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Al hilo del interés por la Amazonía

Tres foramontanos en Valladolid 29 Feb 2020 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

 

(La Amazonía)

El interés actual mostrado por la Iglesia sobre la Amazonía – que así, con acento en la “i” nos la pronuncian – me mueve a reflexionar sobre uno de los principales signos de los tiempos para así  poner en perspectiva lo que algunos pueden interpretar como un reproche a quienes nos precedieron en la historia.

Para ello me situaré en un instante muy concreto: una ocasión vivida por gran parte de los actuales habitantes de la Tierra. Me refiero a aquel momento en el que por vez primera el ser humano pudo ver nuestro planeta en perspectiva. Porque hasta ese momento inolvidable la naturaleza había sido para el hombre algo que estaba ahí: lo que le permitía cubrir sus necesidades esenciales y así sobrevivir, pero que al mismo tiempo suponía una amenaza constante y permanente. Como único posible origen de recursos, era la naturaleza una amiga generosa para el hombre, pero a costa de asumir muchos peligros. Nos ofrecía el calor, y el aire y el agua y los únicos posibles alimentos – en realidad todas los bienes disponibles – pero también los hielos, el rayo y la tormenta. Y muchos animales peligrosos. Era nuestra sola proveedora de recursos pero también un riesgo que nos superaba.

Así durante todos los siglos de la existencia humana la naturaleza fue nuestra compañera pero también nuestra enemiga. Casi cualquier cosa de cuanto podíamos ver y palpar en nuestro entorno podía, de una u otra manera, acabar con nuestra propia vida, y así sería una especie de reto permanente a todo lo largo de la historia. Tan era así que, para sobrevivir, el ser humano tendría que luchar por superarla; de aquí que ganar terreno al mar fuera considerado una victoria, y ahí tenemos hasta algún ejemplo de países robados al océano. Y el hombre se sentía satisfecho de haber sido capaz de arrancar cuanto necesitaba en cada circunstancia del territorio hostil de una naturaleza que sólo ofrecía a nuestra vista la esencialidad agreste de la tierra, los océanos y el aire.

De ahí que la visión de aquel bello planeta azul flotando solitario en el espacio cambiara radicalmente la visión del mundo. En primer lugar, el solo hecho de haber conseguido contemplar aquella imagen suponía que la ciencia ya nos permitía vernos desde fuera. También nos hizo ganar en perspectiva y ser conscientes de nuestra responsabilidad hacia el futuro, pues lo que  que antes vimos como un entorno hostil sería ya nuestro tesoro, no un enemigo que nos superara sino la casa de los hombres: una riqueza inmensa que corría el riesgo de desaparecer y habría que tratar con gran cuidado.

Los resultados ustedes los conocen: uno de ellos ha sido el surgimiento de un enfoque que ahora llamamos “ecológico” a la hora de utilizar nuestros recursos. Por otra parte, lo que durante siglos fue folklore – un espectáculo curioso de comportamientos ajenos a los nuestros e impropios de un país civilizado – pasaría a ser tratado como materia susceptible de determinados derechos respetables. Hasta la caridad que fue ejercida con la intención de transmitir habilidades y costumbres juzgadas como preferibles – y que ponía en evidencia la incorrección de costumbres autóctonas no aceptables para mentalidades avanzadas – pasaría a ser considerada como injusta.

De esta forma vemos hoy como empiezan a aflorar reproches que alcanzan no sólo a los inevitables abusos más o menos malintencionados que perduran en el trato con comunidades “atrasadas”, sino también a mucho de lo que bienintencionadamente y casi siempre con considerable esfuerzo y sacrificio, hicieron muchos antecesores nuestros en la historia. Quiero decir con esto que bienvenidas sean las consideraciones que hoy se invocan en favor de unas gentes descolgadas de los beneficios del “progreso” y del respeto debido a quienes hoy son víctimas de un trato desconsiderado – es decir de actuaciones absolutamente improcedentes – pero ojo con confundirlas con otras que responden a una distinta realidad histórica. Pues las generaciones nuevas, cegadas en su juicio por unos avances a cuya creación ellas mismas son ajenas, tienden a juzgar los lances de la historia siguiendo las premisas de un presente cuyos principios esenciales son tergiversados por simple ignorancia del pasado.

Admiremos, por tanto, los esfuerzos actuales por mejorar las condiciones de vida de los sufridos habitantes de las regiones olvidadas del planeta, pero también los anteriormente realizados por antecesores nuestros que dedicaron sus vida a transmitir sus propios conocimientos y costumbres incluido el tesoro de una fe cristiana que consideraron prioritaria en sus esfuerzos. Distingamos, por tanto, entre aquel planteamiento que fue impulsado desde la corona y el desprecio que determinados gobernantes de hoy pudieran haber hecho al abusar de la incapacidad de los nativos a la hora de defender su acervo cultural y sus costumbres.

Purificación y justicia son por tanto palabras necesarias. Pero mucho ojo con la llamada “corrección política”, porque hemos visto cómo aún hoy se desprecia con frecuencia la actuación de los muchos religiosos y conquistadores españoles – por no citar también a sus monarcas – que se esforzaron lo indecible por que se tratara com respeto a los nativos. Y sin embargo ahí tenemos hoy, a guisa de ejemplo significativo, a norteamericanos del siglo XXI condenando la labor de un Fray Junípero que dedicó toda su vida a transmitir nuestra cultura y nuestra fe a los indios del estado actual de California. Dedicación que por añadidura llegaría a merecerle un lugar en el propio Capitolio y ser proclamado santo por el actual papa Francisco.

Corta visión la de quienes hoy se muestran incapaces de asimilar y comprender con buen criterio las inapelables lecciones de la Historia.

 

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