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Extraños compañeros de viaje

Tres foramontanos en Valladolid 15 Feb 2020 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(El avión de Air Canada momentos antes de aterrizar en el aeropuerto de Barajas)

Con motivo de la amplia cobertura con que los medios españoles han tratado el caso de un vuelo de la compañía Air Canada que pasó por momentos de incertidumbre y de peligro, y al saber que su destino era Toronto, no he podido dejar de recordar una experiencia que mi mujer y yo vivimos al comienzo de los años noventa,

Se trataba de un vuelo a Montreal desde Victoria, la capital de la isla de Vancouver, una ciudad de la costa canadiense del Pacífico, en uno más de los muchos viajes fomentados por el Comandante Supremo de la OTAN en Europa para un mejor conocimiento mutuo de  los quince países aliados.

Habíamos ya cruzado el país de este a oeste y visitados Saint John, Ottawa, Montreal, Winnipeg, Calgary y la citada isla, cuando ya de regreso a Montreal para cerrar el círculo debimos empalmar tres vuelos sucesivos con destinos intermedios en las ciudades de Vancouver y Toronto.

La historia empieza al final del primer tramo, cuando llegados a la ciudad costera de Vancouver y mientras esperábamos subir a bordo para seguir nuestro viaje hasta Toronto, entraron dos individuos de verdad curiosos en la sala: uno de ellos grueso y de poblada barba mientras el segundo parecía poca cosa por mucho que estuviera revestido, lo mismo que el primero, de símbolos nazis y otros parches varios sobre sus chupas de cuero respectivas. Completaban su atuendos de moteros típicas botas reforzadas con punteras metálicas. Sí; como ustedes imaginan se trataba de una pareja de “ Hell Angels”.

Los dos estrafalarios compañeros de vuelo se sentaron, en un curioso contraste de apariencias, justamente detrás de nuestro grupo de quince militares de alto rango representantes de diversos países en el Mando Europeo de la OTAN. Lo cual bien podría justificar que por los altavoces se formulara sin más explicaciones una oferta jamás oída que yo sepa: la de entregar cierto dinero a quien no encontrara problema en retrasar al vuelo. La cosa era tan chusca que entre nosotros se cruzaron bromas como la de que algunos habían decidido aprovechar la ocasión para completar compras pendientes, pues aquí conviene señalar que nos acompañaban las esposas. Pero en el fondo todos supusimos que alguien quería separar a aquellos tipos de nosotros.

Mas por lo visto nadie mordió el anzuelo, así que unos y otros acabamos subiéndonos a bordo para seguir viaje. Se trataba del segundo tramo, que nos llevaría a Toronto, conocida por mí desde bastante años antes. Pero aun tendría que ocurrir algo inaudito, ya que en la pista de despegue para volar a Montreal nuestro piloto optó por abortar el vuelo tras de haber observado – según dijo – una avería.

Y aún queda el número final de esta odisea, que llegaría cuando, alcanzado ya definitivamente Montreal, nuestras maletas salieron primeras de la cinta y mi mujer y yo nos dirigimos al autobús que esperaba a nuestro grupo: el caso es que ya de entrada pudimos ver con gran sorpresa que una serie de policías bien armados vigilaban cuidadosamente las salidas, algo que no podía por menos de extrañarnos en un país tan pacífico y tranquilo por mucho que en aquellos días los indios aborígenes anduvieran inquietos por la construcción que pretendían levantar sus gobernantes en terreno sagrado para ellos.

Pero, cuando, una vez recogidas sus maletas, llegaron nuestros compañeros, se reveló el misterio, pues nos informaron que, de pronto, estando ya para salir del aeropuerto, vieron cómo los policías apostados se abalanzaban sobre nuestros estrafalarios compañeros para esposarlos.

Así que supusimos  que aquel ofrecimiento de Vancouver, como quizá también la avería de Toronto, bien pudieran haber sido tretas encaminadas a evitar que aquellos curiosos “angelitos” causaran – o nos causaran – un problema. Independientemente o no de que estuviesen ya – como probablemente fuera el caso – dispuestos a encerrarlos por algún desafuero cometido.

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