Por Javier Pardo de Santayana
(Hospital con afectados por coronavirus)
Supongo que a estas alturas la mayoría de los españoles – sobre todo los que, como un servidor de ustedes, ya entraron cumplidamente en los ochenta – tendrán una relación más o menos numerosa de gente conocida, incluso de propios familiares suyos, cuya vida se ha visto truncada por el coronavirus. Por mi parte, cuando empezaba a creer que había pasado lo peor sin tener que lamentar pérdida alguna, de pronto pasé a casi acumularlas.
La primera baja que conocí sería nada menos que la del el director de la Revista de los Veteranos con la que colaboro asiduamente; es decir, precisamente la persona que decidió contar con mis artículos a la hora de sentar con ellos un determinado estilo.
Ni que decir tiene que hubo en su día una profunda conexión entre nosotros y una relación mantenida durante un largo periodo de mi vida. Además se daría la circunstancia de que la noticia de su fallecimiento se dio no muchos días después de que, cuando buscaba disipar las dudas existentes con relación a la celebración de una reunión prevista, él respondió el teléfono. “Espera que lo pregunte al presidente” sería la respuesta, Y después de un breve instante: “Me dice que ya no, que se suprime”.
Ahora el futuro de la revista queda, como otras tantas cosas, pendiente del futuro. También aquí tendremos que empezar de nuevo. Lo que sí quedará será el recuerdo de un buen soldado de los “echados para alante” que, además de ser un avezado montañero y oficial de Estado Mayor, llegaría a formar parte del reducido grupo de españoles que trabajó en la Antártida. Además, siendo director de la revista no sólo mejoraría la publicación en muchos de sus aspectos esenciales, sino que con su buena pluma nos mantuvo al día de la situación geopolítica.
La segunda mala noticia me llegó casi al mismo tiempo que ésta. Se trataba de otro compañero mío que durante muchos años presidió el Apostolado Castrense de glorioso recuerdo: un militar con mucha fe y espíritu cristiano con el que trabajé durante largo tiempo organizando seminarios que recogieron los signos de los tiempos y los importantes cambios producidos: entrada de la mujer en los Ejércitos y supresión del servicio militar por citar sólo un par de ellos. “No se preocupe usted – dijo la víspera de morir a la doctora que con una comprensible pesadumbre le comunicaría la noticia de que la medicina ya no tenía más recursos. “Ya tengo mis maletas hechas”. Todo un ejemplo de hombre de fe y de convicciones que sabría morir con gallardía.
Algo más tarde conocería el fallecimiento de un tercero: un compañero mío siendo ambos alumnos en la Escuela de Estado Mayor de nuestro Ejército. De él recordaba una curiosa anécdota: cuando en uno de los cursos tuvimos que expresarnos durante diez minutos sobre un tema elegido por nosotros mismos, nos sorprendió pontificando sobre lo que significaba sencillamente “una escalera”. Y he de decir que hizo tal exhibición de ingenio y de cultura, de humor e inteligencia, que nos asombró tanto a los alumnos como a los propios profesores. Pues bien, ahora pude saber que además de ser padre de ocho hijos – uno de ellos sacerdote con un importante cargo en el Vaticano – y de escribir un buen número de libros en su mayoría de investigación histórica, trató de varios temas espirituales y hasta daría a conocer la vida de dos santas alemanas.
Pero aún hubo una cuarta muerte que me afectaría también personalmente: la de un entonces joven capitán de artillería; un visionario que se atrevió a soñar y decidió implicarse en un futuro que entonces parecía muy lejano. Él me propuso a mí, joven teniente recién llegado a la Escuela de Aplicación del Arma, que, en vez de esperar a que con el tiempo nos llegara un sistema de armas entonces reservado a países en vanguardia de la técnica, fuéramos dando pasos adelante. Su empeño entonces era doble: por una parte se trataba de aceptar el término “misil”, todavía inexistente en nuestro diccionario, y disponer en nuestras academias de un libro de texto con el que éstas pudieran divulgar el conocimiento del sistema.
Así que desde su posición aún subalterna tomó contacto con el Secretario de la Real Academia de la Lengua y superó un primer rechazo a lo que en aquella casa repugnaba por considerarse un neologismo inconveniente. Y tuvo que convencerla de que el término “cohete” se refería a un tipo de motor y no al conjunto del invento, amén de que el propuesto nuevo sustantivo no debería repugnar a nuestra lengua por tener una raíz latina con antecedentes ya admitidos como “emisario” , “misión” o “misionero”. En cuanto al texto destinado a las escuelas de formación y estudio, me implicó en la elaboración de uno de los capítulos cuyo título – “Guía Inercial” – recuerdo todavía.
El resultado fue que cuando sólo pocos años después, tuvimos la ocasión de recibir nuestros primeros misiles antiaéreos, pudimos esgrimir razones bien fundamentadas de nuestra capacidad para desencadenar el poderoso esfuerzo de modernización que llevó a Estados Unidos a un Grupo entero que allí se formó en múltiples puestos y especialidades.
He aquí cuatro ejemplos de gente formidable que ahora solemos citar como estadística y que a veces nos hace comentar: “Qué bien, hoy ya sólo han muerto no sé cuántos…”
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