Por Javier Pardo de Santayana
(Por fin podemos pasear. Acuarela de Enrique de Gracia en Hispacuarela de Facebook)
Mucho he cavilado con la intención de descubrir los signos de los tiempos. Incluso no me extrañaría haber abordado ya el tema en este blog de los foramontanos. Pero en todo caso sé que en mis divagaciones al respecto llegué a la conclusión de que el signo más característico de este momento histórico es decididamente la complejidad.
Los imparables avances tecnológicos que nos llevaron a la Luna, y la nueva realidad de un ámbito mundial globalizado en el que la información circula a la velocidad del rayo de un extremo al otro del planeta – además de la “democratización” del acceso a estos avances – han aumentado hasta tal punto la posibilidad de mutuas influencias, y reducido de tal modo los tiempos, que el ser humano encuentra cada vez más complicado deslindar lo principal de lo superfluo. Así que, como solución, ha decidido admitir todo de entrada por si acaso, con lo cual se le presenta una cuestión de discernimiento como solución ante las dudas. Como la información se le amontona y el ordenador todo lo admite, como pequeñas variaciones pueden acabar causando efectos importantes, el hombre del siglo veintiuno se debate intentando poner en claro sus ideas, lo cual quiere decir que lo que en tiempos de nuestros padres y de nuestros años más jóvenes iba sucediendo a un ritmo manejable acaba por superar las posibilidades de control de que hoy dispone el ciudadano.
Así nos encontrábamos nosotros, luchando contra el tiempo y los excesos, cuando el sobrecargado tinglado resultante – un complicada amalgama de organizaciones económicas, sociales, y políticas, así como de relaciones y comportamientos – es desmontado de golpe y porrazo, casi en cuestión de horas, por la aparición de un ser inobservable que impulsó la tiranía de un panorama esencial carente de matices en el que las personas se convirtieron en datos estadísticos y ahora tan sólo coinciden en un común miedo compartido.
En el momento en que esto escribo una euforia nacida del contraste entre la situación actual y aquella de partida abre ya un panorama de prudentes esperanzas de retorno a lo que hasta el surgimiento de este trance indeseable consideramos como una “Sociedad del Bienestar”. Y nos llegamos a sentir ya liberados de enclaustramientos, separaciones y amenazas insidiosas como el virus, al que de ahora en adelante nos enfrentaremos con la esperanza de que la ciencia encuentre finalmente las soluciones deseables.
Mientras tanto pensamos aguantar como podamos tanteando la situación para encontrar la actitud adecuada ante el peligro remanente: el grado de libertad que nos permita acercarnos a la libertad de que gozamos no hace tanto en una especie de equilibrio insuficiente no exento de temor e incertidumbre. Un estado que algunos ya bautizan como “nueva normalidad”: una normalidad tocada por el largo paso de una situación indescriptible en la que el mundo se detuvo durante unos meses. Una situación que se supone considerablemente menos grata que aquélla a la que habíamos llegado antes de que apareciera el virus. Pues, además de una amenaza remanente que se supone superable sin aportar razones suficientes, encontraremos un panorama de nuevas carencias y de vacíos delatores de ilusiones perdidas; en suma, de vestigios de un trance inusitado que barrió el planeta.
Por eso su descriptivo nombre de “nueva normalidad“, utilizado como un recurso de esperanza o como una expresión de apariencia positiva, es en realidad equivoco y en cierto grado también amenazante. Pues lo de “normalidad” deberá entenderse como estabilidad en una situación peor, y lo de “nuevo”, que normalmente se toma con un sentido de progreso, no significará en este caso sino, sencillamente, “diferente”.
Home