Por José María Arévalo
(Suerte de varas. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
Cuando colgué, hace unos días, el artículo sobre la vida y obra de Castilviejo, me quedé con la sensación de que la aportación del gran maestro como pintor taurino no quedaba suficientemente destacada, por más que la biografía de Carlos García-Osuna, que reproduje, reseña varios aspectos de ella, y sobre todo cuenta el origen de su dedicación como pintor taurino. El artículo de mi compañero Javier Pardo de Santayana, “Un apunte de toros”, que publicamos ayer, ha reavivado esa insatisfacción mía, derivada, por un lado de la documentación que manejé cuando escribí aquel artículo, y de otro por enorme aprecio que en nuestra ciudad tenían, y siguen teniendo, los vallisoletanos a las obras taurinas de Castilviejo. Aquí adoramos su obra – yo creo que es el pintor más apreciado- pero, siendo una ciudad muy aficionada a los toros, valoramos mucho sus dibujos, óleos, acuarelas y grabados sobre los toros y la “fiesta nacional”, que a los galeristas les quitaban, y les quitan, de las manos. Tampoco conseguí suficientes fotos, para mi gusto, de temas taurinos de Castilviejo, siete u ocho de entre las casi 140 que he colgado en Flickr, sitio del que ya facilité la dirección. Y ello gracias a mi amigo Manolo Prieto, que tiene varias de su familia, y consiguió más, porque en el catálogo de la exposición del BBV de 1997 solo había dos, y no de lo más representativo suyo.
(Patio de caballos. Óleo de Castilviejo. 46×61)(*)
En efecto, yo creo que, por mucho que en algunos lienzos siguiera una línea más moderna, incluso “picassiana”, como en su “Tauromaquia”, de 1967 (en la antedicha exposición antológica), lo más atractivo de Castilviejo como pintor taurino es lo que realizó “siguiendo la estela de Roberto Domingo” que dice García-Osuna en aquella biografía, donde el pintor zamorano, vallisoletano de adopción, demuestra su facilidad para captar el movimiento, de los toros, de las suertes, de los toreros, de los caballos, como hacía aquel otro gran maestro. A mi me producen sus obras taurinas más clasicistas, esa sensación con que mi compañero foramontano Javier Pardo de Santayana cierra, con magistral broche de oro, su artículo, cuando escribe: “Es como si instintivamente depurara la lidia en lo que tiene de sangrante y doloroso en su versión directa, para quedarme con su estética y también con su filosofía, es decir, con lo que tiene de quintaesencia de la vida misma; de fuente generadora de reflexiones trascendentes”.
En una entrevista concedida a “El Ruedo” hace 66 años, le preguntaban a Roberto Domingo si dibujaba en la plaza. “No, soy muy tímido para eso –contestaba el gran maestro de pintores taurinos-. Me coacciona el espectador de al lado, la sola posibilidad de que se interese por lo que hago. Me pasa al contrario que a otros dibujantes a los que sólo les agrada la curiosidad que despiertan sus apuntes y dejan que el bloc pase de mano en mano por todo el tendido. Tengo buena retentiva y después, en casa, reproduzco en cartulina los momentos que han quedado en mi retina. Mis amigos dicen que yo sé pintar de toros, pero que no entiendo una palabra como aficionado”.
(Castilviejo. Apuntes del natural) (*)
Aunque su biógrafo no dice nada al respecto, los apuntes de Castilviejo que he podido conseguir – ilustro esta página con uno de los publicados en Flickr-, son evidentemente tomados del natural, tanto en corridas como en el campo, pero no me lo imagino pasándolos a nadie en el tendido, dada su proverbial timidez, que relata aquél en su biógrafía. La afición de Castilviejo a pintar del natural la fiesta de los toros, a diferencia de Roberto Domingo, probablemente procede a su gran afición taurina que, detalla su biógrafo, heredó de su padre, que incluso escribía de nuestra fiesta en las revistas especializadas, era amigo de Domingo Ortega y los Dominguín y se carteaba con Joselito y Juan Belmonte. “Su primer trabajo será un toro pintado a la acuarela sobre la madera de una caja de puros de su padre, que le dio un duro y lo colgó, orgulloso, en su despacho. Castilviejo niño solamente tiene ocho años cuando debuta en el ruedo artístico”. Pero esa facilidad para pintar del natural se debe sobre todo a sus enormes cualidades como dibujante. Todo el mundo sabe por aquí que Castilviejo gustaba de pintar del natural, el paisaje de su tierra que tenía más a mano, y el paisanaje con modelos que buscaba para que posaran para él.
He vuelto sobre los papeles (las páginas) que manejé en la red cuando escribí sobre Castilviejo, para comprobar quién era Roberto Domingo, del que había sacado la conclusión fue el número uno. Sin embargo observo ahora que no todos coinciden en esta apreciación. Por ejemplo, en terciodepinceles.blogspot.com, dice el autor: “Dos libros ponen al alcance del buen aficionado la vida y obra del que a mi juicio es el mejor acuarelista taurino: Alfredo Sanchis Cortés (Valencia, 1933)”.
(En la dehesa. Óleo de Castilviejo) (*)
Pero en otros post, el mismo blog señala que Roberto Domingo (1883 – 1956) es el pintor que ilustra con su luz, movimiento y colorido la mayor parte de la cartelería taurina del pasado siglo. Ahora, sus dibujos, apuntes y cuadros originales son objeto de coleccionista. Creó escuela con una obra heredera del impresionismo, llena de color y abarcando todos los aspectos del toreo, hasta los detalles más insignificantes. De niño fue amigo de otro gran artista taurino, Mariano Benlliure y era habitual de las tertulias de Zuloaga. Particularmente, la pintura de Domingo no solo tiene un claro acento taurino, al tiempo sabe plasmar el calor de la fiesta de toros en encierros, capeas, suertes de la lidia y diestros de fisonomía fuerte y reconocible.
He encontrado en ganaderoslidia.com un buen resumen de la historia de los pintores taurinos, que ahora resumo a mi vez, aunque desgraciada, y a mi juicio injustamente, no se menciona a Castilviejo. “Curioso es, sin embargo, como han señalado los especialistas, que durante el siglo de oro de la pintura española, el siglo XVII, en pleno barroco, los grandes artistas de la época —Velázquez, Murillo, Carreño, Claudio Coello— no recogieran en sus lienzos ni el más mínimo motivo de las muy abundantes fiestas y celebraciones taurinas tanto populares como regias y cortesanas. Se conserva, eso sí, una prolija documentación gráfica de artistas menores y, también, de grabadores e ilustradores.
No será hasta el siglo XVIII —curiosamente en el periodo en que la corrida adquiere sus primeros rasgos modernos— cuando, al hilo y con el populismo que se adueña de la alta cultura, surjan los también primeros cuadros de asunto estrictamente taurino y, más profusamente cartones para tapices. Pintores como Ramón Bayeu, Luis Paret y Alcázar y Antonio Carnicero surtieron a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara de motivos iguales o parecidos, como es el caso de La diversión de los vecinos de Carabanchel de arriba (1777, Museo del Prado, Madrid), Plaza de toros (El Escorial) o Chicos jugando al toro (Museo del Prado, Madrid), de Bayeu; Corrida regia en la Plaza Mayor, una acuarela de Luis Paret y Alcázar (Museo Municipal, Madrid), realizada hacia 1790.
De entonces son, también, los primeros retratos de toreros, ataviados con sus trajes de faena, así el de Francisco Romero (Museo Taurino, Madrid), obra del ya citado Antonio Carnicero o el de Joaquín Rodríguez Costillares, obra de Juan de la Cruz. Se publican, además, las primeras tauromaquias, algunas de ellas bellamente ilustradas, como la segunda edición de la de Pepe-Hillo, editada por José de la Tixera en 1804, que incluye las 12 estampas, que junto a una portada, grabó Antonio Carnicero en 1790 bajo el lema Colección de las principales suertes de una corrida de toros”.
Un apartado especial le dedica a la primera gran figura de la pintura de tema taurino, y uno de los grandes de la pintura de todos los tiempos, Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) -existe, además, constancia de su inveterada afición y concurrencia a las corridas- quien, al igual que sus contemporáneos, se inició en el tema diseñando cartones para tapices y la hizo pronto motivo autónomo de sus pinturas y grabados.
“Sin embargo –continúa la web-, su aportación más importante a la iconografía e historia taurinas son las estampas de su célebre Tauromaquia, cuya primera tirada se efectuó en 1816 y, dos años antes de su muerte, las cuatro litografías de los Toros de Burdeos. La Tauromaquia, cuyo título más popular, el de la segunda edición, reza Colección de las diferentes suertes y actitudes del arte de lidiar los toros. Inventadas y grabadas al aguafuerte por Goya. Madrid 1855, y que reúne en su versión final oficial las 33 estampas de 1816 y otras 11 posteriores que la completan, las dividía en tres partes diferenciadas el historiador José Camón Aznar; las 12 primeras eran ilustración literal de algunos de los datos e informaciones que su amigo Leandro Fernández de Moratín había recogido en su Carta histórica sobre el origen y progresos de la fiesta de toros en España, publicada en 1777. Otras doce que recogen algunas de las suertes o costumbres vigentes en su época y las veinte restantes que conmemoran hazañas y muertes trágicas de toreros, de algunas de las cuales el propio Goya fue espectador y testigo, como la de Pepe-Hillo. Nada de extrañar, pues como escribiera en su epistolario el ya citado Moratín: “Goya dice que él ha toreado en su tiempo y que, con la espada en la mano, a nadie teme”. Quizás por eso firmaba como “Goya, el de los toros”.
En cuanto al resto de la pintura española del siglo XIX, “no sólo en el tema taurino, sino con un carácter generalizado, se entregó a un costumbrismo que afectó a casi todas sus personalidades y que privilegió, en cierto modo, el material taurino que fue contemplado desde todos los ángulos; no sólo limitado a lo que acontece en el ruedo o los retratos de las figuras más señeras, sino también escenas camperas, tipos populares, paisajes de las dehesas.
De este modo, merece destacarse la Escuela Sevillana, encabezada por José Domínguez Bécquer —padre de Valeriano Bécquer, también pintor y del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, el mayor, con Espronceda, de los poetas románticos españoles y dibujante él mismo— su obra maestra es una vista de La Plaza de la Real Maestranza de Sevilla, pintada en 1855. Otros artistas de interés fueron Antonio María Esquivel, Antonio Cabral Bejarano, Manuel Rodríguez de Guzmán y, aunque no el mejor ni el más dotado, pero sí el que supo crear un cierto estereotipo de la escena taurina que ha sobrevivido, Joaquín Fernández Cruzado.
Más relevancia tuvieron los pintores románticos del reinado de Isabel II, entre ellos Jenaro Pérez Villamil, Francisco Lameyer y, sobre todo, Leonardo Alenza —uno de los artistas más interesantes del último tercio de siglo, cuya pintura, y más aún el dibujo, poco o nada tienen que ver con los tópicos españoles— y Eugenio Lucas Velázquez. La obra de este último, que fue objeto durante años de los estudios de Enrique Lafuente Ferrari, fue durante décadas o bien confundida con la de Francisco de Goya o bien considerada, únicamente, una mala copia del maestro aragonés. Los análisis del ya citado Lafuente Ferrari, y después los de Juan Antonio Gaya Nuño han situado al pintor en el lugar que le corresponde, no sólo un epígono avanzado de Goya, sino también un introductor de los modos que conducirán, poco después, al impresionismo.
El realismo costumbrista tiene sus nombres mejores en José Casado del Alisal y, por su bagaje informativo e histórico, en Manuel Castellanos, que entre otras obras dejó más de 350 dibujos que recogen todos los aspectos de una corrida de toros exactamente tal cual se celebraban entonces.
El preciosismo de Mariano Fortuny —cuya vinculación a Meissonier no debe hacer olvidar que es uno de los mayores artistas españoles del silo XIX— influyó en pintores como José Jiménez Aranda y Joaquín Agrasot.
A finales de siglo, incluso hay pintores extranjeros, que atraídos unas veces por la pintura clásica española y otras, quizás, por los relatos de los viajeros románticos se asoman a un país que creen exótico y recogen de él sus aspectos más desusados. Así, por ejemplo, Édouard Manet, que desde 1860 aborda temas y tipos taurinos en su obra”.
Continúa señalando que “la pintura entre dos siglos, que mezcla costumbrismo, impresionismo y, en los más osados, algunas de las vertientes neoimpresionistas que se desarrollan en París o cierto simbolismo, procedente de tierras más al norte, reúne los nombres de Joaquín Sorolla, Ignacio Pinazo, Gonzalo Bilbao, Ricardo Canals, Francisco Iturrino, Darío de Regoyos y el singular simbolista cordobés Julio Romero de Torres, que sin distinguirse por las escenas de lidia o de campo, sí introdujo en su pintura toda la morbosidad erótica entre torero y mujer o entre mujer y copla”.
Y ahora introduce una interesante valoración de Roberto Domingo: “Aunque por edad pertenece a la pintura del siglo XX, lo cierto es que, el pintor Roberto Domingo -seguramente el que ha constituido por sí mismo toda una iconografía de la tauromaquia y, más allá, de todo cuanto en el campo y las dehesas tiene que ver con el sentimiento del toro-, por su personal interpretación, impresionista, y reducida a la representación pura, cierra los conceptos esgrimidos por el siglo XIX para la pintura taurina. En su caso, además la extraordinaria divulgación de su obra se debe a su trabajo como cartelista.
“La segunda estrella en verdad rutilante en la que el toro y lo taurino conforman elementos simbólicos significativos de su producción, conduciéndolos más allá de sus aspectos etnológicos o folclóricos, es Pablo Picasso. Interesado desde niño por el espectáculo, como certifican sus dibujos infantiles conservados en el Museo Picasso de Barcelona y en su madurez y vejez asiduo concurrente a las plazas de toros del sur de Francia, Picasso hace de la relación del toro y el caballo uno de los soportes arguméntales de su obra más célebre, Guernica (1937, Museo Nacional Reina Sofía), en la que la agresividad del toro con el caballo en la suerte de varas se empareja con la de los culpables del conflicto civil y, en una ambigüedad que preside todo su trabajo, la belleza del cornúpeta se asocia a la esperanza del pueblo de España”.
Se alarga sobre Picasso, para concluir que otros artistas españoles que en el siglo XX se han interesado por el tema taurino son, de entre los mejores, Daniel Vázquez Díaz, José Gutiérrez Solana, Ignacio Zuloaga y Antonio Saura, creador de una peculiar Sauromaquia. Y aquí echo sinceramente en falta la mención a Castilviejo, cuya obra está sin duda a la altura de los citados, a mayor altura aún en lo que se refiere a la pintura taurina. Creo que la falta de interés de Castilviejo por darse a conocer fuera de nuestra tierra (a diferencia de lo que hiciera otro de los pintores de nuestras esencias castellanas, Vela Zanetti), ha perjudicado la difusión de su obra y su valoración, aunque es lo cierto que cuentan con obras de Castilviejo diversas colecciones de renombre mundial, como la Edward G. Robinson, la Rotschild, así como el Museo de Arte de Nueva York.
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(*) Para ver las foto que ilustrab este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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