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La verdad convertida en latiguillo

Tres foramontanos en Valladolid 12 Feb 2020 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Parcial de una acuarela rápida de Kubi)

Creo haberme ya referido alguna vez a la verdad como palabra convertida en latiguillo, si bien hasta ahora el comentario se me ocurrió sobre la marcha como curioso complemento del argumento central del tema objeto del artículo. Mas con el paso del tiempo pude observar que su repetición ha ya adquirido tal raigambre – hasta tal punto su presencia aparece en la expresión hablada de los españoles – que ya no puedo por menos de referirme a ello como un hecho significativo.

Porque probablemente siempre hubo latiguillos para apoyarse en ellos cuando no disponemos de una mejor manera de ordenar nuestras afirmaciones o ligar unas cosas con otras, pero el nuevo fenómeno gramatical ofrece ciertos rasgos bastante peculiares. Recordará usted, improbable lector mío, cómo no hace mucho el latiguillo era simplemente una palabra que no  venía a cuento a la hora de buscar una apertura. Me refiero, por ejemplo, a aquello del “entonces” con que se puso de moda comenzar cualquier relato y ligarlo con lo que se venía diciendo. Era una palabra que quedaba como en el aíre casi siempre y daba entrada a la siguiente frase.

Mas lo de ahora es algo diferente. Supongo que mi improbable lector habrá observado, y si no lo hizo le aconsejo que lo pruebe ahora, que sea quien sea el o la protagonista, sea cual sea la ocasión a que nos refiramos, cada vez resulta más frecuente hasta el punto de parecer indispensable, que nuestros compatriotas inicien cualquier frase con expresiones como éstas: “Lo que sí es verdad es que…” o “La verdad es que…con la variante más incorrecta y más escueta de “La verdad que…”

Ruego al lector que haga la prueba de escuchar atento. No importa quien se exprese ante el micrófono, tanto si es deportista como si es político, o si es un señor o una señora cogida a lazo por la calle, cualquiera que sea su educación y su edad o circunstancia, no tardará en sacar a relucir estas palabras. No importa si se trata de discutir sobre el famoso VAR o sobre el resultado de un partido, si lo que se saca a colación es la inauguración de un monumento o una discusión en el congreso, si es en el marco de los detalles de una nueva moda o si se trata simplemente de si ha llovido mucho o poco, si hace cuestión de las desgracias de una guerra o de los placeres del verano, no tardará a saltar a la palestra alguno de estos latiguillos o cualquier otro semejante. Siempre, eso sí, con la obligada referencia a esa “verdad” que al parecer les trae inquietos.

A veces – lo habrá usted observado sobre todo en el caso de políticos – comenzarán diciendo aquello de “Lo que si es verdad…” después de habernos presentado una situación a la que, pobres ingenuos como somos, empezábamos a conceder un generoso crédito. Así que, como mi improbable lector comprobará seguidamente, la mencionada frase vendrá a caer sobre nuestras cabezas como un inesperado jarro de agua fría al aclarar que lo que hasta entonces se nos había expuesto podría no ser tan convincente como a primera vista parecía.

Tan es así que quien hoy les escribe se permite jugarse una cerveza y un pincho de tortilla asegurando – tal como dice el otro – que no le fallará la afirmación que aquel señor o señora al que se está escuchando acabará utilizando una expresión como ésta o parecida para hacer valer lo que nos dice. Y, claro, se preguntará, como cualquiera, cuál es la razón del latiguillo.

Así que usted podrá plantearse finalmente si este fenómeno de la frecuente alusión a la verdad por parte de los españoles no podría ser sino una muestra de otro fenómeno que quizá nos esté pasando por delante sin que nos demos casi cuenta de ello: la escasa fiabilidad de nuestros prójimos, que es como decir que, desgraciadamente, nadie se fía ya de nadie en nuestros días, y que si nos referimos de verdad a “la verdad” se hace preciso subrayarlo.

Lo cual, por otra parte, nos obliga a suponer que existen bastantes probabilidades de que aquello que nos dicen, como sucede con los famosos bulos y noticias falsas, no sea cierto, o sea una expresión más, de ese relativismo que ya trasciende hasta a lo cotidiano en esta nuestra sociedad enferma.

Tres foramontanos en Valladolid

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