Por Javier Pardo de Santayana
(Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 23 de marzo)
No sé si nos damos cuenta de las lecciones que, así, ya de entrada, nos está dando la irrupción casi instantánea del famoso coronavirus procedente de China. Porque se amontonan la noticias – casi salimos a una larguísima presentación diaria en la televisión a cargo del presidente del Gobierno – pero tanto su reiteración como la abundancia de datos y de comentarios no nos dejan apreciar la perspectiva de un suceso que como éste representa nada menos que una nueva situación histórica.
De entrada el acontecimiento nos está haciendo vivir la globalización en nuestras propias carnes. No es necesario recordar que el primer paso lo dieron ya unos navegantes españoles – precisamente estamos aún viviendo los cinco siglos del suceso – y que se fue haciendo más patente al paso acelerado de los avances tecnológicos. Pero aún después de haber alcanzado ya la luna la división del mundo en aquellos dos bloques enfrentados retrasaría su evidencia.
Y el hecho es que sabíamos que era posible conectar con gran facilidad con las antípodas, y ésta sería sólo una pequeña muestra de la proximidad lograda con cualquier parte del mundo, mas nunca tuvimos ocasión de vivir esa realidad incontestable como lo hacemos hora mismo al sentir el latigazo que de un extremo a otro de la Tierra nos acerca hasta la puerta misma de la casa la insoportable amenaza de la muerte. Y lo hace al mismo tiempo que refleja la vulnerabilidad que la globalización aporta a nuestra circunstancia. En tal sentido la irrupción de una pandemia sin solución por el momento bien podrá considerarse un hito verdaderamente histórico.
También parece digno de tenerse en cuenta el contrate entre la pequeñez aparente del peligro con los aparatosos efectos que produce. Basta con observar cómo es noticia en todos los periódicos del mundo un acontecimiento que trastoca la totalidad de los ambientes, organizaciones y sistemas económicos, sociales y políticos, y cuya causa es la aparición de un personaje diminuto y sin inteligencia, cosa desusada y hasta aparentemente absurda y sin sentido. Ahí quedan en ridículo todos los grandes señores de la Tierra ante el empuje de un nuevo actor que carece de voluntad consciente y que no es localizable a simple vista. Como quedan desacreditadas las ostentosas teorías sociales, los intrincados equilibrios económicos y los pretenciosos mecanismos políticos, que acaban ofreciendo una apariencia lamentable: la de gente importante y poderosa acostumbrada a presumir en los salones y en los medios, y que ahora se nos muestra convertida en una caricatura de sí misma por la neutralización de sus quehaceres en favor de la eficacia necesaria.
También veremos más contradicciones, como el surgimiento de un ostentoso vector de solidaridad al tiempo que se favorece a rajatabla el aislamiento de los sufridos ciudadanos, las ciudades e incluso las naciones. Reacción suscitada por la necesidad de asegurar una fe ciega en las posibilidades de la ciencia y consecuentemente en una solución definitiva en un plazo poco menos que inmediato.
Otras imposiciones del fenómeno que nos ocupa y preocupa desde hace menos de tres meses puede ser el descrédito definitivo de nuestra costumbre de alentar enfrentamientos, y así impulsar la puesta a punto de una sociedad centrada sobre todo en soportar los retos sobrevenidos, superar las contradicciones en el reparto de papeles, y si es posible alcanzar la autosuficiencia.
De todo este maremagno que, como suele decirse en la milicia, nos ha cogido “con el paso cambiado” y nos hace variar de decisión continuamente – o sea, dar palos de ciego cada día – sólo una cosa parece ser segura: lo que será el símbolo futuro de estos días de temor e incertidumbre por no decir de inaceptable desarreglo: la imagen de las calles, plazas y avenidas de las grandes capitales del mundo tristemente desiertas, como despobladas por una plaga bíblica.
Es decir, el paisaje propio de las pesadillas que nos martirizan tras una difícil digestión nocturna y que a media noche nos despiertan con una inaguantable sensación de absurdo.
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