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Lo que son las cosas

Tres foramontanos en Valladolid 11 Jun 2020 - 07:21 CET
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Por Javier pardo de Santayana

(Los repatriados de la División Azul llegan al puerto de Barcelona a bordo del barco Semiramis)

Uno de los recursos en los que uno piensa al verse obligado a un enclaustramiento es la lectura, de forma que por ese lado no había razón para preocuparse. El único problema sería no contar con tiempo para hacerlo.

Y eso es curiosamente lo que me ha ocurrido, pues otras muchas actividades me lo reclamaron: entre otras, la búsqueda de asunto para mis artículos en un contexto que solo demandaba el monotema, o la voluntariosa recuperación de las diapositivas y películas antiguas acumuladas en los años setenta. A lo que además he de añadir la realidad de que mi vocación actual está más en crear que en disfrutar de lo creado.

De ahí que considere un acontecimiento haberme decidido siquiera un par de días a la lectura con la intención de completar una buen repaso a la nutrida relación de personajes importantes a los que tuve ocasión de conocer personalmente. Con tal objeto decidí tomar de mi biblioteca uno de los dos ejemplares que conservo de “Embajador en el infierno”, aquel relato de Torcuato Luca de Tena que se convirtió en película y cuyo argumento era la insoportable vida de un admirable  grupo de españoles que volvieron a España en el “Semíramis” tras permanecer doce años prisioneros en las cárceles soviéticas. Y en tal contexto la hazaña de tres oficiales – Palacios, Rosaleny y Castillo – que se distinguieron por la dignidad y el valor con que sobrellevaron aquel insoportable cautiverio. Supongo que, como mi improbable lector tendrá edad para ello, recordará el impacto que produjo entre los españoles el conocimiento de su hazaña.

Me he referido a la edad de “mi improbable” porque supongo que los jóvenes y los no tan jóvenes de ahora, escuetos como son en su conocimiento de la historia,- incluso de la más reciente –  no tendrán la menor idea de lo que fue la División Azul de voluntarios. Y porque si algo oyeron acerca de ella habrá sido seguramente partiendo del desconocimiento de la realidad del siglo XX. Así que por mi parte me permito, efectivamente, suponer que la mayoría tendrá – de tener algo – aquella  interpretación ideológica propalada por las nuevas izquierdas comunistas que ahora pretenden repetir los errores del pasado. Algo que se diría imposible  a la vista del espectacular fracaso que supuso la instauración en su día de un destructivo Frente Popular que daba entrada en el Gobierno a un comunismo impulsado por la propia Unión Soviética. Un comunismo que entonces parecía poco menos que imparable.

Mi improbable lector quizá conozca mi relación familiar con uno de los héroes del libro – me refiero al Teniente Rosaleny – quien durante mucho tiempo fue para sus padres una de las estrellas del manto de la Virgen donde así tenían presencia los caídos – porque se casaría con una hermana mía. Pero a ese dato de mi relación con personajes conocidos entre los que hay sabios, reyes y jefes de estado nacionales y extranjeros, añadiría también a Castillo, otro de los protagonistas del relato de Luca de Tena, con quien durante una temporada coincidí en la mesa y mantel durante las comidas de la residencia del Regimiento de la Guardia.

Así que acabé leyendo nuevamente la emocionante y ejemplar historia. Y al hacerlo sentí justificarse las razones que motivaron aquella aventura desde la perspectiva del momento histórico vivido por mi generación en el último tramo de lo que fue mi vida de soldado, cuando tuve que contribuir con mi trabajo a situar a España en el lugar que la correspondía en un nuevo escenario que hacía coincidir las perspectivas del pasado y del futuro. Una situación que permitía comprender de forma más completa y realista los significados de la Historia, pues como representante español en el ámbito militar europeo de la Alianza Atlántica tendría ocasión de vivir los estertores de aquella Unión Soviética que amenazaba a Europa desde el Fulda: los coletazos últimos de lo que se llamó una ”Guerra Fría” que acabaría con la derrota final de la inhumana potencia comunista.

Es decir, de lo que precisamente había sido – curiosas veleidades de la Historia – el enemigo contra el que lucharon y por causa del cual también sufrieron aquellos admirables soldados españoles.

 

Tres foramontanos en Valladolid

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