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Testimonio de fe

Tres foramontanos en Valladolid 11 Mar 2020 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Un detente)

Unos días de fiesta que por lo que se ve programan ahora en los colegios entre Navidad y Semana Santa – supongo que similares a los que en otros países se aprovechan para disfrutar de los placeres de la nieve – nos traen los nietos a casa mientras su madre hace un retiro de silencio. Y en el programa que ella nos prepara se incluye, como colofón, una sesión de cine.

No vayan ustedes a creer que se trata de una de dibujos animados o de argumentos infantiles. No se trata, en efecto, de una película orientada exclusivamente a los adolescentes y los niños. Sabíamos de ella por el resumen que en la Trece suele hacer cada viernes una pareja de conocidos críticos de cine, y he de decir que la calificaron de recomendable. Así que estábamos nosotros preguntándonos dónde se pensaba proyectarla cuando nos la incluyeron entre las actividades del domingo.

Se trataba de un film de contenido religioso con un ligero argumento basado, como es ahora frecuente, en hechos reales, como pretexto para exponer un gran documental relacionado con la devoción a nivel mundial por el Sagrado Corazón, empezando por las visiones de Santa Margarita María. No me detendré en ellas. Tan sólo me atreveré a señalar algunos de los hechos asombrosos que nos hablan de un Jesucristo que nos “siente” como creador que es y padre nuestro; que sufre con nuestro abandono y nuestra falta de amor hacia Él y sus criaturas. Con tal objeto se nos ofrecen situaciones y datos y se nos hacen ver imágenes relativas a determinados hechos que superaron en su día la capacidad de indagación de los expertos y los investigadores.

Particular interés ofrecen ciertamente los relatos de algunas grandes decisiones relacionadas con el reconocimiento público de la Fe por los poderes públicos y permitieron o impulsaron la construcción de impresionantes estatuas en lugares destacados y significativos, como en el caso del Brasil – Cristo del Corcovado -, o de otros muchos lugares del planeta. O la consagración de naciones de la estirpe hispana a tan alta protección divina, como es el caso de la propia España, cuyo monarca, a la sazón  Alfonso XIII, tomó la valiente decisión hace muy poco más de un siglo. No sorprende, por tanto, que se cite y presente también el Santuario vallisoletano de la Gran Promesa (“Reinaré en España con más veneración que en otras partes”) y nos muestre la imagen originaria del Sagrado Corazón de Jesucristo erigida en el Cerro de los Ángeles, es decir, en el centro geográfico de la península española, y su posterior fusilamiento y destrucción el año treinta y seis del siglo XX por las sangrientas hordas comunistas en una orgía de odio como la que se repetiría muchas veces con el incendio de los templos y el encarcelamiento y muerte de tantos religiosos y cristianos españoles. Hechos a los que por desgracia parecen apuntar de nuevo los deseos de algunos gobernantes nuestros.

No entraré en muchos más detalles. Mas me resisto a no citar una de las intercesiones del Sagrado Corazón más relevantes y para mí cercanas. Pues la película presenta muy oportunamente un hecho que revela el espíritu que, como cualquiera puede afortunadamente constatar, subsiste contra viento y marea en los Ejércitos.

El escenario es nada manos que el desértico paraje de un país en el que, para la mayoría de nuestros conciudadanos, acostumbrados al confort, sobrevivir es poco menos que imposible. En cuanto al momento histórico, nos muestra una escena espeluznante de combate en la que uno de nuestros vehículos blindados recibe un poderoso impacto cuyo estruendo parece presagiar la muerte segura de sus tripulantes.

“Ahí no debió quedar ni uno”, pensamos para nuestros adentros. Y, naturalmente, imaginamos a las familias de nuestros soldados recibiendo la noticia a miles de kilómetros.

Pero quien relata este suceso es precisamente uno de ellos: un capitán del Regimiento del Príncipe, con sede en la ciudad de Oviedo, que nos habría mostrado previamente la pequeña imagen del Sagrado Corazón que él mismo llevó consigo el día del ataque, cuando, efectivamente, recorría aquella tierra agreste en el vehículo que quedaría destrozado. Se trata de un objeto cuya existencia yo mismo conocí ya en los primeros años de mi vida, cuando eran también tiempos de guerra. Lo que a la sazón llamábamos “detente” como ahora: una preciosa imagen del Sagrado Corazón y una plegaria que dice simplemente; “Detente; el Corazón de Jesús está conmigo”.

Imágenes como ésta – otros “detentes” exactamente iguales – habían sido repartidas a todos los tripulantes del blindado justamente la víspera.

 

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