Por Javier Pardo de Santayana
(Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, iglesia del Sacramento, desde la calle Mayor, en Historia de la Villa y Corte de Madrid,1860)
Es domingo y sintonizo la segunda cadena de Televisión Española para asistir a la misa. Anunciaron su celebración en la catedral castrense y no queremos perdérnosla. La catedral es frecuentada por nosotros, sobre todo de un tiempo a esta parte, ya que hacen cada vez más numerosos los funerales de compañeros nuestros.
Por si mi improbable lector no ha visitado el templo, diré que se encuentra en la calle Sacramento y se abre a la Mayor justo a la altura del lugar en el que se produjo el atentado a los reyes don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia el día mismo de su boda: es decir, frente a la casa desde la que lanzó su bomba un anarquista de nombre Matías Morral; hecho que hoy nos recuerda un sencillo monumento que atrae como una mosca a a los turistas.
El templo, dedicado a San Bernardo y San Benito y sede anterior de las monjas “bernardas”, es grande y señorial. En dependencias suyas se reunió hace tiempo el extinto apostolado castrense antes de pasar a la no lejana Nunciatura, como también lo fue de la Asociación de Señoras de Santa Bárbara, así que tuvimos ocasión de asistir a múltiples actos litúrgicos en su recinto. En dos ocasiones casi seguidas un servidor de ustedes asumió la responsabilidad de pronunciar el pregón de la Jornada de la Paz en nombre de nuestros ejércitos, pero eso fue hace tiempo, y ahora se trataba de celebrar una vez el acontecimiento que como eco del mensaje del Pontífice se viene repitiendo cada año.
Ya de entrada me gustó ver que las lecturas corrían a cargo de jóvenes soldados – ellos y ellas – lo que añadía al ambiente una combinación de juventud y fe que levantaba el ánimo. También me pareció sumamente acertada la inclusión entre ellos de una guardia civil que me evocó aquel tiempo en que, siendo aún cadete en Zaragoza, compartí mis estudios con la primera promoción del Cuerpo que creó el Duque de Ahumada. Las voces jóvenes y recias sonaban a voces de esperanza en esta España de la que se quiere desarraigar la fe de sus predecesores.
En esta ocasión las palabras sobre la celebración de la Jornada de la Paz no correrían a cargo de un profesional de la Milicia sino del propio oficiante de la misa, es decir, del Arzobispo Castrense, quien lo hizo con ocasión de la homilía. Y he de decir que tras de oírle me pareció oportuno hilvanar algunos comentarios, pues aunque evito por sistema juzgar al oficiante, creo que en la ocasión que cito se merece que se divulguen sus palabras. Pues, en efecto, el Arzobispo no se limitó a ensalzar la paz que todo el mundo aprecia, sino que, en palabras del Papa San Juan Pablo, hizo ver además que los ejércitos son los garantes de ella. Y subrayó la vocación de entrega y sacrificio del soldado, hoy hecha tarea y responsabilidad diaria de muchos soldados españoles desplegados en lugares de peligro. Como también se refirió a la tranquilidad asegurada por los guardias civiles en los pueblos y los campos de esta España nuestra.
Pero no quedó aquí, pues recordó también que venimos celebrando un hecho histórico que atañe a la Humanidad entera; una hazaña de inmenso relieve realizada por compatriotas nuestros y que fue nada menos que cerrar el arco de la Tierra y así globalizar el evangelio. Lo cual es necesario subrayar como lo ha hacho el Arzobispo en unos tiempos que como éstos son de depresión y de desprecio hacia lo que nuestros mayores nos legaron. Porque hoy se diría que hay españoles que quieren olvidar que fueron españoles, y no otros, quienes llevaron con su capacidad y con su esfuerzo la fe de Jesucristo hasta los últimos confines del planeta. Nada por tanto que nos identifique con la avidez por el oro (el “gold”) por oposición a la búsqueda de Dios (“Gold”) como pretende la “Leyenda Negra” hoy revivida por no pocos de fuera, pero también por algunos de los nuestros.
Otro detalle significativo que me parece conveniente resaltar aparte de la presencia de los altos mandos de los tres Ejércitos, fue el emocionante recuerdo dedicado a la hermana de muestro Rey Juan Carlos a la hora de rogar por los difuntos. Y el haberlo expresado con el mayor respeto: refiriéndose a ella como “Su Alteza Real Doña Pilar de Borbón y Borbón, Infanta de España”. Como mandan los cánones; que eso es la buena educación que tanto falta.
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