias, parejas y viajeros que caminan entre pequeños comercios, terrazas y restaurantes. El movimiento de las embarcaciones va dando paso a un ambiente más pausado mientras la luz comienza a cambiar sobre la bahía.

Es en este tramo del paseo donde se encuentra Angustina Mezcal & Cocina, una propuesta de Felipe Meneses y su hermano Antonio que une gastronomía guerrerense y mezcal.

La cocina se apoya en pescados, mariscos, chiles y otros ingredientes habituales de la costa de Guerrero, mientras el mezcal ocupa un lugar central en la propuesta. Probamos distintos estilos: algunos más secos, otros con notas vegetales y otros en los que aparece con mayor claridad el carácter ahumado.

El mezcal no llega al final de la comida como un simple acompañamiento. Está presente desde el principio y permite descubrir otra parte de la gastronomía guerrerense, vinculada a una tradición que se extiende mucho más allá de la mesa.

Y esa es otra de las virtudes de viajar por México: descubrir que la gastronomía no es únicamente una cuestión de sabor, sino también una forma de entender un paisaje y las personas que lo habitan.

Barra de Potosí, entre el manglar y el océano

Al sur de Zihuatanejo, el paisaje cambia.

Barra de Potosí es una pequeña localidad pesquera situada junto a una laguna costera, donde los manglares forman un laberinto de canales y raíces antes de encontrarse con el océano. Llegar temprano permite recorrer la laguna cuando la luz todavía es suave y las embarcaciones avanzan entre las ramas de los mangles mientras las aves comienzan su actividad.

Garzas, pelícanos, fragatas y otras especies aparecen entre la vegetación. En la zona se han registrado más de 270 especies de aves y, aunque al principio cuesta distinguirlas, poco a poco la mirada se acostumbra a buscar movimientos entre las ramas, siluetas sobre el agua y vuelos que cruzan de una orilla a otra.

Las raíces del mangle forman refugios junto a las orillas, pequeños espacios protegidos donde encuentran cobijo peces, crustáceos y otras especies. El entramado de raíces también ayuda a proteger la laguna frente al oleaje y la erosión mientras la embarcación avanza lentamente hacia el punto donde el agua empieza a abrirse.

Entonces aparece el Pacífico.

El cambio es inmediato. Del agua protegida de la laguna se pasa al océano abierto y, frente a la costa, surgen los Morros de Potosí, grandes formaciones rocosas que sirven de refugio a numerosas aves marinas. Algunas de sus paredes adquieren un tono blanquecino por la acumulación de guano, de ahí que también se conozcan como Piedras Blancas. Desde tierra pueden parecer pequeñas; cuando la embarcación se acerca, el oleaje golpea las cavidades de la roca y permite apreciar su verdadera dimensión.

En pocos kilómetros se suceden algunos de los paisajes que mejor explican la diversidad de la Costa Grande: manglares, lagunas, selva seca, playas, montañas y océano.

El invierno de las ballenas

Entre diciembre y marzo, las ballenas jorobadas llegan a las aguas de la Costa Grande y durante unas semanas el océano adquiere otro ritmo. Las embarcaciones salen mar adentro y la mirada se concentra en el horizonte, pendiente de cualquier señal que anuncie su presencia.

La espera puede prolongarse durante varios minutos sin que ocurra nada. El mar continúa moviéndose y la embarcación permanece a la deriva, hasta que de pronto aparece un soplo a lo lejos. Después, una sombra rompe la superficie, emerge un lomo y vuelve a desaparecer. A veces apenas se alcanza a distinguir la cola antes de que el animal se sumerja de nuevo.

El encuentro dura apenas unos segundos, pero basta para cambiar la manera de mirar el mar. No hay espectáculo programado ni una aparición garantizada; las ballenas están allí, pero son ellas las que deciden cuándo mostrarse. Por eso, cuando una emerge cerca de la embarcación, las conversaciones se interrumpen y durante unos instantes todos miran en silencio.

Verlas en libertad añade otra dimensión al viaje. Durante esos segundos, el océano deja de ser únicamente el paisaje que rodea la costa y se convierte en un espacio vivo, imprevisible, cuyo ritmo no depende de nosotros.

El mercado: la ciudad sin filtros

De regreso a Zihuatanejo, el Mercado Municipal ofrece otra manera de acercarse a la ciudad. Aquí la mirada cambia y el turismo deja de ser el centro de la escena. Los pasillos están ocupados por puestos de fruta, verduras, pescado, carne, tortillas, hierbas y comida preparada.

Los vecinos hacen la compra, los comerciantes reciben mercancía y las conversaciones pasan de un puesto a otro mientras la actividad continúa con la naturalidad de cualquier mañana.

El mercado no necesita convertirse en una atracción para resultar interesante. Su valor está precisamente en seguir cumpliendo su función como lugar de abastecimiento y encuentro para quienes viven en Zihuatanejo. Es también uno de los lugares donde mejor se percibe el pulso cotidiano de la ciudad.

Nos sentamos a desayunar tacos mientras la actividad continuaba alrededor. Una mujer escogía fruta, alguien descargaba mercancía y los vendedores conversaban entre ellos. Nadie parecía demasiado interesado en nuestra presencia y, lejos de incomodarnos, aquella indiferencia resultaba agradable. Durante un rato dejamos de sentirnos visitantes.

Simplemente estábamos allí.

Jueves de pozole

Habíamos llegado a Zihuatanejo en jueves, el día en que el pozole ocupa un lugar especial en las mesas de Guerrero. El llamado jueves pozolero es una tradición profundamente arraigada en el estado, vinculada a una costumbre que reúne a familias y amigos alrededor de un plato que forma parte de la identidad gastronómica guerrerense.

En Teosintle, la tradición empieza incluso antes de que llegue el pozole. Sobre la mesa aparecen las botanas: chicharrón, tacos dorados, rábanos, totopos y otros pequeños bocados que acompañan la espera.

Después llega el pozole. El maíz cacahuazintle se ha cocido durante horas hasta que el grano se abre y adquiere esa textura característica. Cada comensal termina de preparar el plato a su gusto con cebolla, rábano, lechuga, orégano, chile y limón.

En Teosintle se ofrecen distintas versiones de pozole, entre ellas el blanco, el verde y el rojo. Nosotros elegimos el blanco y seguimos las recomendaciones de la casa para acompañarlo.

La comida se alargó entre conversaciones y cervezas, sin mirar demasiado el reloj. El pozole era el centro de la mesa, pero la experiencia tenía tanto que ver con lo que ocurría alrededor como con el plato: las botanas que iban desapareciendo, las conversaciones que se prolongaban y ese ritmo pausado que invita a quedarse un poco más.

El jueves pozolero forma parte de esa manera de entender la comida en Guerrero: un día para sentarse a la mesa, compartir y dejar que la comida se alargue sin demasiadas prisas.

Ya anocheciendo, regresamos al Azul Ixtapa. Allí nos esperaba Viva México, un espectáculo de música, folclore y baile que recorre distintas tradiciones del país. Después cenamos en uno de los restaurantes del hotel y dimos por terminado el día.

Entre iguanas, cocodrilos y playas

Ixtapa ofrece otra manera de acercarse a la naturaleza. En Playa Linda, muy cerca de la zona hotelera, los esteros forman un paisaje de agua y vegetación donde aparecen iguanas, aves y cocodrilos. Basta alejarse unos minutos de los hoteles para encontrarse con un ecosistema que sigue formando parte del paisaje de esta costa.

Desde Playa Linda salen también las embarcaciones hacia Isla Ixtapa, conocida como Isla Grande. El trayecto dura pocos minutos y conduce a un pequeño conjunto de playas que se abren frente al Pacífico: Varadero, Coral, Cuachalalate y Sacrificio, cada una con su propio ambiente.

La isla invita a bajar el ritmo. Se puede practicar esnórquel, bañarse o simplemente buscar una palapa y dejar pasar las horas. Nosotros elegimos lo más sencillo: caminar un poco, bañarnos, sentarnos frente al mar y comer pescado bajo una palapa.

En un lugar así, no hacer demasiado también forma parte del viaje.

La bahía desde los acantilados

La última noche elegimos Kau Kan, en Punta Garrobo, sobre los acantilados próximos a Playa Las Gatas. El restaurante, dirigido por el chef Ricardo Rodríguez, trabaja principalmente con pescados y mariscos del Pacífico y ocupa una posición privilegiada frente a la bahía.

Llegamos cuando todavía quedaba luz. El mar se extendía frente a nosotros y, poco a poco, el azul fue oscureciéndose mientras las primeras luces comenzaban a aparecer en las laderas de Zihuatanejo.

Desde aquella altura, el paisaje reunía buena parte de lo que habíamos recorrido durante los días anteriores: las playas y las montañas de la bahía, el mar por el que habíamos navegado, los manglares de Barra de Potosí y las rocas de los Morros. En la memoria aparecían también las ballenas que apenas unos días antes habían roto el horizonte durante unos segundos, el movimiento del mercado, el pozole del jueves y los mezcales compartidos al caer la tarde.

La vista desde Kau Kan permitía entender también la particularidad de este destino. Ixtapa nació con una vocación turística muy definida y creció alrededor de hoteles, avenidas, campos de golf y playas; Zihuatanejo, en cambio, mantuvo una relación más estrecha con su bahía, la pesca, el mercado y una vida local que todavía forma parte de su identidad.

No son dos mundos separados, sino dos maneras de habitar una misma costa. Entre ambos, el Pacífico sigue siendo el elemento que los une y, al mismo tiempo, el paisaje que explica buena parte de su historia.

Mucho más que un destino de playa

Ixtapa-Zihuatanejo no necesita elegir entre naturaleza y turismo, entre comodidad y tradición. Ambas realidades conviven en una costa donde los grandes hoteles pueden compartir horizonte con una laguna de manglares, un mercado seguir funcionando para los vecinos y un jueves cualquiera convertirse en una celebración alrededor de un plato de pozole.

Quizá esa sea la verdadera singularidad de este lugar: no haber permanecido intacto, sino haber sabido cambiar sin dejar de reconocerse. Ixtapa representa la transformación de la costa en un destino turístico; Zihuatanejo conserva buena parte de la memoria que existía antes de esa transformación. Entre ambos, el Pacífico sigue siendo el vínculo y el paisaje que da sentido al conjunto.

Y cuando llega el momento de marcharse, quedan las playas, las montañas y el mar, pero también algo menos visible: la sensación de haber encontrado un destino que, pese a décadas de turismo, todavía conserva una forma propia de vivir frente al Pacífico.

Ana Rojo

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