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La Real Academia de Bellas Artes renueva su imagen

Tres foramontanos en Valladolid 23 Feb 2020 - 07:26 CET
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Por José María Arévalo

(Momento de la firma, con el presidente López de Uribe en el centro)

La Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid y la Escuela Superior de Imagen y Sonido Aceimar han rubricado, el pasado 26 de enero, un convenio de colaboración que permitirá renovar, modernizar y promocionar la prestigiosa institución de la Real Academia, mediante la realización de material audiovisual, digitalización de fotografías antiguas o entrevistas online a los académicos vallisoletanos. Al día siguiente daba la noticia El Día de Valladolid, y después se han hecho eco los demás medios de comunicación

Así hemos sabido que el presidente de la vallisoletana Real Academia de Bellas Artes, don Javier López de Uribe y Laya ha firmado un convenio con la Escuela de Imagen y Sonido Aceimar, y en su nombre la directora de Aceimar, Elena Marcote, que tiene como principales actuaciones la elaboración de vídeos para el conocimiento y divulgación del patrimonio artístico atesorado en las dependencias de esta institución; la realización de vídeos de entrevistas a los académicos, que se incorporarán a la página web de la Real Academia; y la digitalización y restauración de fotografías antiguas y edición de audiovisuales relacionados con el patrimonio material e inmaterial de Valladolid y su provincia.

Asimismo, desde la Real Academia de Bellas Artes se comprometen a la impartición de charlas coloquios y clases magistrales a los alumnos de la Escuela Superior de Imagen y Sonido de Valladolid Aceimar. El presidente de la Academia, Javier López de Uribe, durante la firma del convenio, reconoció que esta institución “tiene dificultades para darse a conocer al público, especialmente en lo que concierne a la colección de arte con 200 pinturas, 50 esculturas, 250 grabados, partituras musicales… que habitualmente no se enseña al público al carecer de medios; por eso el hecho de colgarlos en la Red será de gran interés para la ciudad y la provincia”, asegura el presidente.

López de Uribe, asimismo, destaca la posibilidad de “colgar entrevistas con los académicos”, que realicen los alumnos de la Escuela Aceimar, además de la idea de “poder transmitir en streaming gran parte de las actividades y actos” que se realizan en la Real Academia de Bellas Artes de Valladolid “para lograr un eco mayor y dar a conocer las Bellas Artes, que es uno de nuestros objetivos fundamentales”, concluye.

Por su parte, la directora de la Escuela Superior de Imagen y Sonido de Valladolid Aceimar, Elena Marcote, reconocía “el honor” que supone al centro “la solicitud de ayuda y colaboración de una prestigiosa institución como la Real Academia para aportar un cambio, una modernidad y una nueva imagen a la institución”. La directora insiste en la importancia de las entrevistas a los académicos para captar “su voz, su forma de pensar y actuar en todo momento”.

Sobre transmitir en streaming las actividades y actos de la Real Academia me parece de interés citar algunas de las conferencias previstas para los próximos meses, como son el ciclo de conferencias “Conocer Valladolid”, que se desarrollarán de martes a jueves el próximo mes de marzo en la Casa de Cervantes, a las doce de la mañana, empezando el día 3 por “Las aceñas del puente en Valladolid” a cargo de los arqueólogos Arturo Balado y Ana Matínez, y el ciclo «Los lunes de la Academia», los primeros lunes de mes, a las 7 de la tarde, en el mismo local, con las siguientes próximas conferencias: el 2 de marzo “250 años del nacimiento de Beethoven”, que pronunciará Mª Angeles Porres; el 6 de abril “El compositor Félix Antonio y su contexto musical”, por Diego Fernández Magdaleno; el 4 de mayo “Alonso Berruguete en la National Gallery de Washington” por Manuel Arias; y el 1 de junio “Felipe de Espinabete, escultor” por Jesús Urrea.

En nuestro artículo “A los progresos de las Artes. 3. La Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción”, del 23.09.12, que escribimos con motivo de la celebración del 230 aniversario de que Carlos III la admitiera bajo su protección, recogimos un muy interesante artículo de este último, don Jesús Urrea, entonces Presidente de la Real Academia, del que vamos a dar ahora un resumen.

(Retrato de D. César Alba García-Oyuelos. Óleo de José Martí y Monsó -1840 a 1912-, en el Catálogo de pintura del museo de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 1,25×0,94)

Les decía, en aquel artículo, que es impresionante la ingente tarea desempeñada por la Real Academia, sobre todo a partir de 1808, inspeccionando todos los proyectos artísticos o arquitectónicos, públicos y privados; la impartición de las enseñanzas de Bellas Artes, hasta a 1.238 alumnos en el curso 1883-1884; los ejercicios que exigía para obtener el título de Arquitecto, Maestro de Obras, Director de caminos vecinales o Agrimensor; su importantísimo papel en la puesta en marcha del Museo Nacional de Escultura y del Arqueológico, de las Escuelas de Artes y Oficios y de Música, y la recuperación de la extraordinaria muestra de arte que son las procesiones vallisoletanas.

Destacaba Urrea el importantísimo papel desempeñado por esta institución en los pasados siglos, sobre todo desde que Carlos IV le concediera en 1802 los mismos privilegios y exenciones que disfrutaban las academias de San Carlos de Valencia y San Luis de Zaragoza.

“La Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción –explicaba Jesús Urrea- es una institución cultural de interés público y duración indefinida que tiene sus antecedentes en la establecida en Valladolid en 1779 por un grupo de aficionados a las matemáticas y a la enseñanza del dibujo. Aprobadas sus constituciones, fue admitida por Carlos III bajo su real protección en 1783. Carlos IV le concedió en 1802 los mismos privilegios y exenciones que disfrutaban las academias de San Carlos de Valencia y San Luis de Zaragoza. Por Real Decreto de Isabel 11, en 1849 fue considerada de 1ª clase entre las provinciales.

Como corporación con personalidad jurídica propia, desde su creación ha desarrollado sus actividades en bien de la cultura, contribuyendo de manera eficaz a la salvaguarda del patrimonio histórico artístico de Valladolid y su provincia, con hechos tan señalados como la custodia y conservación de los pasos de Semana Santa, la dirección del Museo Provincial de Bellas Artes, la fundación de la Galería Arqueológica, y la enseñanza en las Escuelas de Bellas Artes y de Música, además de elaborar numerosos informes técnicos en cumplimiento de los fines que ha tenido asignados.

(Ferial de Valladolid. Óleo de Gabriel Osmundo Gómez -1856 a 1915- en el Catálogo de pintura de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,49×0,81)

Actualmente, su función primordial radica en velar por la conservación de los monumentos y obras de arte de Valladolid y su provincia; el fomento de las Bellas Artes, su estudio, enseñanza y difusión; como organismo consultivo, colaborador / asesor, en la emisión de informes destinados al Gobierno, Junta de Castilla y León, Corporaciones e Instituciones locales; el acrecentamiento de su propia colección con obras de pintura, escultura, dibujos, grabados, partituras, documentos y libros relacionados con las Bellas Artes; el fomento de la investigación y publicación de monografías de temas histórico-artísticos; y la organización de sesiones cientificas, así como exposiciones de arte y conciertos musicales (O.M. 31-VII-1998).

La Academia está formada por 32 miembros de número, que se dividen en cuatro secciones: Arquitectura, Escultura, Pintura y Música. Para su dirección, gobierno y representación, dispone de un Presidente, cuatro Consiliarios, un Tesorero, un Bibliotecario y un Secretario. Desde su creación hasta la actualidad ha contado con 373 académicos de número; mientras que la categoría de honor la han ostentado 361 y la de correspondientes 142. […]

A pesar de haber atravesado duras vicisitudes, contar con escasos medios y sufrir reiterados cambios de domicilio, la Academia ha logrado formar y conservar una colección muy notable que procede, en su mayor parte, de los concursos que organizó a partir de 1863 y con los que comenzó a crear en 1875 una Galería de autores modernos que pusiera de manifiesto la utilidad de la institución y los progresos de su alumnado. Posteriormente, su contenido se fue incrementando mediante donaciones u obras entregadas por los académicos artistas el día de su ingreso en la corporación. Sin embargo, hasta 1989 la Academia no dispuso de unas condiciones museísticas apropiadas para sus colecciones.

En el área destinado a su exhibición estable, en su domicilio, se muestran únicamente aquéllas que presentan mayor interés o calidad y, con su distribución, condicionada por el espacio y sus características, se resume la historia de la Institución a través de las obras más singulares conservadas de su profesorado académico, al que se recuerda también mediante retratos o gracias a las creaciones de sus alumnos más destacados, no faltando tampoco objetos y muebles que contribuyen a ambientar agradablemente este pequeño museo.

 

(La plática. Óleo de Jesús Asensio Ibañez -1867-? -, en el Catálogo de pintura de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,70×1,00)

La colección se encuentra distribuida de acuerdo con los asuntos de las cuatro secciones que integran la Academia. A la de Arquitectura aluden varios retratos de profesores de esta disciplina, planos y proyectos de exámenes de arquitectos y maestros de obras, así como libros correspondientes a estas materias. Las salas dedicadas a Escultura reúnen obras del riosecano Aurelio Rodríguez Carretero, Dionisio Pastor Valsero, Daría Chicote, Ángel Díaz, Mariano Benlliure, Ramón Núñez, José Cilleruelo, José Luis Medina, Antonio Vaquero, Lorenzo Frechilla o Luis Jaime Martínez del Ría. La sección de Música está presente mediante diversas piezas que ofrecen en sus temáticas alusiones musicales, con pinturas originales de Isidro González García-Valladolid, Mario Viani, Pedro Anca Santarén o con alguna obra del escultor Ignacio Gallo.

La Pintura, gracias al espléndido legado que hizo el pintor valenciano José Vergara Ximeno y a los numerosos fondos de que dispone la colección, es la sección académica mejor representada. Del primero se exponen diez lienzos, incluido su autorretrato, todos muy característicos de su estilo dieciochesco. De los antiguos profesores de la Academia se exhiben lienzos originales de Luciano Sánchez Santarén, Pedro Collado, Antonio Maffei o Eugenio Ramos; de los que fueron en su día alumnos existen trabajos, entre otros, de distintos periodos de Eduardo García Benito, Francisco Prieto, Joaquín Roca o Anselmo Miguel Nieto.

Dentro de la colección de cuadros entregados por los autores el día de su recepción académica se hallan representados, con diferentes obras: Aurelio García Lesmes, Sinforiano del Toro, Mercedes del Val Trouillhet, Félix Cano, Adolfo Sarabia, Félix Antonio González o Santiago Estévez.

Entre pinturas y esculturas la colección se compone aproximadamente de 200 obras, a las que hay que añadir la menos conocida de dibujos y grabados, cuya génesis y contenido, por su mayor novedad, merecen una mención más detenida.

Las enseñanzas impartidas por la Academia se auxiliaron, desde sus inicios, de los denominados dibujos de principios (extremidades, ojos, bocas, etc.) facilitados por los profesores o académicos, presentándose al alumnado como modelos a imitar. Unas veces eran los miembros de la Academia quienes, voluntariamente, entregaban sus trabajos (el escultor Felipe de Espinabete, los pintores Diego Pérez Martínez, Joaquín Canedo, Leonardo Araujo, o el arquitecto Pedro García González); otras, la dirección de los estudios solicitaba colaboración para este fin o encargaba su adquisición, al tiempo que algunos ejercicios de alumnos, merecedores del beneplácito de sus profesores, comenzaron a guardarse en el archivo de la institución. Tampoco faltaron las aportaciones espontáneas, de jóvenes aficionados e incluso, en fecha temprana, señoras atraídas por el dibujo remitieron a la Academia pruebas de sus cualidades artísticas que fueron recompensadas con nombramientos honoríficos.

Muy importante fue el legado testamentario que en 1840 realizó D. Vicente Mª Vergara y Ballester, integrado por pinturas de su padre, así como estampas y apuntes para uso de la Academia vallisoletana, de los que afortunadamente se conserva un total de treinta y cuatro, doce de ellos en calidad de depósito en la antigua Escuela de Artes y Oficios. Aquel legado vino a ser continuación de la donación de otros cuarenta dibujos que, en 1828, hizo a la corporación de Valladolid la de San Carlos de Valencia.

Como medio para fomentar el estímulo, los mejores trabajos se remitían a la Academia de San Fernando para que ésta verificase los adelantos que lograban los alumnos vallisoletanos, convirtiéndose en acicate que aumentaba el esfuerzo de los que destacaban en las clases. Pero, sin duda, el mejor método para compensar a los más brillantes fue la concesión de premios y accésit que se otorgaban anualmente en las diferentes categorías y materias (dibujo lineal, dibujo de figura, dibujo modelado y vaciado de adorno, etc.). La organización de concursos, a partir de 1863, supondría la definitiva distinción de aquellos que obtuvieron alguno de los premios en metálico convocados. Las bases del programa especificaban que las obras premiadas quedarían en propiedad de la Academia.

Otra fórmula inteligente destinada a reunir los mejores resultados del trabajo de sus alumnos fue promover la dotación de becas, costeadas con los presupuestos de la Diputación Provincial o del Ayuntamiento. Los pensionados, controlados por la Academia, debían justificar la correcta inversión de sus bolsas de estudio remitiendo puntualmente los asuntos reglamentarios que exigía la convocatoria. Los pintores Gabriel Osmundo Gómez, Marcelina Poncela Ontoria y Mariano de la Fuente Cortijo cumplieron con sus obligaciones y sus dibujos -además de sus óleos- enriquecieron también la colección de modelos a imitar por los más jóvenes.

Pero junto a los dibujos de quienes estudiaban en la Academia, a los de aquellos otros cuyo esfuerzo se premiaba anualmente y a las pruebas del adelantamiento para el goce de pensiones, vinieron a sumarse los planos y dibujos que presentaban los individuos que aspiraban a conseguir en la Academia vallisoletana, previos los ejercicios reglamentarios, el título de Arquitecto, Maestro de Obras, Director de caminos vecinales o Agrimensor.

Posteriormente, al cambiar el reglamento de la reválida de Maestro de Obras, el aspirante debía entregar los dibujos de su «prueba de repente» así como el proyecto final, conservándose por ello una interesante colección de planos con los que respondían a los temas que, en suerte, les tocaba realizar. Lamentablemente, y si que se sepa la verdadera razón, sólo se archivó una mínima parte de estos ejercicios. Dentro de esta misma categoría de pruebas de examen habría que situar los procedentes de la oposición, celebrada en 1893, a la plaza de Profesor de dibujo que, finalmente, obtuvo Luciano Sánchez Santarén.

Por último, la Academia intentó crear una colección de dibujos contemporáneos, «de los principales maestros de España», con el fin de establecer una exposición de carácter permanente «en los locales de la misma», decidiendo en 1939 escribir a numerosos creadores para solicitarles «la donación de algún trabajo hecho por sus manos: si bien un apunte, composición de alguna obra, una cabecita, un ropaje, un detalle que nos acuse su personalidad». Sin embargo, de las 51 cartas que se enviaron a otros tantos artistas rogándoles su colaboración en este proyecto, tan sólo contestaron 7; verdaderamente, aquellos no eran tiempos ni para regalar ni tampoco para hacer exposiciones.

Cabría imaginar que, después de tantos años de existencia, la Academia poseyera un abultado fondo de dibujos. No obstante, la circunstancia de que muchos se hicieron o adquirieron para ser utilizados como modelos, es decir, usados en clase y, por consiguiente, sometidos a fácil deterioro, y los sucesivos traslados de domicilio que ha tenido la institución, han favorecido pérdidas y extravíos, especialmente durante la precipitada salida del antiguo Colegio de Santa Cruz. A ello se suma que muchos de estos dibujos se han extraído de los legajos del archivo, en donde se hallaba doblados y en condiciones poco apropiadas para su conservación por lo que la colección académica alcanza ahora un total de 250, de los que 30 corresponden al depósito establecido en la Escuela de Artes y Oficios, ya que la Academia nunca ha cedido su propiedad, incluidos los 16 que donó el pintor Miguel Jadraque. Su consulta, en un tanto por ciento elevado, puede efectuarse a través de la base de datos disponible en la página web de la institución.

Sin duda, la tarea académica quedaría muy limitada si no trascendiera a la sociedad, de ahí que la difusión sea objetivo imprescindible para hacer efectivo el papel cultural que desempeña la institución. Además de la convocatoria de conferencias públicas y cursos especializados, la edición de sus trabajos constituye el mejor método para llegar al mayor número de personas interesadas y manifestar públicamente el cumplimiento de sus fines.

La vocación editorial de la Real Academia viene de atrás, aunque sea escasamente conocida por los limitados medios con que siempre ha contado para su transmisión. Desde un principio quiso dejar constancia de su actividad mediante la edición de las Actas de sus juntas, siguiendo el modelo adoptado por la Real Academia de Bellé Artes de San Fernando, para dar más notoriedad a los alumnos premiados por su aplicación en las diferentes disciplinas en las que impartía docencia, incluyendo el discurso leído en aquella solemnidad pública, así como la lista de los individuos que componían la institución.

A esta primera publicación siguió la de los Estatutos con que se dotó a la corporación, editados en 1789 por Manuel Santos Matute, que se convierte durante algún tiempo en impresor oficial de la Academia, siendo también el responsable de la edición de otra nueva entrega de Actas, correspondientes al año 1803 y de la que existe tirada facsimilar. Su actividad editora se reanudó en 1872, periodo que podría considerarse como 2ª época, cuando se publican las memorias de sus trabajos, redactadas por el Secretario General, además de los discursos leídos en la ceremonia de distribución de premios ordinarios y extraordinarios a los alumnos más distinguidos, durante las solemnes Juntas Públicas que se celebraban, a principios del mes de octubre, en el gran salón de actos de su sede en el Colegio de Santa Cruz.

Se publicaron regularmente hasta el año 1891 y en ellas se incluía información sobre la Escuela, los alumnos, la biblioteca, el Museo y los académicos que componían la institución. Los discursos anuales eran la parte más extensa y tienen todos ellos una clara orientación filosófico-estética aunque no falten tampoco los de carácter histórico. La edición de las mencionadas Juntas corría a cargo de la Imprenta y librería Nacional y Extranjera de Hijos de Rodríguez, que se titulaban libreros de la Universidad y del Instituto.

De aquellos mismos años se puede también recordar la edición de que hoy se estima como curiosidad bibliográfica: los tres folletos dedicados a referir las semblanzas biográficas de Mariano Miguel Reinoso (1876), Pablo Alvarado (1876) y Vicente Caballero (1879), dadas a conocer con motivo de su fallecimiento por haber considerado que sus particulares personalidades merecían tan singular distinción.

Fue en la segunda década del siglo XX cuando se inaugura lo que podría denominarse 3ª época editorial, que tuvo como consecuencia la publicación regular de los Discursos de ingreso en la corporación de sus nuevos miembros. En 1913 Narciso Alonso Cortés dio ejemplo con la edición del suyo, aclarando en él que tal práctica había estado interrumpida durante algún tiempo. Le siguieron los redactados por Sebastián Garrote Sapela (1915), Casimiro González García-Valladol (1919) y Francisco de Cossio y Martínez-Fortún (1920); desde entonces y hasta nuestros días se han publicado un total de 60 discursos cuya edición, que debe presentar idéntico formato, ha corrido por cuenta de los mismos académicos, aunque su distribución la realiza la Academia.

Trabajos originales de Martín Abril, Cortejoso, Luelmo o Pino, expresan la inclinación poética que marcó la vida de la institución durante las décadas 50 y 60; otros de carácter histórico redactados por García Chico, Arribas, Rodríguez Valencia, o Prieto Cantero, constituyen aportaciones muy sobresalientes a los temas sobre los que versaron; no faltan tampoco los dedicados a la temática musical, como los de Álvarez Taladriz o Barrasa; ni los de índole filosófica, como el caso de Díez Blanco. A partir de la década de los 80, no escasean tampoco los de naturaleza biográfica ni los redactados por los propios artistas académicos, en los que vierten sus experiencias creadoras, y son muy numerosos los que abordan temas relacionados con las materias por las que sus autores sienten predilección – arquitectura, escultura, pintura o música -, bastando ojear el catálogo de los publicados para comprender el valor científico de sus contenidos.

Hay que aclarar que no todos se publicaron de manera unitaria, y a este respecto jugó un papel importante la decisión de contar con un órgano oficial de difusión con el que se pudiera demostrar la capacidad cultural de la Academia. Creado en 1930, el Boletín se edita ininterrumpidamente, salvo el intervalo de la guerra civil, hasta 1948; suspendido este último año, no se reanuda hasta 1970, volviéndose a interrumpir de nuevo en 1973 y entre los años 1975 y 1990, momento en que se inicia una nueva etapa.

Su publicación es anual y el número 45 es el último aparecido, correspondiente al año 2010. Con el paso del tiempo su calidad formal ha ido mejorando notablemente, si bien es cierto que desde un principio se pretendió que contara con ilustraciones gráficas y hasta se incluyó una edición facsímil del “Diario Pinciano”, publicación que con este mismo carácter entregó por primera vez a prensas la propia Academia en 1933. Tras sucesivos modelos, ha adoptado un diseño en el que se han recuperado las señas de identidad de la propia institución.

Con la edición de este Boletín se contribuye además a dar cumplimiento a uno de los mandatos que tiene encomendados: la de difusión y defensa del Patrimonio histórico artístico de Valladolid y su provincia, reflejándose también en él las comunicaciones públicas que sus miembros imparten anualmente como desarrollo de su cometido cultural fundacional o aquellos trabajos de investigación que por su temática tienen cabida en él.

El papel social de la Academia se cumple también con la organización de exposiciones o con la participación de sus obras en otras preparadas por distintos museos e instituciones culturales. Así, en la década de los 80 del siglo anterior sus colecciones formaron parte de las muestras que se dedicaron a: Pintores vallisoletanos del siglo XIX, El escultor Ángel Díaz (1859-7938), Gabriel Osmundo Gómez (1856-7975), La escultura en Valladolid (1850-1936), Pintores de Valladolid (1890-7940) o El pintor Luciano Sánchez Santarén (1864-7945), aprovechándose aquellas oportunidades para restaurar prácticamente la totalidad de su patrimonio; incluso se celebró otra, monográfica, consagrada a la propia Academia. La que ahora se presenta, bajo el lema de la misma institución, «A los progresos de las Artes», se anticipa unos meses a la celebración del 230 aniversario de que Carlos 111 la admitiera bajo su protección. En esta ocasión es el Ayuntamiento de Valladolid el que reconoce su trayectoria histórica.”

 

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