Por Javier Pardo de Santayana
(Ejemplar de perro crestado rodesiano)
El elemento noticiable de estos días – me refiero al ámbito casero – es la llegada a nuestro hogar de un perro de considerables dimensiones: vamos, que está más cerca del caballo que de nuestras dos perritas teckle.
Desconozco con detalle cual es su procedencia, pero según tengo entendido proviene de un amigo de nuestro hijo abrumado por el lugar que le ocupaba en la vivienda. Se trata de un “crestado rodesiano”, raza que se caracteriza por su tamaño y por un falso hueso que le recorre el lomo. Digo que éste es “falso” porque en realidad procede de la transformación de una parte del pelo que crece en dirección contraria. Nuestro hijo acogería entusiasmado este regalo por servir de recuerdo permanente de aquella perra fiel que le acompañó cada minuto cuando ejercía de cazador allá en Sudáfrica.
Ni qué decir tiene que su aparición en nuestra casa causaría un pavor irresistible a mi mujer, quien, aún siendo refractaria a la proximidad de cualquier extraño excepto su marido, había ya llegado a acostumbrarse a tratar con otros perros más pequeños. Así, y porque a la fuerza ahorcan, aceptó en su día la presencia de la llamada “Pizca”, una preciosa west highland white terrier, que cuando llegó cabía en una mano. De ella queda ya sólo un recuerdo inolvidable y las fotos un álbum ilustrado.
Luego, tal como creo haber registrado en estas páginas, llegarían las teckle “Sol” y “Maca”. Mi mujer las bautizó con esos nombres porque venían de Jerez de la Frontera y éstos suenan a nombres andaluces. He de decir que, pese a ser gemelas de una camada de siete de su raza, son perfectamente diferentes en cuanto a “perfil humano”, puesto que mientras “Maca” es rápida y activa, “Sol” tiene un temperamento muy casero.
Pues bien, en ello estábamos cuando aumentó nuestra familia con este “crestado rodesiano” al que me vengo refiriendo, un animal cuyas hechuras y tamaño causarían a mi mujer no ya temor sino un pavor indescriptible. Tan así fue que cuando lo vio llegar a nuestra casa montañesa decidió no compartir su apabullante presencia cotidiana y huyó despavorida de regreso a nuestra “primera residencia”. Pero, como a la fuerza ahorcan, tal como usted supone de seguro el gran perro acabaría entrando en nuestra casa, donde poquito a poco mi mujer y yo hemos tenido la ocasión de conocer en el quehacer diario las increíbles virtudes de esa raza.
Para empezar diré que nunca le oí ladrar – cosa curiosa – ni desobedecer siquiera, algo casi imposible que no corresponde a lo que uno espera de un gran animal como este nuestro. Su nivel de obediencia es, desde luego, muy superior al de los niños y al que se espera de un perro bien criado, tal es la prontitud con que responde y la mansedumbre y diligencia con que se comporta. Y así se obra el milagro de poderle verle descansar plácidamente pegado a la anfitriona otrora resistente que ahora toma el sol con él en la piscina. O conviviendo con las pequeñas teckle, diminutas comparadas con su mole, mas que curiosamente no se sienten en nada cohibidas por la imponente presencia de su amigo y no sólo comparten el espacio sino que a veces lo buscan claramente. Eso sí: tanto el perro como las perritas gustan de comer del pienso ajeno tal como ocurre también entre los hombres, que parecen siempre preferir lo del vecino.
En cualquier caso uno se pregunta qué pueden ver de común el perro y las perritas, tan distintos en el tamaño y el aspecto como también en su comportamiento. Y sin embargo, tanto aquél como las gemelas sienten un atractivo mutuo y consideran que de algún modo son colegas. Es más, en momentos de celo seres tan distintos en el aspecto y el tamaño reconocen su condición común y hasta se buscan, mientras que en otras cosas se comportan de forma parecida al ser humano, como es la tentación ya reseñada de zamparse los piensos del vecino.
Así que ya tenemos a nuestro perro africano incorporado a la rutina, si bien añadiendo ciertas complicaciones y trasiegos. Por ejemplo por la necesidad de confinar a éste y a las dos perritas y así impedir el mencionado jaleo alimenticio, o evitar que se escapen cuando sacamos fuera el coche o salimos a la calle, que de esto tenemos la experiencia penosa.
Pero, con todo, hay que admitir que ningún comportamiento adverso hemos podido achacar por el momento a este nuevo, educado, silencioso, tímido, fiel y protector amigo nuestro, que pese a su amable personalidad saca su raza cuando lo estima necesario y es capaz de seguir las huellas de un león sin inmutarse.
No es de extrañar, por tanto, que se le bautizara como “Santo”, que éste es el sencillo nombre al que responde nuestro nuevo y flamante compañero.
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