Por Javier Pardo de Santayana
(Acuarela de Rafael Espitia. Casa típica colombiana)
A veces basta solo una frase – incluso una palabra – para iluminar una mañana. Por ejemplo, está uno medio oyendo un programa matutino a esa hora en que se compagina el afeitarse con medio seguir lo que transmiten por la radio, cuando uno descubre sin quererlo un pensamiento interesante. Por ejemplo, esta mañana he percibido que estaban hablando de una niña que dijo algo gracioso, quizá muy tierno o muy imaginativo, cuando al final la reportera concluía que “los colombianos gastan muchas palabras en ser educados”, adjudicando sin duda el comentario a lo que la niña había dicho mas no llegué a percibir con mis oídos.
He tenido ocasión de tratar a algunos colombianos tan cultos como amables, y con uno llegué a mantener una correspondencia sumamente interesante, pues disponía de un gran conocimiento y mejor juicio, y además ocupaba un puesto de importancia. Por otra parte, siempre disfruté oyendo la versión de nuestro común idioma, que ellos quizá respeten con mayor cuidado y celo que nosotros.
Por eso quiero hoy traer a colación que el comentario radiofónico vino a añadir otro matiz a estas consideraciones: la conclusión de que los colombianos no sólo hablan un castellano muy correcto y bien utilizado en sus matices – amén de modulado por un bello y expresivo acento – sino que lo utilizan esmaltándolo con rasgos de respeto al prójimo. Y esto le hace a uno caer en la cuenta, por contraste, de hasta qué punto los mismos españoles estamos maltratando nuestro idioma.
“Gastan muchas palabras” nos dicen, y uno piensa que en el uso del verbo “gastar” quizá se encuentre la raíz del desprecio que hoy tenemos para con nuestra más rico tesoro como pueblo. Y es que, en efecto, desde hace mucho tiempo se diría que nos obsesiona, quizá sin darnos cuenta de ello, ahorrar palabras como ya hicimos cuando se trataba de redactar un telegrama. Claro que, para empezar, la lengua nuestra no estaba todavía obsesionada por esa conclusión foránea según la cual “el tiempo es oro”. Claro que los ingleses y norteamericanos emplean un idioma casi monosilábico que acostumbra a la brevedad de las palabras. Haga usted la prueba, improbable lector mío, y compare el número de sílabas de la mayor parte de ellas con sus correspondientes en inglés, y podrá comprobar la diferencia. Pero en las latitudes de este Mare Nostrum no nos obsesionamos nunca por el interés de expresarnos con premura. Y, sin embargo, ahora, como fruto de la obsesión por no “gastar” palabras, nos cargamos la mitad de las preposiciones – mantas lana, cama matrimonio –
Y ya decimos “parking” por “aparcamiento. Y nos lanzamos a destruir con ese sentido comercial y rastrero del pintamonas y el rapero aquella bella lengua de Cervantes que es nuestro principal tesoro y de la que los españoles debiéramos hacer nuestra bandera. E insensibilizamos también el pensamiento, y con él la educación en su sentido más profundo, y hasta llegamos a hacer la propaganda de otros exhibiéndola torpemente en nuestras camisetas.
Así que no debe resultar extraño que, para decirnos que los colombianos emplean muchas palabras para relacionarse con el prójimo no de cualquier manera directa y chabacana sino manejando las palabras de tal manera que se conviertan en muestra de consideración y de respeto, una española lo haga utilizando la expresión de “gastar muchas palabras”. Consideración y respeto incluso de los niños colombianos que no se tienen en nuestros lares ni siquiera con lo más sagrado. Y así vemos como, con tan evidente falta de respeto que casi da vergüenza el recordarlo, llegamos a convertir un término sagrado en una imprecación que hiere los oídos, un triste juramento, un zafio taco.
Tampoco puede, por consiguiente, parecer extraña la sorpresa de una periodista acostumbrada a descubrir elementos noticiables en la vida diaria, y que ahora, indirectamente, pone de relieve no sólo nuestra actual carencia educativa, sino también cómo se deteriora alegremente nuestra cultura y nuestra convivencia.
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