Europa es barbuda. Eso dicen. El pasado 10 de mayo de 2014, Conchita Wurst, la mujer con pelo facial, se alzó como ganadora del últimos festival de Eurovisión. ¿Quién se merecía más el premio, la cantante austriaca o su publicista? Más bien lo segundo. Eso sí, la gala fue estupenda. La puesta en escena de casi todas las actuaciones fue soberbia, la actuación de nuestra representante, Ruth Lorenzo, no pudo ser mejor (y eso que la canción no era muy buena). Pero, una vez más, España volvió a hacer el ridículo. La presentadora Carolina Casado (‘Corazón’) la pifió con el inglés y se quedó callada en las votaciones.
UNA GRAN GALA
Eurovisión siempre ha sido el paradigma de lo kitsch, de la brillantina más rancia y, sin embargo, nunca ha dejado de marcar tendencia. Es un festival contradictorio. Por un lado, nadie se lo toma en serio, se sospecha que es todo una broma con fines políticos y sus canciones pocas veces tienen repercusión mediáticas internacional pero, en contra, es un mito para muchos.
Una vez al año, Europa se viste de lentejuelas y saca a la palestra a sus mejores-peores artistas musicales. Eurovisión ha de tomarse como una fiesta, como una diversión frívola y desternillante. Son muchos los que ven la gala sólo para reírse y criticar, pero hay que decir que, este año, en Copenhague han tirado la casa por la ventana. El espectáculo fue de primera. Las actuaciones (casi todas) estaban elegantemente enmarcadas en una puesta en escena con garra, pero sin estridencias. El sonido, el montaje y el ritmo eran eficientes. Se respiraba , por fin, buen gusto.
Eso sí, no faltó la polémica. Por muchos ataques rancios que haya recibido la ganadora del certamen, la palma de abucheos se la llevó Rusia, no sólo por el conflicto con Ucrania, sino por su actual política contra los homosexuales.
CONCHITA WURST, ¿JUSTA GANADORA?
De manera oficiosa (u oficial), Eurovisión siempre ha sido un estandarte gay-friendly. Una pasarela exagerada y brillante de divas que dan el do de pecho. Lo curioso es que este año, después de todo lo que ha llovido, la reivindicación sexual ha sido más polémica que nunca. Da la sensación que meterse con Conchita Wurst es algo así como ser un homófobo recalcitrante. La representante de Austria, más que una cantante, es una bandera, aunque no se sabe muy bien de qué.
Lo cierto es que no entendemos el porqué de la polémica. Por Eurovisión han pasado todo tipo de personajes. Sí, una joven con bello facial llama la atención, pero escandalizarse o adorarla sólo por ello es un paso atrás.
Se supone que este año no había grandes favoritos, pero cierto es que todos conocíamos a Conchita Wurst, la mujer barbuda. Aplaudida por muchos y juzgada por otros, la austriaca hizo una campaña de promoción perfecta. Un estrategia que nació mucho antes del famoso festival.
¿Quién es realmente esta nueva diva de la música? ¿Es un hombre? ¿Una mujer? ¿Un transexual? Que quede claro, Conchita Wurst es un personaje creado por el transformista (hombre que se viste de mujer sin necesidad de identificarse con el sexo opuesto), Tom Neuwirth.
Thomas ‘Tom’ Neuwirth, es austriaco, tiene 25 años de edad y creó a Conchita a raíz de la intolerancia que sufrió de adolescente debido a su orientación sexual. El transformista participó en el talent show Starmania en 2007, formó parte de la boy band ‘Anders Jetzt!’ tras quedar segundo. Y ya intentó representar a su país en el año 2012 pero se quedó a la puertas de la preselección nacional. Por cierto, la barba es auténtica aunque se la retoca con maquillaje.
Su canción, ‘Rise like a Phoenix’, un homenaje a los temas de James Bond, consiguió 290 puntos en Copenhague y nadie duda de que su actuación fue abrumadora. Conchita ha ganado por ser una diva, su dominio escénico es irrebatible y pone los pelos de punta. Eso sí, la barba ayuda mucho.
RUTH LORENZO, LA MÁS ‘GRANDE’
Pero si hubo una diva aquella noche en el B&W Hallerne de Copenhague, esa fue Ruth Lorenzo. Ya sabíamos todos que si ‘Dancing in the Rain’ era una canción a la que le faltaba garra, pero ella, muy altiva y muy digna, lo dio absolutamente todo en el escenario, tanto que se colocó en el décimo puesto con 74 puntos. No está mal. De hecho, y no es por favoritismos, su actuación, por voz, movimientos mirada, y sobre todo por la puesta en escena, fue de las más disfrutadas
A la hora de los puntos, sólo Albania nos dio 12, Alemania 1 punto, Polonia, Armenia, Estonia, Bélgica, Ucrania, 2 puntos; Letonia e Israel, Lituania y Eslovenia, 4 puntos; Rumanía, Reino Unido y Noruega , 5 puntos; Francia e Irlanda 6 puntos y Suiza, 8 puntos.
Este fue el ránking final del Festival de Eurovisión 2014
1. Austria: 290 puntos
2. Holanda: 238 puntos
3. Suecia: 218 puntos
4. Armenia: 174 puntos
5. Hungría: 143 puntos
6. Ucrania: 113 puntos
7. Rusia: 89 puntos
8. Noruega: 88 puntos
9. Dinamarca: 74 puntos
10. España: 74 puntos
11. Finlandia: 72 puntos
12. Rumanía: 72 puntos
13. Suiza: 64 puntos
14. Polonia: 62 puntos
15. Islandia: 58 puntos
16. Bielorrusia: 43 puntos
17. Reino Unido: 40 puntos
18. Alemania: 39 puntos
19. Montenegro: 37 puntos
20. Grecia: 35 puntos
21. Italia: 33 puntos
22. Azerbaiján: 33 puntos
23. Malta: 32 puntos
24. San Marino: 14 puntos
25. Eslovenia: 9 puntos
26. Francia: 2 puntos
EROTISMO, HOMOFOBIA Y EL RIDÍCULO DE CAROLINA CASADO
Pero cuando pensábamos que España iba a salir airosa del certamen, que este año no íbamos a hacer el ridículo, llegó Carolina Casado y siguió con la tradición.
La presentadora de ‘Corazón’ en La1 de TVE fue la encargada de dar los votos de España, pero no supo cómo hacerlo. Para empezar, Casado se quedó callada varios (y eternos segundos) porque no sabía desenvolverse con el inglés y cuando por fin arrancó, en vez de decir «eight points» dijo » oit points». Obviamente, en Twitter se cebaron…. Pero este no fue el único ‘error’ que cometió TVE.
La pública fue muy criticada aquella noche por sobreimpresionar opinones homófobas de distintistos telespectadores durante la emisión del festival.
El punto erótico lo puso Polonia y no precisamente por sus represnetantes, Donatan & Cleo, ni por la canción, ‘We Are Slavic’ sino por un par de modelos que, ataviadas con trajes regionales, comenzaron a enseñar carne realizando sensuales y gratuítos movimientos a cámara. Se criticó la homofobia, sí, pero machismo hubo por un tubo.
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