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Estado de alarma

Tres foramontanos en Valladolid 18 Jun 2020 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Covid-19. Acuarela de Silvia G Armesto en Hispacuarela de Facebook)

De todo cuanto está ocurriéndonos hoy me parece oportuno – y quizás conveniente –  señalar las evidencias más significativas:

De entrada, cuanto ocurre nos ha venido a revelar el lado negativo de la globalización, cuyo principal rasgo era quizás – hasta hace poco – una humanidad interconectada y con tendencia natural a asumir un desarrollo compartido: algo que favorecería la paz y la buena relación entre los pueblos. Naturalmente, con el interesante contrapunto de las dificultades presentadas por  una complejidad omnipresente.

Pues bien, el hecho que ahora se revela es que ante determinadas situaciones la globalización puede sufrir en cualquier momento y sin aviso previo una simplificación paralizante como resultado de un problema inesperado que de entrada los gobiernos no controlan. Así experimentamos de un día para otro un aislamiento radical de la ciudadanía, y con ello un grosero “café para todos” como simplificación de un vigente entramado social organizado. Una transformación que dejaría en ridículo las exigencias hasta el momento impuestas por las complejas estructuras democráticas.

Así que aquella exaltación de la diversidad utilizada por sus impulsores para divulgar una moral de circunstancias como paradigma del progreso, y así justificar las veleidades más oscuras, chocaría con la elementalidad de una sociedad sometida a un único esquema de familias confinadas que se impondría sin matiz ni perspectivas claras de futuro. Y lo hizo cuando un simple ser inobservable puso en un brete el complicado tinglado de los hombres, convertido de pronto en un esquema escasamente compatible con los grandes principios del progreso.

Por otra parte, la situación acentuaría en su desmadre la posibilidad de engaño en sus versiones más sofisticadas. Así los poderosos avances tecnológicos serían aprovechados para divulgar noticias falsas, hoy en inglés “fake news” para marcar su carácter novedoso muy en la moda del actual desprecio a nuestra lengua. Así veríamos crecer como las setas, mezclados con los hechos verdaderos, otros ni tan siquiera acontecidos, sino ideados y compuestos ex profeso para, favorecer determinados objetivos sin el menor respeto a la verdad. Y es que las condiciones sobrevenidas con la crisis han animado a los falsarios: desde quienes en las redes sociales se dedican a jugar con la verdad hasta quienes en los niveles estratégicos han revivido la “agitprop”. El triste resultado de este embrollo es que el progreso ya no conduce necesariamente a la verdad sino más bien a todo lo contrario.

Otra contradicción de nuevo cuño es la constatación de las debilidades de una ciencia que sobrevaloramos en cuanto a su capacidad de dominar una complejidad ya acumulada, pues para revelarlo bastó la simple aparición de un ser ni tan siquiera inteligente pero que se resiste como gato panza arriba a revelar sus capacidades agresoras frente a una generación de sabios empeñada en llegar a conocerlo. He aquí otro signo también contradictorio de la realidad del siglo XXI, cuando ya estamos pensando en viajar a Marte y sin embargo no acabamos de conocer como funciona un virus que circula entre nosotros mismos e incluso llega a dominarnos

Todo esto configura una realidad en todo sorprendente y en su conjunto caótica, que favorece enormemente su aprovechamiento político en favor de ciertos intereses ideológicos e incluso personales que difícilmente podrían prosperar en un contexto de normalidad en el que el ciudadano pudiera aplicar sencillamente un buen criterio lógico. Es decir, en un contexto de mayor serenidad y mejor contraste entre las opciones disponibles que no puede existir en un ambiente como el actual de ruido ambiental y de saturación informativa que desconcierta totalmente al ciudadano y está lejos de ser el deseable. En un contexto, en suma, en el que los españoles tuvieran al menos el tiempo y la tranquilidad indispensables para reaccionar con oportunidad y acierto ante las cosas que suceden. Pues esta situación que ahora vivimos es ideal para que logren su objetivo quienes, como es el caso ahora, pretenden introducir determinados cambios radicales a una nación a la que se hace difícil reaccionar con oportunidad y sensatez en el actual estado.

Estado por tanto, sí, de alarma. Pero no exclusivamente por el virus.

 

Tres foramontanos en Valladolid

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