Oh, la nube. Para muchos de nosotros, es la solución ideal para nuestros dispositivos. El concepto de almacenamiento físico va perdiendo fuerza poco a poco, siendo sustituido por el guardado etéreo de nuestros archivos; allá, lejos, en algún lugar que desconocemos pero que, en el momento en que lo queramos, podemos acceder a él. Quizá por eso la nube es la alegoría ideal: en nuestra mente, los documentos están suspendidos en algún sitio remoto.
La realidad es que guardar algo en la nube implica solamente tenerlo en otra parte; probablemente, un servidor remoto dentro de un gran centro de datos. Para nosotros, es de lo más práctico: nos olvidamos de cargar con soportes físicos, con almacenar en el ordenador o con tener innumerables memorias USB. Sólo requerimos de una conexión a Internet y listo, la fantasía se vuelve realidad: los archivos son omnipresentes siempre y cuando podamos colgarnos a la web.
Pero, del lado oscuro -ese que a veces nos negamos a ver por no sacrificar la comodidad-, el alojamiento en la nube es uno de los triunfos de una sociedad que confía demasiado en la tercerización de servicios -el mentado outsourcing-.
Lea el texto completo en Alt1040.
Reproducido con licencia Creative Commons Reconocimiento 2.5.
Más en Internet
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home