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La estrella Betelgeuse se está muriendo

Tres foramontanos en Valladolid 26 Feb 2020 - 07:20 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Betelgeuse captada por ALMA)

Supongo que a la inmensa mayoría de la gente le habla uno de Betelgeuse y no tiene ni idea de lo que se trata. Y sin embargo su historia es fascinante, porque ya para empezar este es el nombre de una estrella, uno de aquellos seres misteriosos que se esconden en la inmensidad de cualquier noche. Acababa yo de salir de mi casa montañesa para cerrar todas las contraventanas y acostarme, cuando quedé fascinado por el espectáculo que se ofrecía a mis sentidos: en la oscuridad de un silencio fascinante brillaban como nunca las constelaciones . Recordé entonces de golpe otras noches vividas también intensamente, cuando de joven me sentí incitado a poner nombre a las estrellas y pasé mucho tiempo contemplándolas, pues consideré que ahora era el momento de someter a prueba mi memoria. Y, la primera palabra que pude recordar fue Beltegeuse, de la constelación de Orión.

En efecto, lo primero que reconocí fue, casi sobre mi cabeza, esa constelación, conocida por su precioso cinturón de estrellas. No sé por qué, por un instante cruzó por mi mente la impresión de que alguna de las cerca de veinte “hermanas” no brillaba tan espléndida como antes. Así que mi improbable lector se puede imaginar mi gran sorpresa cuando casualmente al día siguiente un amplio reportaje periodístico abordaba – que ya es casualidad – la pérdida de luz de Betelgeuse, ese prodigio luminoso con nombre de mujer interesante que supera a todos los demás en esplendor nocturno.

De esta forma llegaría a sumergirme en el misterio de ese universo que el hombre tiene alrededor continuamente. Se trataba de una realidad impresionante que estaba sucediendo justamente delante de nosotros sin que nadie prestara la atención que merece; sin que nadie se sintiera conmovido por un hecho que rompe todos los esquemas de la tradición humana excepto por la presencia de la muerte. Y es que, en efecto, en la inmensidad sin fin de la distancia, Betelgeuse nos estaba mostrando su agonía, y eso que la estábamos viendo – oh maravilla – a años luz de nuestros propios ojos. Entonces me di cuenta de que mientras no alcanzábamos a ver muchos de los objetos situados a corta distancia de nosotros pero obstaculizados o hundidos en la tierra, desde el mismo lugar seríamos capaces de localizar directamente un astro que nos miraba desde 700 años luz.

Ahora sabemos que la mencionada estrella puede estar enfriándose allá lejos a medida que agota sus reservas. Porque las estrellas se alimentan de sí mismas para acabar con su suicidio no sin antes cambiar de color y de tamaño y convertirse de esta guisa en espectáculo, como la Betelgeuse, que ha pasado de ser gigante azul a convertirse en un supergigante rojo. Ahora aparece ante nosotros como un grueso punto anaranjado, pero esto es engañoso ya que, según anuncian los astrónomos, nuestra joven estrella está en camino de trocarse en supernova: una situación en que ella misma generará tanta energía que saturará todos los instrumentos conocidos y proyectará sobre nosotros el mismo resplandor que el de la luna llena, con lo cual podremos ver de noche la sombra de los árboles.

Nos dicen que se desconoce cuándo nos llegara la ocasión de constatar tamaña fantasía, pero que en todo caso Betelgeuse no tardará mucho en extinguirse, y eso que es una estrella extraordinariamente joven si la comparamos, por ejemplo, con el sol que nos alumbra y nos calienta. Pues nació hace tan sólo unos 8 millones de años mientras que nuestro astro rey lleva ya la friolera de 4500; eso sí, de una existencia considerablemente más tranquila. De ahí que podamos evocar en favor de nuestra amiga la imagen de una joven activa y alocada que dilapida su energía y se consume en un frenético entusiasmo.

¿Que cómo acabará al final del todo? Pues dicen que reducida a una gran nube y una esfera de menos de 20 kilómetros de diámetro; ella que llegó a tenerlo 1000 veces superior al de nuestro propio sol. Impresionante cambio.

Todo lo cual nos obliga a preguntarnos cómo es que el universo es tan variado que puede presentar al mismo tiempo unas historias tan distintas por mucho que al final todas acaben de la misma forma, esto es, con un agotamiento de sus fuerzas que se culmina inexorablemente con la muerte del protagonista.

A mi me parece fascinante constatar que cualquiera de nosotros está inserto en un universo en marcha hacia no se sabe dónde y que forma parte de una historia absurda en su apariencia. Desde luego, el contraste entre la inmensidad de las distancias espaciales y nuestro pequeño mundo personal resulta desconcertante a todas luces, como lo es el hecho de que aquí, en nuestro planeta, tengamos la impresión de vivir relativamente estables y tranquilos. Pues en nuestro desarrollado mundo poco nos llega de los ecos de un universo que supera todas nuestras posibilidades y al que simplemente tenemos convertido en escenario de tragedias generadas por nosotros mismos.

PS: La constelación de Orión es también conocida como “el Cazador” por evocar la figura de un hombre que está tensando su arco. En este esquema Betelgeuse parece situarse en uno de sus hombros.

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