Por Javier Pardo de Santayana
(Puerto de Santoña)
No sé si valoramos suficientemente la suerte que tenemos. Por ejemplo cuando, instados por el interés o la curiosidad, nos gustaría descubrir algunas cosas cuyo conocimiento implicaría una búsqueda difícil – sobre todo para los ancianos – al exigir visitar los archivos o las sacristías así como costosos viajes e indagaciones complicadas necesitadas de paciencia y de esfuerzos fuera ya de nuestro alcance.
Porque ahora basta con un ordenador y un poco de imaginación para buscar entre lo mucho que se puede conseguir. Por ejemplo, ahora que estoy a poco más de diez minutos de Santoña, cuna de Juan de la Cosa, pudiera resultarme interesante el indagar sobre lo que hizo Juan Sebastián Elcano tras de haber cerrado el círculo del orbe, porque uno naturalmente se imagina que con la paliza que debió llevarse el hombre tras de tres años con la amenaza del escorbuto y el naufragio y haber sufrido la muerte de su jefe a manos de nativos – no habiendo regresado vivos más que dieciocho de los alrededor de doscientos cuarenta hombres que partieron y sólo una de las cinco embarcaciones – no habría ser humano con agallas suficientes para que repitiera la experiencia. Y sin embargo, Elcano sí lo hizo y hasta murió en la empresa. Algo asombroso, pero cierto, y desde luego incomprensible para cualquiera de nosotros, pues partiendo de cómo vemos hoy las cosas, no cabe en la cabeza el insistir en la heroicidad, y en el tesón que ya tenía demostrado para afrontar un riesgo innecesario. Es más, le supondríamos famoso y adulado, viviendo una vida tranquila y, sosegada y, por supuesto, glorificada por el cine en Hollywood.
La segunda posibilidad de enterarnos de una historia sin hacer un gran esfuerzo, nos podría llevar a preguntarnos si existen restos de antiguas embarcaciones hundidas en estas costas del Cantábrico; es decir, si se conserva una memoria de naufragios y de pecios en las cercanías de Santoña. Y no tardaría mucho tiempo en descubrir que en las proximidades del Penal del Dueso, es decir, junto a la misma Playa de Berria, tan hermosa, aún puede verse el costillar de uno de los barcos que allí quedaron a merced de las olas o embarrancaron en la arena. Y también descubrimos que el año 56 del siglo XX, una familia de pescadores – los Cabieces – localizaría nada menos que 30 cañones de hierro colado, tres anclas y varias toneladas de munición de artillería cuando faenaba en el llamado “Bajo del Doncel”.
Pero lo que más me sorprendió fue saber que en tiempos más recientes – concretamente en 1998, con ocasión de una campaña arqueológica – se descubriría un barco hundido a pocos metros de un paseo enormemente frecuentado por los santoñeses y sus visitantes por permitir el baño familiar y la visión como en cinemascope de un panorama de las arenas de Laredo y de las marismas y la ría: exactamente a la altura de la actual Plaza de Toros. Se trataba, en efecto, de un galeón español de 688 toneladas construido en Deusto – el “Nuestra Señora de la Concepción» – que formaba parte de nuestra Armada, conocida como “del Mar Océano”. Un buque que curiosamente fue quemado y hundido por los propios españoles para evitar que cayera en manos de la Armada francesa “del Arzobispo de Burdeos”. Hecho éste que aconteció nada menos que 359 años antes de que sus restos fueran por fin localizados, lo cual me llena de estupor no sólo por haberse tardado tanto tiempo en llegar a saber de su existencia teniendo en cuenta la importancia del suceso. Pero que, sobre todo, me sorprende por revelar cómo un prelado francés de ringorrango tenía a su cargo toda una flota de buques de guerra que se utilizarían no para repartir vino y pan a los necesitados sino para amenazar a los vecinos.
Otra cosa que puede cualquiera descubrir sin cambiar de postura – tan sólo con un ordenador convencional y simplemente buscando información sobre la historia de Santoña – es que el famoso Charles Lindbergh, piloto norteamericano que fue el primero en cruzar en solitario y de un tirón el océano Atlántico de parte a parte por el norte y que más tarde pagaría el coste de su fama con el secuestro de su hijo, amerizó en las aguas de esta villa el año mismo de mi nacimiento Y se sabe que pasó en ella unos días que de seguro serían agradables.
De su estancia en la capital de las anchoas se sabe que se alojó precisamente en una casa que conozco por haber pertenecido, ya en mi tiempo, a la familia de un insigne ministro del Ejército. Así que me pregunto si no sería normal que de un acontecimiento como éste tuviéramos constancia por la presencia consolidada de una estatua, de una placa conmemorativa, o de una calle que llevara su nombre.
Afortunadamente quizá no estemos ante un mal momento para dar a conocer a la “ciudadanía” detalles y sucesos como éstos u otros muchos que pudieran resultar igualmente interesantes. Y lo digo porque de un tiempo a esta parte vengo observando detalles indicadores de que que el ayuntamiento del lugar se muestra interesado en conservar mayor constancia del pasado. Por ejemplo, ofreciendo al paseante algunas piedras del antiguo puerto, situando banderas que recuerdan acontecimientos de la Historia recientemente teatralizados, e incluso garantizando la supervivencia de determinados pinos ligados a fechas importantes de la Historia de España.
Pero en todo caso a lo que voy, que no es otra cosa que mostrar unos ejemplos de particularidades santoñesas que quizá puedan hacerle ver a usted, improbable lector mío, la posibilidad que tiene hoy de entretenerse con la emoción de la investigación y del hallazgo sin tener que andar de la ceca a la meca todo el día. Y sin gastar un euro, que no es poco.
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