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Jugando con nuestro futuro

Tres foramontanos en Valladolid 05 Feb 2020 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Gibraltar comparte una frontera de 1,8 km con España )

¿Han oído ustedes decir algo realmente sensato sobre “el Brexit”? Y eso que han corrido ríos de tinta sobre la ruptura.

Mucho se sabe ya sobre los dimes y diretes entre los dos grandes partidos ingleses y sus dirigentes o sobre los componentes de uno y otro bando. Sabemos mucho, desde luego, de los personajes más conocidos de esta historia: de Cameron, que es ya una marioneta del pasado aunque armó la que se armó sin pretenderlo, y de la señora May, de la que recordamos su dramática caída y su entrada bailando al son de una música de fondo. Y no digamos del primer ministro actual, con su cabello despeinado, sus salidas de tono y sus gracietas. O de quien presidiera el parlamento hasta hace poco, aquel tipo entre cómico y simpático que se desgañitaba demandando contención y orden. O de la preocupación oficial por el tema de Irlanda y sus fronteras. Pero ahí se queda la mayoría de la gente. Por otra parte, aquí en España se ha comentado un par de veces nuestra preocupación sobre el futuro de los habitantes de La Línea por las dificultades que podrán tener para entrar y salir del territorio de “la Roca”. Pero nada de suficiente enjundia como para ponernos  a la altura del desastre.

Porque, por mucho que se haya producido casi por carambola e incluso contra la voluntad de quien lo había promovido, se trata simplemente de un fracaso. Algo que era impensable tratándose de una nación tan seria y prestigiosa como el Reino Unido de la Gran Bretaña, y a pesar de que la ruptura afectaría de lleno a la más importante iniciativa tomada colectivamente por nuestro continente con vistas al futuro; es decir, a una decisión que ya nos había convertido en un ejemplo de organización inspiradora de paz y de progreso. Y esta ocurría en un espacio donde sólo en el propio siglo XX se habían generado nada menos que tres guerras mundiales: una organización que transmitía a todo el ancho mundo el mensaje de que, conocedores de las lecciones de la Historia, los europeos habíamos decidido erradicar del panorama los nacionalismos excluyentes y otras doctrinas que fomentaran los enfrentamientos en este lado del Atlántico.

Pero no se trataba sólo de esto, sino también de hacer de Europa nada menos que una gran potencia defensora de la paz en la medida que aseguraba la defensa de un “pensamiento occidental” promotor de libertad y de respeto tal como se puso de relieve en el pasado siglo hasta el punto de inspirar con sus ideas a todas las instituciones internacionales. Por otra parte, su coincidencia con los poderosos Estados Unidos en el devenir histórico y en los planteamientos y principios asumidos, favorecería su liderazgo en el esfuerzo por ser ejemplo de paz y de progreso para otras regiones del planeta. Esto antes de que el desarrollo de unas potencias todavía emergentes pudieran perturbar estos nobles propósitos y poner de nuevo la paz en entredicho. Por otra parte, la existencia de la OTAN, materializadora de esta idea, reforzaba la voluntad de asegurar el panorama ya descrito inyectando más lazos de unión y mayores recursos para su defensa.

Mi improbable lector comprenderá que en estas circunstancias el desenganche del Reino Unido constituye un hecho extraordinariamente negativo: una marcha atrás que acarrearía un indudable debilitamiento de la Europa unida y de su posible papel de gran potencia en el peor de los momentos, la puerta abierta a los nacionalismos que incendiaron el pasado siglo y son contrarios al espíritu del nuevo, y un gesto que desmerecería el entusiasmo de aquellas expresiones de esperanza que transmitieron nuestros padres fundadores: los que inyectaron en su día a las generaciones nuevas un sueño de paz y de futuro.

Ahora, estando ya del otro lado el Reino Unido, y con nosotros resignados a aceptar esta desgracia, habrá que salvar el resto del desastre y reducir los daños fortaleciendo las instituciones y protegiendo nuestra Unión de los malos ejemplos recibidos, y entre ellos algo con lo que no se contó nunca hasta ahora: la deriva de unos Estados Unidos que, centrados en su propia división interna y en las vergüenzas de su “impeachment” – por no decir en lo que pudiera suceder en el Pacífico – tratan a Europa con una displicencia rayana en el desprecio. Actitud ésta que, para mayor abundamiento, quizá se aplique también a nuestra propia Historia como parece deducirse de su reciente aportación a la Leyenda Negra eliminando, por ejemplo en California, la mención de un santo español cuya papel relevante le había merecido un sitio en el Congreso norteamericano.

Y aún queda para nosotros españoles una cuestión tan importante como la situación en la que tras la ruptura con Europa quedará el Peñón de Gibraltar, esa vergüenza hecha de engaños y delitos cuya frontera conocí cerrada.

PS: Dada la excelente relación que hasta ahora mantengo con mi improbable lector me atreveré a confiarle que tuve ocasión de vivir durante una larga temporada a escasos metros de ella, cuando los gibraltareños no sabían qué hacer cuando querían deshacerse de un vehículo y se veían obligados a arrojarlo a las aguas del estrecho. O cuando el más distinguido de quienes protestaban por la situación impuesta por España era precisamente un periodista conocido hasta entonces por cubrir las críticas taurinas.

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