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Artistas de Valladolid y el Museo de su Universidad

Tres foramontanos en Valladolid 09 Jun 2020 - 07:20 CET
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Por José María Arévalo

(Geometría. Óleo de JUAN MANUEL BÁEZ MEZQUITA.80 x 80 cm )

En esta etapa de confinamiento el Museo de la Universidad de Valladolid nos está ofreciendo por la red varias de las exposiciones que ha realizado en los últimos años, algunas de las cuales ya hemos reseñado en estas páginas cuando se produjeron o en estas últimas semanas, y ahora la titulada “ARTISTAS con el MUVa”, que nos dicen es   “la exposición temporal más espléndida de todas las inauguradas hasta la fecha en nuestras salas”.

“Fue en noviembre de 2018 cuando se inauguró la exposición de pinturas, esculturas y dibujos donadas, o depositadas, a la Colección permanente del Museo de la Universidad. Fueron artistas amigos del MUVa, “ARTISTAS con el MUVa”, quienes ofrecieron desinteresadamente al Museo más de una treintena de obras, entre esculturas, pinturas y dibujos. Domingo Criado, Andrés Coello, José Ramón Muñiz, Jorge Vidal, Pilar Marco Tello, Leopoldo del Brío, Lorenzo Colomo, Luis Cruz, Juan Carlos Arnuncio, Primitivo González, Manuel Sierra, Pablo Ransa, Concha Gay, Pedro Alonso Vigil, Javier García Prieto, Belén González, Ángel J. Acedo, Juan Manuel Báez Mezquita, Eduardo Martínez−Fortún, Panies−Daniel Villalobos, Luis Nieto, Darío Álvarez, Teresa Cortés, Juan Carlos Tejo, Gerardo Vacas, Chema Herreros, Casilda García Archilla, Santiago Bellido y Ana Villamuza.

Exposición que supuso un importante incremento en la colección de fondos de obras de arte contemporáneo del MUVa, gracias a la generosidad y apoyo incondicional de todos estos artistas a la Universidad de Valladolid y a su Museo.

Durante los meses que estuvo abierta se impartieron conferencias, de inauguración: “ARTISTAS. Una foto movida de la actividad artística en el Valladolid desde los años 70”, y de clausura por parte Blanca García-Vega, “Valladolid en el contexto artístico desde la Transición”, y en sus salas se escuchó el concierto de la Violonchelista Virgina Del Cura Miranda.

Tras una introducción del Rector, en octubre de 2018, de la Universidad de Valladolid, don Antonio Largo Cabrerizo, se recoge la conferencia inaugural de la exposición, titulada “Artistas. Una foto movida de la actividad artística en el Valladolid desde los años 70”, de Daniel Villalobos Alonso, Director del Museo de la Universidad de Valladolid, que nos ha parecido del mayor interés, pues hace un recorrido muy amplio por la actividad artística vallisoletana desde los años setenta del siglo pasado, si bien un tanto incompleto, quiá por subjetivo; por ejemplo ni menciona a Castilviejo, el pintor de esta época más apreciado por los vallisoletanos, del que he visto por lo menos un cuadro en uno de los edificios de la Universidad, creo recordar que el Paraninfo. Recogemos ahora el contenido fundamental de la conferencia.

 

(Amazona y caballo. Técnica mixta de Manolo Sierra)

“Esta presentación de la exposición `Artistas con el MUVa: pinturas, esculturas y dibujos´ no quiere, ni podría ser por mi parte un estudio sobre la actividad artística desde esos años setenta, tampoco opinar o explicar sus pinturas o esculturas, si bien, como mucho parecerse a una foto, aunque movida, con algunos de los pintores y escultores dispersos entre esa niebla. Hoy se han reunido en el Museo de la Universidad de Valladolid obras de muchos de ellos, piezas todas henchidas de fuerza creativa. Ahora es una exposición temporal de donaciones de los artistas al Museo, pero su generosidad, junto con las obras que ya estaban en la exposición permanente, convertirá a esta colección en una memoria de su trabajo. Con todos, faltarían aún muchos nombres para llenar la falta de reconocimiento de esta ciudad a sus talentos plásticos; el no conocerlos personalmente, o no haber podido contactar con ellos, no nos exime de esta responsabilidad. Y así lo entendemos, como una obligación de la Universidad de Valladolid y su Museo siendo cuna de cultura y de arte, el mantener viva la intención de seguir cumpliendo con esta colección abierta.

Tampoco pretendo presentar las obras, sí evocar a sus autores sin continuidad temporal y de manera entrecruzada, como los personajes de las novelas de García Márquez.

Los iniciales quienes ya murieron, Jorge Vidal y Pedro Alonso Vigil . El primero venido de Chile y este otro de Asturias compartieron alguna discusión sobre pintura, muchas noches cargadas de desorden y algún amanecer en el estudio que Pedro tenía en la calle Álava, yo en el piso ocupaba una habitación como estudio; allí también vivía Carlos Valcárcel quien a la postre terminaría haciendo obras hiperrealistas y con él, Jorge sosegaba la noche jugando al ajedrez. Jorge Vidal había llegado a Valladolid con veinticuatro años, en 1967, y sin recordar quien me lo contó o si fue él mismo, ni poder comprobar si era del todo o algo cierto, bajó en la Estación del Norte para hacer una parada en la ciudad camino de Madrid. Y en Valladolid se quedó más de lo previsto gracias a los contactos tomados de Iragüen1, eran Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona, y donde tenía que hacerlos, la librería de viejo Relieve, lugar de tertulias literarias y más, entonces en Cánovas del Castillo antes de su exilio a los jardines del Poniente.

(Cuando el cielo se rompió, Homenaje a Hiroshima. Collage de PABLO RANSA. 59 x 49)

Con estancias en Portugal, al sur, y Suiza en Ginebra, Jorge Vidal terminaría afincado en Valladolid en compañía de otra artista, Jo Stempfel. De Jorge sus obras más públicas, celebradas y dos de ellas desaparecidas, serían tres murales para bares a los que de vez en vez visitaba en su otra vida nocturna. Uno en El Compás, un segundo para El pájaro azul, bar que encargó Eduardo Vicente al arquitecto Gabriel Gallegos, y un tercero aún conservado para la cafetería Dakota. Éste lo pintó en 1990 sobre el muro de la escalera que va desde el sótano hasta el altillo, mientras Javier García Prieto hacía lo propio en la pared del fondo de la cafetería. De Jorge Vidal, además de las pinturas colgadas en el restaurante Colombo, hoy también podemos contemplar de manera pública en esta muestra su Jardín de invierno de 2002.

Si me estoy deteniendo en este comienzo con el recuerdo inseparable de la condición de artista y bohemio de Jorge Vidal lo creo justificado, y es a mi juicio por el importante papel que tuvo como catalizador de la vitalidad artística de esos años en la ciudad. Comenzar hablando de Jorge es poder referirnos a la Galería Carmen Durango abierta por Antonio Machón en 1973, exclusiva de su obra, al grupo “Jacobo” aglutinado en torno a la Galería “Jacobo” de Fernando Santiago donde se incorporó junto a Félix Cuadrado Lomas y Gabino Gaona, Domingo Criado y Francisco Sabadell; a Simancas apodada Saint Paul de Vence, o la Pals castellana como algunos solían llamarla, y sus tertulias en la Casa Vieja con María Calleja y Gabino Gaona como promotores de su intensidad cultural.

En el discurrir de recuerdos hay un hecho relacionado con este desarrollo artístico, y concierne a la propia Universidad de Valladolid. En 1968 se funda la Escuela de Arquitectura, la cuarta en España y aunque dependiente inicialmente de la Madrid, estaba dentro del distrito universitario de Valladolid. A partir de entonces las enseñanzas de dibujo y representación se imparten como materia relevante en el primer curso de ingreso a la carrera. El arquitecto Ángel Ríos era entonces el encargado de esta enseñanza, dentro del plan de estudios la más exigente del curso de ingreso, más que las matemáticas, física, dibujo técnico o descriptiva.

Los alumnos de arquitectura entonces debían aprender a dibujar, encajar y sombrear estatuas, hacer aguadas y acuarelas, trabajar la témpera, dibujar al natural…etc., técnicas plásticas en paralelo a las iniciales en Bellas Artes y las Escuelas de Artes y Oficios. El ambiente artístico de la ciudad era permeable a esta enseñanza particular y puntualmente artística con exposiciones y conferencias sobre arte seguidas por los estudiantes de arquitectura. Enseñanza apegada y deudora de lo académico de Bellas Artes pero vislumbrando un horizonte más innovador procedente de lo experimentado en la Bauhaus en sus etapas de Weimar y Dessau. Así, se oían los nombres de sus profesores como el de Josef Albers, Johannes Itten o László Moholy-Nagy, aunque quienes más calaron fueron Kandinsky con sus libros De lo espiritual en el arte y Punto y línea sobre el plano, también Paul Klee y sus Bases para la estructuración del arte6. Leíamos sus libros, repetíamos sus obras.

Si Jorge Vidal encontró en Valladolid un lugar de vida y de trabajo en su vocación bohemia, Pedro Alonso Vigil llegó a estudiar arquitectura como otros cientos de estudiantes asturianos, gallegos, vascos o leoneses, pero comprendió que quería ser pintor y no arquitecto, aquí se afincó aunque durante el curso residía en Madrid para hacer su carrera de Bellas Artes en San Fernando. En su etapa de Madrid, Pedro Alonso compartió residencia en casa de la modelo María José con otros dos futuros artistas de Valladolid, Gerardo Vacas Cabornero y Pablo Saravia.

De aquellos estudiantes de arquitectura con vocación artística recuerdo con cariño a Alberto Sousa, también a Fernando Morán, Enrique Luelmo, Jorge Noval, Javier Arbesú o Juan Roces. Fue Juan el encargado de organizar en febrero de 1976 la Primera Exposición de Arte Universitario para la sala de La Pasión. Se presentaron muchos estudiantes incluso participó Pilar Marco Tello recién instalada en Valladolid dos años antes de entrar a dar clase en la Universidad. En el devenir de los años, también alumnos pasarían a ser profesores, como el actual director de la Escuela de Arquitectura Darío Álvarez, quien compaginó y sigue conectando los trabajos sobre arquitectura y paisaje con su vocación de artista. Asimismo se afincaron Juan Manuel Báez, ya un buen acuarelista o Mariano Olcese fundador de la Galería la Maleta. Más cercanos en el tiempo son Fernando Zaparaín o Santiago Bellido, excelente y envidiable dibujante, de entre los que retiene mi memoria. Fueron estudiantes de la carrera llamada técnica con inspiración estética, a mí me sucedió al contrario y pasé de mi vocación artística a las clases de arquitectura.

Surgieron las academias de dibujo para completar el exigente nivel que “los de arquitectura” tenían que superan. Entre la multitud que cubrían esta enseñanza artística querría citar dos, una masiva y ambiciosa, la otra minúscula y puntual. La de Hábitat en Miguel Iscar dirigida por un excelente dibujante y eterno estudiante de arquitectura, Agustín García Baranda, era la más conocida y frecuentada por esos estudiantes, donde llegó a impartir clase el pintor y escultor Leopoldo del Brío. La segunda en un exiguo cuarto de estar convertido en improvisada sala de estatuas dentro de la casa de la calle Renedo donde vivía José Ramón Muñiz, a la sazón mi maestro. Ingeniero de formación abandonó su trabajo en las factorías de Fasa Renault para dedicarse de lleno a la pintura. Artista prioritariamente conceptual, tras el fallecimiento de su compañera transitó desde Valladolid para buscar en México y Nueva York otras posibilidades artísticas más prometedoras, aquí grises y difíciles. Concluyó en Asturias formando el Grupo Onza con los artistas Fernando Fernández Redruello, Francisco Fresno y José de la Riera. En la academia de José Ramón Muñiz se aprendía dibujo y composición pero también de la posición política expresada en sus obras. Los avatares sociales y políticos de la España de principios de los setenta se reflejaban en sus pinturas con alto valor conceptual y con perfiles ideológicos, sus obras eran alegatos por la paz y el desarme, la lucha por la igualdad y la búsqueda de una alternativa política antes de la transición. Eran años de apuestas de cambio político y social y la postura trabajadora y estudiantil en Valladolid a partir de 1974, después del atentado a Carrero Blanco con Cruz Martínez Esteruelas como ministro de Educación, derivó en febrero de 1975 en el cierre de la Universidad. Se cerraron Filosofía y Letras, Medicina, Derecho y Ciencias. Arquitectura estuvo fuera del escarmiento y permaneció abierta pese a llevar meses en huelga. Y en la Academia se aprendía a dibujar mientras se hablaba y discutía de política y se circulaban los últimos números de los comunicados comunistas del Mundo Obrero. Manolo Sierra pasaba por aquella casa de la calle Renedo entendida como academia durante esa etapa, para además de hablar de política, charlar sobre arte. Dibujante conocido eminentemente como cartelista, reconocido artista de murales además de ilustrador y con obras de escenografía teatral, entonces ya era un buen pintor siempre comprometido en la lucha por la justicia y la igualdad social.

(Nizazul . JOSÉ ANDRÉS COELLO. Técnica mixta, mono tipo y collage sobre papel)

A principios de los setenta las librerías eran focos culturares y de debate político. Alguna de las más ambiciosas optaba por la apuesta artística como la librería Paradiso con sala de exposiciones en el sótano. Estaba junto a la Galería Castilla en la plaza de la Universidad. La sala la dirigían dos estudiantes de Filosofía y Letras, Tomás Salvador González y Andrés Trapiello, uno cuajó en poeta y el otro en literato. Allí en torno al año 1973 se podían ver dibujos del propio Trapiello, pinturas de Leopoldo del Brío o Pablo Ransa al tiempo que al lado, en la Galería Castilla, se exponían grabados de Miró. El día más difícil de las exposiciones era cuando las visitaba el escritor Antonio Corral Castanedo, crítico del El Norte de Castilla. Memoria que mantengo porque una de esas exposiciones fue de mis cuadros y gracias a esa muestra conocí a muchos de aquellos artistas.

La referencia para todos como escultor y pintor, también como persona era y sigue siendo Leopoldo del Brío Trimiño. Sabíamos de sus maestros Antonio Vaquero y Ángel Trapote, de su enseñanza en la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid, de sus premios de pintura y escultura, y ya nos seducían sus obras, para mí no únicamente conectadas con artistas modernos como Gustav Klimt, sino con la tradición de la imaginería de la Valladolid en la talla de la madera y en el uso de los estofados, del oro aplicado como elemento vivo en relación a la pintura y la luz. Su estudio entonces estaba en el barrio San Martín, en una casa a la entrada de la calle del Prado, después trasladado a

Leopoldo Cano y ahora en Labradores. Referencia hacia Leopoldo que compartían y comparten otros artistas con atención a la escultura, como el añorado Feliciano Álvarez, Primitivo González, Luis Jaime Martínez del Río, Belén González, Ana Jiménez, Eduardo Cuadrado, Pilar Victoria de Blas, Miguel Ángel Calleja o Concha Gay, todos han mantenido una mirada atenta a la obra de Leopoldo del Brío, ahora recogida en su estudio de la calle Labradores. Aquella casa de San Martín la compartía con Pablo Ransa, donde en un piso superior montó su propio estudio y con Leopoldo hicieron que esa casa fuera en los años setenta un foco de creatividad artística. Pablo acababa de abandonar la carrera de Filosofía y Letras después de su exposición en la Sala Caballo de Troya para dedicarse de lleno a la pintura. Entonces la paleta de azules de Picasso se reflejaba en sus lienzos, experimentador incansable con materiales y pintura comprometida como reflejan sus trabajos que en ocasiones rasgan la sensibilidad del espectador, a veces de forma dolorosa. Opciones duras hacia donde se han inclinado también artistas como Teresa Cortés Martín.

La referencia a Leopoldo del Brío añade asimismo el papel de la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid donde fue docente. Aquí estudiaron Teresa Cortés, Jesús Capa, Concha Gay, Lorenzo Colomo, Teresa Moran, Ana Jiménez, Luis Nieto… etc., incluso Luis Jaime Martínez del Río, otros puntualmente como Gerardo Vacas, Eduardo Martínez-Fortún, artista que siempre ha conjugado una visión abstracta y especializada del paisaje, o Chema Herreros. La labor de la Escuela de Artes y Oficios, con más de cien años de historia y en una ciudad a la cual se le negó la de Bellas Artes, me maravillaba y durante años me siguió atrayendo su enseñanza, llegaba a dudar si mi lugar no estaba en arquitectura sino allí. Cantera de artistas, además de sus profesores, siempre cubrió, y en mi opinión con creces, el vacío de la enseñanza exclusiva de las Bellas Artes.

Pero no pretendo escribir algo parecido a una crónica de la configuración artística de Valladolid, y menos un catálogo de sus pintores y escultores como pueda parecer releyendo el párrafo anterior, ya lo hizo la Diputación de la Provincia, y con todas estas referencias quizás me esté desviando de mi objetivo, y no es más que mostrar la foto de mis vivencias con artistas que conocí y su mundo que disfruté y aún aprovecho. Así, un recuerdo intenso de aquella actividad, derivado de mi relación personal y familiar con Pedro Alonso, está de nuevo ligado a la Universidad. Pedro en 1988 entró a impartir docencia en el Departamento de Didáctica de la Expresión Musical, Plástica y Corporal de la Escuela de su Facultad de Educación y Trabajo Social, donde Pilar Marco Tello llevaba diez años enseñando, y entonces ya dirigía el Departamento. Pilar aglutinó entorno a ella a un grupo de artistas convertidos en docentes.

Recuerdo con Pedro Alonso a Pablo Sarabia, Benito Mauleón y Luis Carlos Rodríguez, con Pilar Marco, licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Madrid, dando un paso más allá de la mera docencia. De su mano disfrutamos de la actividad lúdica y viva que puede suponer el arte y el hecho de la creación plástica, en “happenings” abiertos desde los años ochenta, los de la Galería de Evelio Gayubo, la Casa Revilla o ya en 2002 en la Fundación Ana Jiménez.

La enseñanza de dibujo fue un modo de contener a artistas en la ciudad, anclados por un medio de vida factible, más fácil que desde su capacidad creativa en un entorno osco para el arte. En colegios e institutos han podido desenvolver carrera docente artistas titulados en Bellas Artes.

Procedente de San Fernando, Gerardo Vacas desarrolló su trayectoria de profesor en el Instituto Zorrilla, quien desde la obstinación por sus inequívocos retratos collages, en los últimos años se ha centrado en la publicación de dos libros de dibujos, Bestiarios particulares, obras iconográficas de animales imposibles con lecturas incisivas de nuestra sociedad. También señalamos a Ángel J. Acedo, titulado en Bellas Artes por la Escuela de Bilbao, quien en sus obras constantemente ha mostrado un espacio pictórico donde se contiene todo su mundo de sueños, pleno de formas y colores entrelazados; ambos artistas pudieron conjugar la docencia con su obstinada capacidad y vocación creativa. De modo similar podemos mencionar a Germán Sinova con docencia de Fotografía en la Escuela de Arte. He utilizado el término “anclados” en la ciudad por razón de un hecho en mi opinión característico del Valladolid moderno, su capacidad de “repeler” artistas. Condición centrífuga de una ciudad cuya consecuencia pudiera explicar el apogeo de Simancas, más cómoda y silenciosa para creadores a apenas quince kilómetros de la capital de la región. Razón suficiente, quizás, la de “estar alejados de Valladolid” aunque no desentendidos de ella. Allí se afincaron de modo estable los “miembros” del grupo de “Jacobo”, Félix Cuadrado Lomas, Gabino Gaona, a intervalos Jorge Vidal o durante unos meses Domingo Criado.

(Miguel Delibes. Apunte del natural de BELÉN GONZÁLEZ DÍAZ..35,8 x 28 cm)

En esa ciudad donde en alguna fiesta en los comienzos de la década de los ochenta se podía escuchar a Santiago Amón, amigo del grupo de artistas, impartiendo su conferencia sobre la primera acuarela abstracta de Kansdisky, o visitar las exposiciones en la Galería Arcón de Fernando Santiago, inaugurada en 1972 con la antológica del pintor menos conocido del grupo, Francisco Sabadell. También se trasladó Manolo Sierra con María Calleja. Y mudaron su vivienda quienes se sentían atraídos por una u otra razón por ese pueblo con artistas, Archivo y río Pisuerga. Así hizo el ebanista y artista Delfín Gómez, amigo de todos ellos y mío, para quien Gabriel Gallegos y yo, hacia 1982, proyectamos su taller y vivienda situados entre la plaza y el mirador.

También músicos de la Orquesta de Castilla y León, como el chelista Marius Díaz y la violín segundo Jennifer Moreau donde se encontraron y se sienten cómodos. Javier García Prieto afectado por esta condición “centrífuga” de Valladolid se alejó trece kilómetros más en el fluir del curso del Pisuerga, hasta encontrarse con el Duero de Tordesillas. Manteniendo relación con todos, recuerdo su cercanía y especial amistad con Jorge Vidal y Pedro Alonso. Se vinculó a la “muy ilustre ciudad” como artista solitario, únicamente unido a su compañera, a sus cromatismos, colores y texturas ácidas, a sus investigaciones constantes sobre la materia y el color o acompañado de sus “veladuras y trampas visuales”, como diría mi antiguo compañero Javier Maderuelo.

Recuerdo cómo otros artistas trabajaron cerca, pero no en la ciudad, en su costra. Luis Jaime Martínez del Río, entre sus estancias en la Academia de España en Roma y ahora en Madrid, en una casa molinera siguiendo el curso del Canal de Castilla, atiborrada de su obra. Ana Jiménez pasando Tafisa junto al Ceño de Catón, y los arquitectos sin formar ningún grupo en el Pinar de Antequera. Proyectaron su residencia o estudio, al menos Antonio Paniagua, Gabriel Gallegos, Juan Carlos Arnuncio y Primitivo González, los dos últimos con la doble personalidad, arquitectos y artistas, misma condición de arquitectos que perfilan su obra plástica fruto de reflexión pero permeables a lecturas desde surrealistas o metafísicas el primero, hasta su justificación minimalista en Primitivo. A Juan Carlos le conocí como profesor, y le aproveché de compañero en la multitud de viajes como doctores docentes a Oporto, horas de viaje siempre para mí escasas por el tropel de nuestras conversaciones sobre arquitectura, arte o literatura, y más.

También del segundo aprendí aunque ya en la actividad cultural del Colegio de Arquitectos de Valladolid, en esas reuniones charlas de la Comisión de Cultura, haciendo mi papel de secretario a partir de 1983. Juan Carlos aúna su trabajo de arquitecto con su voluntad literaria y de artista. Sus trabajos como instalaciones a medio camino sumando la arquitectura al arte, derivan en experiencias sintetizadas entre lo razonado y atado de lo uno y lo inexplicable y lo libre de lo otro. Arte y arquitectura, quizás sólo para sí mismo enlazadas a través del juego. Juan Navarro Baldeweg, también artista y arquitecto advierte cómo para Juan Carlos, en esos Plays “se advierte una soterrada narrativa que obedece a lo racional y también a lo irracional”. La misma dualidad surge en los trabajos de Primitivo González, condición desde donde derivan sus esculturas sacias de espacio, también planos de materia tallados en la aparición de la sombra, separada de la luz mediante una geometría concreta. Perturbaciones geométricas precisas flotando encima de la sombra, son indagaciones sobre los mismos elementos generadoras de su arquitectura, muchas veces un auténtico juego escenográfico, aquí desactivada su función sobre las que ha desaparecido la utilidad. El análisis de su obra por Javier Hernando Carrasco ofrece claves claras de sus trabajos escultóricos.

Podría sin embargo referirme a artistas apegados a Valladolid. En esta visión amplia me acuerdo de Belén González, dibujante y escultora, quien al contrario permaneció en esta misma ciudad desatenta y depredadora con la obra de los arquitectos, incluso del Renacimiento, asimismo con los edificios modernos como los de su padre Julio González. Arquitecturas necesitadas de reivindicación por su parte y por la de su hermana y arquitecta, mi compañera de carrera María Jesús, y a la que contribuimos quienes valoramos sus numerosas aportaciones dentro del Movimiento Moderno. Su padre, Julio González participó en primera línea en la modernización de la arquitectura en la ciudad; ella como historiadora del arte, y además licenciada en Bellas Artes por Madrid desde 1984, acercó a Valladolid a las nuevas experiencias realistas y al acercamiento a la obra de Antonio López antes de su desembarco en el patio Herreriano en 2001. Y así Belén, por contra, ha aportado un bien a la ciudad, el realismo poético de sus esculturas públicas, como también a las salas del Museo de la Universidad. Otros artistas cercanos a los planteamientos hiperrealistas, los pintores Adolfo Sarabia y Cayetano Portellano, abandonaron la ciudad buscando fuera comprensión y apoyo a su obra. En los años ochenta Cayetano se fue a Madrid, y se perdieron los debates sobre realismo de su casa estudio de la calle Gamazo, donde yo acudía de cuando en cuando junto a Pedro Alonso y a Gerardo Vacas, más frecuentaba el estudio Adolfo Saravia, quien encontraba en Cayetano respaldo a ideas y respuesta a preguntas.

Luis Cruz Hernández con obra recogida en numerosos Museos, también es un artista plástico apegado a su ciudad natal. Reconocido y difundido internacionalmente desde 1977, cuando se le seleccionó para la XIV Bienal Internacional de Arte de Sao Paulo. Titulado en Bellas Artes por San Fernando sigue trabajando en esta ciudad entrelazando pintura con collage y dibujos. En Valladolid se pudo ver una muestra de su trabajo en la exposición Mitología encontrada, fue en la Galería Javier Silva en la calle Renedo entre noviembre y enero de 2017. Artista que tiene presente en sus trabajos lo cotidiano, ha contenido objetos usuales como algo partícipe en sus obras, lo cotidiano como su aprecio a los juguetes, gusto con el cual comparto afinidad.

(Santa Teresa. LEOPOLDO DEL BRÍO. Vaciado en mármol artificial de José Ponte Varela. 100,5 x 36 x 33)

Hemos pasado por alto una enumeración de Galerías de Arte, no es mi propósito ni podría recordar todas. Si me he referido a alguna de ellas es por estar muy delimitadas dentro de esta foto movida de mis recuerdos, también se me han pasado otras con peso de las que citaría nombres como la Galería Rafael en Miguel Iscar, la ya desaparecida Caracol en la Expósitos codirigida por mi compañero Luis Espinosa, la Galería Grisalla, la Teresa Cuadrado en el Paseo Isabel la Católica, o las correspondientes a la Iglesia de las Francesas en calle Santiago y Fundación Segundo y Santiago Montes, ésta en la calle Núñez de Arce o varias recientes como La Gran en Claudio Moyano; con todo no quisiera dejar de recuperar algunas referencias más.

Una corresponde a la labor que en esos años hicieron las que estaban ligadas a la obra social de bancos y cajas de ahorro. La sala más visitada estaba entre la plaza España y la plaza Madrid, dirigida por María Calleja, tuvo una gran importancia y no únicamente por sus exposiciones temporales sino por los concursos o muestras monográficas organizadas desde la propia sala, labor ahora suplida sólo en parte por los Centros Cívicos. Tampoco nos dejaba de admirar la actividad que Teresa Cuadrado inyectaba en la sala municipal de la Casa Revilla; ni la actividad de la Sala Teatro Calderón. Desde otros espacios oficiales, la Universidad ofrecía la Sala del Renacimiento, o la Sala de San Ambrosio y su utilización para exposiciones temporales, en el propio Colegio de Santa Cruz y Pabellón de San Ambrosio, incluso cuando se creó el MUVa en 2002.

Por su parte el Museo Nacional de Escultura aportaba las salas del Palacio Villena y desde hace pocos años las escasas temporales de artistas de Valladolid en el Museo Patio Herreriano, como fue la que reunió a los artistas denominados del grupo Simancas.

Con independencia de todas ellas, dos no nombradas tuvieron para mí un mayor significado, una pública y ávida de exposiciones, la segunda privada, sobria y moderada. La Sala Palacio Pimentel, de la Diputación de Valladolid con la responsable de su programación, Concha Gay, por su parte, y la Galería Lorenzo Colomo por la otra; ambas dirigidas por dos artistas. Concha Gay siempre fue una creadora insaciable, recuerdo sus primeros trabajos en las décadas de los años ochenta y noventa, inicialmente sintiéndose más escultora que pintora. A partir de 2004 creó el Proyecto Arte Ediciones, con el también artista Javier Redondo. Insistente editora tanto de sus grabados y los de su compañero estudio Javier, como los de otros grabadores. Siempre ha compaginado su labor creativa, insistiendo en el estudio de nuevas técnicas, con sus proyectos de difusión de obras plásticas de artistas. Sus trabajos escultóricos han rebasado el límite privado afincándose en espacios públicos de Valladolid; obras cargadas de lirismo respirando el mismo aire urbano de calles, plazas, o parques y compañeras de otras. Mención a Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Belén González, Jesús Trapote, Primitivo González, Fernando González Poncio, Ana Hernando, Ana Jiménez, Pablo Ignacio Lozano, Juan Carlos Martín, Ángel Mateos Bernal, José Luis Medina, Feliciano Álvarez, Cristóbal Gabarrón y más.

La obra de arte abierta al público ha tenido efectos refrescantes en actuaciones muy personales, con galerías de arte cumplidoras con la necesidad formal de muchos habitantes de esta ciudad de ver obra nueva. A Lorenzo Colomo, como a Concha Gay, Mariano Olcese, Santiago Fernando o Antonio Machón, están asociados a nombres de galerías de arte en una labor que trasciende de su trabajo como artistas. El ejemplo de Lorenzo es significativo, a lo abstracto, lúdico y variado de su trabajo como artista se le suma lo concreto, práctico y constante de la labor diaria de galerista.

Echando la vista atrás en este ejercicio de recobrar mi “foto movida de los artistas que yo he conocido”, trabajo de imposible objetividad porque son mis recuerdos los que disponen, de algún modo José Andrés Coello tiene una referencia diferente como artista infatigable y experimentador en campos arriesgados y a veces de fácil análisis superficial. Recorrió la artesanía de la cerámica en sus técnicas tradicionales estudiándolas desde 1965, difundiendo su obra desde lo más popular, hasta experiencias muralistas o escultóricas de reconocido talante sin necesidad de leer su firma. Artista siempre abierto a seguir ensayando con la pintura y escultura, investigador y divulgador a la vez, inquieto pero con la serenidad de quien tiene tras de sí una larga y densa trayectoria.

En mi particular repaso del conjunto de obras expuestas, hay tres más cercanas, son las de Casilda García Archilla, Juan Carlos Tejo y Luis Nieto. Con ellos me une la cercanía artística y una inclinación hacia experiencias en confluencia con otras artes, en concreto la poesía. En 2007 me incorporé a un grupo vitalista de trabajo, entrelazando poesía con obras de pintura, diseño, atuendo, escultura, fotografía, danza…, toda obra valía únicamente con una condición, su relación con un poema. Me refiero al grupo Arañados Signos, vinculado con frecuencia a Versátil, festival de la palabra; es la prueba de la existencia de una vida artística independiente en Valladolid. Se mostraba en bares, el de la Curva que fue hasta su cierre en 28 de mayo de 2014 el foco de reunión y sala de exposiciones, más otros cafés como El largo Adiós o Berlín, entre otros, donde se colgaron obras de estas exposiciones. Asimismo y en paralelo en la Sala del MUVa, y varias correspondientes a Salas de Centros Cívicos como las del Bailarín Vicente Escudero, Delicias o el de la Cistérniga. Claro que el alma del grupo siempre estuvo cerca de Casilda, pero el impulso comprometido fue un esfuerzo colectivo, quiero reconocer inicialmente a Ángel García Arribas, también a Santiago Guerrero y Araceli San Juan, entre sus muchos integrantes habituales como casuales. Alguna de estas obras ya visitó la sala del MUVa, ahora aquí de forma permanente.

De Casilda, Luis y Juan Carlos, podemos ver tres obras expuestas, una escultura y dos pinturas. La delicadeza dolorosa de la escultura de Casilda García, de pequeño tamaño pero de una sensibilidad desbordante; el gesto caligráfico en la pintura Luis Nieto y la cicatriz plástica punzante en la pintura de Juan Carlos Tejo, artistas en primera línea de su actitud creativa. Los tres en este caso aportan una muestra representativa de su trabajo y también el de muchos más artistas del grupo.

Toca cerrar acordándome de los tres más jóvenes, uno más pintor, Chema Herreros, y los otros, Santiago Bellido y Ana Villamuza Manso que en este caso aportan sus dibujos. De Chema Herreros se merece confiar en su constante indagación cromática, obras que habitualmente se pueden contemplar paseando por el Pasaje Gutiérrez, en la Galería Carmen Durango, expuestas tras sus escaparates. Puedo decir de un pasaje como el de Gutiérrez que a veces yo utilizo obligado para poder disfrutar de sus trabajos. Sobre Santiago Bellido recuerdo cómo Pedro Alonso siempre le consideró el mejor dibujante que conocía, también lo pienso yo, sus obras a veces no son fáciles o acogedoras, y la aquí ofrecida, más que el dibujo de una sala de Academia, es su propio autorretrato duro e íntimo. El final lo pone la obra de la más joven, Ana Villamuza, retrato muy personal de Ángeles Santos dentro de la trayectoria de trabajo desde su posición feminista, el Tapiz Geológico de sus ascendentes artísticos, y éste su particular homenaje a una artista clave en la historia de la pintura española moderna. Artista, Ángeles, de vocación muy temprana, quien de adolescente estudiaba en Valladolid, a unos metros de la sala del MUVa, en el palacio renacentista de los Vitoria utilizado como colegio de las Carmelitas del Museo. Período de su juventud, de dieciséis a dieciocho años, residido en parte en Valladolid, en el cual pintó la obra clave y fundacional del surrealismo en la Península, Un mundo.

Con este particular homenaje que hacemos nuestro, y el agradecimiento de toda la Universidad a estas donaciones de obras de arte, les invitamos a visitar la colección de pintura moderna del Museo de la Universidad de Valladolid. Valladolid. Octubre de 2018”

No incluimos el listado de obras de esta exposición puesto que no lo es del conjunto del Museo, en el edificio Rector Tejerina, frente al palacio de Santa Cruz, sino de aquella donación puntual. Además, aparte las obras que ofrece este Museo, la Universidad cuenta con muchas otras obras repartidas en salones de actos y despachos principales. En estas páginas ya escribimos un artículo, el 5 de agosto de 2012, que todavía se puede encontrar aquí, titulado “Nuestros pintores, en el patrimonio de la Universidad de Valladolid”, en que reseñábamos la exposición que realizó este Museo por aquellas fechas, de su colección de historia y arte, bienes artísticos dispersos en edificios de la Universidad, entre los que pueden verse cuadros clásicos y otros de los principales pintores vallisoletanos del siglo pasado. No estaría de más reproducir –ahora digitalmente, si se conserva documentalmente- aquella exposición, y así lo sugerimos, al tiempo que felicitamos a los responsables del Museo por estas iniciativas que hacen más llevadero nuestro confinamiento.

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