Por José María Arévalo
(Diccionario de San Josemaría)
Hoy celebra la Iglesia la festividad de san Josemaría Escrivá de Balaguer, que predicó desde 1928 que todos —hombres y mujeres, solteros y casados, intelectuales y campesinos— estamos llamados a la santidad, el “santo de lo ordinario” como dijo san Juan Pablo II en su canonización ante miles de fieles de todos los continentes, el 6 de octubre de 2002, en la que tuve ocasión de estar presente. Y esta tarde se celebrará en la catedral vallisoletana una misa solemne dedicada a su memoria, como todos los años abarrotada por quienes seguimos sus enseñanzas, aunque este año creo no vamos a caber todos por la distancia de metro y medio a respetar.
San Josemaría recomendaba “atenerte a un plan de vida, con constancia: unos minutos de oración mental; la asistencia a la Santa Misa –diaria, si te es posible– y la Comunión frecuente; acudir regularmente al Santo Sacramento del Perdón –aunque tu conciencia no te acuse de falta mortal–; la visita a Jesús en el Sagrario; el rezo y la contemplación de los misterios del Santo Rosario”. Enumeraba como “medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Ángeles custodios” (AD, 18). Estas prácticas y costumbres, a las que denominó “Normas de piedad”, proceden del patrimonio espiritual cristiano, incorporado a la propia vida del fundador del Opus Dei.
“El que desea luchar, pone los medios. Y los medios no han cambiado en estos veinte siglos de cristianismo: oración, mortificación y frecuencia de Sacramentos. Como la mortificación es también oración –plegaria de los sentidos–, podemos describir esos medios con dos palabras sólo: oración y Sacramentos.”
Devociones pocas pero constantes
Pero también recomendaba: “Ten pocas devociones particulares, pero constantes”, sugiriendo así la sobriedad necesaria para quien está ocupado en actividades variadas; y la regularidad, que facilita la hondura en la vida interior.
Lo he visto recientemente en un artículo de Silvia Mas en el “Diccionario de San Josemaría” (editorial Monte Carmelo, 2006, por cierto muy barato en ePub, 10 euros) en la voz “Devoción-Devociones”, que recoge “1.La devoción en las enseñanzas de san Josemaría. 2. Principales devociones en la enseñanza de san Josemaría. 3. Consideraciones finales”. Creo que vale la pena recoger algunos párrafos, empezando por este último apartado, que resume todo:
“En su enseñanza sobre las devociones san Josemaría une tres aspectos fundamentales: una aguda conciencia de la verdad de Dios y de la realidad de su Encarnación; una valoración del corazón humano y por tanto de la afectividad; un sentido del equilibrio que le lleva a rechazar a la vez todo rigorismo frío y todo sentimentalismo vacío.
Sirva como ejemplo otro pasaje, unas palabras escritas en referencia a quienes, en los años 1960-1970, hablaban de una supuesta crisis a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: “No hay tal crisis; la verdadera devoción ha sido y es actualmente una actitud viva, llena de sentido humano y de sentido sobrenatural. Sus frutos han sido y siguen siendo frutos sabrosos de conversión, de entrega, de cumplimiento de la voluntad de Dios, de penetración amorosa en los misterios de la Redención. Cosa bien diversa, en cambio, son las manifestaciones de ese sentimentalismo ineficaz, ayuno de doctrina, con empacho de pietismo. Tampoco a mí me gustan las imágenes relamidas, esas figuras del Sagrado Corazón que no pueden inspirar devoción ninguna, a personas con sentido común y con sentido sobrenatural de cristiano” (“Es Cristo que pasa”, nº 163).
La sólida base dogmática de su doctrina estaba acompañada además de una profunda vida litúrgica, de la que derivan las devociones eucarísticas. Por otro lado, es característico de su enseñanza, firme en el patrimonio espiritual de la Iglesia, imprimir a las diversas devociones un sentido vivo que, lejos de innovarlas o alterarlas, las hace nuevas por el cariño con que invita a realizarlas: “Para evitar la rutina en las oraciones vocales, procura recitarlas con el mismo amor con que habla por primera vez el enamorado…, y como si fuera la última ocasión en que pudieras dirigirte al Señor” (“Forja”, nº 432). Ve, pues, claramente que esas devociones parten de un todo unitario: se viven como respuesta al amor de Dios, obsequiándole con alegría, generosidad y ternura.
Hay que destacar finalmente que el mensaje de san Josemaría se dirige principalmente a cristianos que se mueven en el ámbito de una vida familiar, profesional y social que ocupa toda su jornada. Por este motivo, los consejos prácticos que da son incisivos y puntuales con la intención de hacer accesibles, a todo tipo de personas y sin disminuir su esencia, las prácticas que son patrimonio tradicional de la Iglesia. En esa línea se sitúa una advertencia clave: “Ten pocas devociones particulares, pero constantes” (“Camino”, nº 552), sugiriendo así la sobriedad necesaria para quien está ocupado en actividades variadas; y la regularidad, que facilita la hondura en la vida interior”.
Deseos eficaces
Pero el artículo que reseñamos empieza con un prólogo en el que define lo que es la devoción: “Teniendo en cuenta que la virtud de la religión inclina a la persona a rendirse ante la soberanía y bondad divinas, lo específico de la devoción es la disposición que informa a la voluntad para suscitar en ella el deseo eficaz de unirse con Dios: es una apertura que se manifiesta en la prontitud para realizar actos internos de acatamiento y de amor, muchos de los cuales se plasmarán en prácticas externas, que son una afirmación de ese deseo inicial. La devoción es, pues, el reflejo de una voluntad activa, que se apoya en distintos recursos para que, manteniéndose vibrante, alcance su objetivo”.
Y ya pasa al apartado primero, “La devoción en las enseñanzas de san Josemaría”: “Somos enamorados del Amor. Por eso, el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una cosa sin vida: ¡nos quiere impregnados de su cariño!” (“Forja”, nº 492). Estas palabras de san Josemaría encuadran el planteamiento para afrontar su vida cristiana y, en concreto, las prácticas de devoción. Siendo una disposición de la voluntad, la devoción, por su naturaleza, trasciende la sensibilidad. Sin embargo, la unidad del cuerpo y alma en el hombre otorga una originalidad propia a los actos de devoción. Así, cuando los actos de devoción son firmes y sinceros, pueden mover a la sensibilidad, y sobre todo a esa realidad, más profunda que la sensibilidad, que se suele designar como “corazón”. En san Josemaría los actos de devoción son fruto de un corazón encendido que se propone positivamente amar a Dios, como puede verse, por ejemplo, en el trato con Santa María: “yo entiendo que cada Avemaría, cada saludo a la Virgen, es un nuevo latido de un corazón enamorado” (“Forja”, nº 615).
Es claro que se trata de una actitud que no se basa en la emotividad y que implica un esfuerzo querido y consciente, meditado, de expresar a Dios el deseo de amarle sobre todas las cosas, que puede estar en ocasiones acompañado de afectos sensibles, o en otros momentos de sequedad: “No me importa contaros –confiaba san Josemaría– que el Señor, en ocasiones, me ha concedido muchas gracias; pero de ordinario, yo voy a contrapelo. Sigo mi plan no porque me guste, sino porque debo hacerlo, por Amor. Pero, Padre, ¿se puede interpretar una comedia con Dios?, ¿no es una hipocresía? Quédate tranquilo: para ti ha llegado el instante de participar en una comedia humana con un espectador divino. Persevera, que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, contemplan esa comedia tuya; realiza todo por amor a Dios, por agradarle, aunque te cueste” (“Amigos de Dios”, nº 152).
Conviene recordar también que el hombre necesita de realidades sensibles para los actos de culto y por eso recurre a imágenes, palabras, gestos, que guardan analogías con los sacramentos en cuanto signos sensibles de una realidad invisible, es decir, como medios que remiten a una realidad sobrenatural. Así se entiende este consejo: “pon en tu mesa de trabajo, en la habitación, en tu cartera…, una imagen de Nuestra Señora, y dirígele la mirada al comenzar tu tarea, mientras la realizas y al terminarla. Ella te alcanzará –¡te lo aseguro!– la fuerza para hacer, de tu ocupación, un diálogo amoroso con Dios” (“Surco”, nº 531).”
Continuamos con el apartado 2 del artículo, “Principales devociones en la enseñanza de san Josemaría”: “En el lenguaje cristiano se pasa relativamente pronto desde el término “devoción” en singular, que es el uso propio de la época antigua, al plural “devociones”, para indicar las prácticas en las que se concreta la actitud de devoción, y que contribuyen a su desarrollo. La lectura del capítulo “Devociones” de Camino (551-574), junto con otros escritos, y la consideración de su biografía, permiten captar diversos aspectos de la doctrina de las devociones en san Josemaría. En primer lugar, el tono de sus escritos manifiesta su experiencia personal: cuanto afirma está apoyado en lo que se esfuerza por vivir, tratándose, en muchas ocasiones, de puntos autobiográficos. En cuanto al objeto de las devociones, sigue la tradición cristiana que ha consolidado la devoción y las devociones alrededor de los grandes misterios de la fe y de los demás aspectos capitales de la doctrina católica”.
Y explica que pasa a exponer a continuación las principales prácticas de piedad que vivió y recomendó san Josemaría sin pretensión de enumerar todos los aspectos de cada una. “Es interesante destacar que, ya desde los primeros años, las distribuyó a lo largo de la semana, para así no dejar de tener presente las más importantes: “el domingo lo dedicaré a la Trinidad Beatísima. El lunes, a mis buenas amigas las Ánimas del Purgatorio. El martes, a mi Ángel Custodio y a todos los demás Ángeles Custodios, y a todos los ángeles del cielo sin distinción. El miércoles, a mi Padre y Señor San José. El jueves, a la Sagrada Eucaristía. El viernes, a la Pasión de Jesús. El sábado a la Virgen Santa María, mi Madre” (Apuntes íntimos, n. 568: AVP, I, p. 419, nt. 215). Pero pasemos ya a enumerar esas devociones.
a) Santísima Trinidad
San Josemaría, haciendo suyo el uso de la liturgia, enseña a dirigirse a las tres Personas divinas, tratándolas singularmente, como aconseja: “aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima. –Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras” (F, 296). Se trata de una invocación que contribuye a alimentar el recuerdo constante de la Trinidad, cuyo punto de arranque se encuentra en el acto de culto por excelencia, la Eucaristía: “El amor de la Trinidad a los hombres hace que, de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias (…). Es el sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo: oblación de valor infinito, que eterniza en nosotros la Redención, que no podían alcanzar los sacrificios de la Antigua Ley. En la Misa que ahora celebramos, interviene de modo especial la Trinidad Santísima. Corresponder a tanto amor exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos” (ECP, 86-87).
b) Jesucristo
La devoción al Verbo encarnado ocupa un lugar preponderante en las devociones del fundador del Opus Dei porque “todo el poder, toda la majestad, toda la hermosura, toda la armonía infinita de Dios, sus grandes e inconmensurables riquezas, ¡todo un Dios!, quedó escondido en la Humanidad de Cristo para servirnos. El Omnipotente se presenta decidido a oscurecer por un tiempo su gloria, para facilitar el encuentro redentor con sus criaturas” (AD, 111). Para profundizar en el misterio de Cristo recomendaba meditar su vida mediante una lectura atenta del Evangelio, aunque sin dejar de destacar algún aspecto, como la Pasión, el trabajo de Cristo y la realidad de Jesús Niño, que le conmovía profundamente, como pone de relieve su libro de Santo Rosario del que tomamos este pasaje: “¡Qué bueno es José! –Me trata como un padre a su hijo. –¡Hasta me perdona si cojo en mis brazos al Niño y me quedo, horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!… Y le beso –bésale tú– y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Único, mi Todo!…” (SR, Tercer Misterio Gozoso). Por lo que se refiere a la Pasión recordemos el punto 382 de Camino: “Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”. –Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?”. Así como su recomendación del Via Crucis, tema de uno de sus libros y de la que afirma en Camino: “¡Esta sí que es devoción recia y jugosa! Ojalá te habitúes a repasar esos catorce puntos de la Pasión y Muerte del Señor, los viernes. –Yo te aseguro que sacarás fortaleza para toda la semana” (C, 556). En el contexto de la Pasión, la meditación sobre las llagas de Cristo ocupa también un lugar de relieve. Invita a introducirse en ellas para purificarse, empaparse de la Sangre de Cristo y encenderse en amor (cfr. F, 5).
Unido al sacrificio redentor, el fundador del Opus Dei venera el signo del cristiano y aconseja: “antes de empezar a trabajar, pon sobre tu mesa o junto a los útiles de tu labor, un crucifijo. De cuando en cuando, échale una mirada… Cuando llegue la fatiga, los ojos se te irán hacia Jesús, y hallarás nueva fuerza para proseguir en tu empeño. Porque ese crucifijo es más que el retrato de una persona querida –los padres, los hijos, la mujer, la novia…–; Él es todo: tu Padre, tu Hermano, tu Amigo, tu Dios, y el Amor de tus amores” (VC, XI Estación). En este contexto se sitúa la presencia de la cruz de palo que dispuso que se colocara en los oratorios de los centros del Opus Dei: un madero oscuro, sin la figura de Cristo, a modo de llamada al sacrificio escondido de cada día, “porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella” (C, 277).
Son muy abundantes sus detalles con Jesús sacramentado: no sólo aconseja la visita al Santísimo Sacramento (cfr. C, 554), sino también acompañarle, si no es posible físicamente, al menos haciendo que el corazón se escape desde el lugar de trabajo al sagrario (cfr. F, 746), esa “cárcel de amor”, pues “desde hace veinte siglos, está Él ahí… ¡voluntariamente encerrado!, por mí, y por todos” (F, 827).
c) Espíritu Santo
El fundador del Opus Dei procuró mantener, desde muy joven, un trato íntimo con el Paráclito, como revelan anotaciones de 1932-34 (cfr. CECH, 266-269). Una muestra de su ardiente devoción se recoge en este punto de Forja de sabor autobiográfico: “Siempre llevaba, como registro en los libros que le servían de lectura, una tira de papel con este lema, escrito en amplios y enérgicos caracteres: ure igne Sancti Spiritus! –Se diría que, en lugar de escribir, grababa: ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Esculpido en tu alma y encendido en tu boca y prendido en tus obras, cristiano, querría dejar yo ese fuego divino” (F, 923).
Partiendo de la fe en la cercanía al Paráclito, sugiere: “frecuenta el trato del Espíritu Santo –el Gran Desconocido– que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. –El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones” (C, 57). De este modo, pone de relieve la tarea incesante de la Tercera Persona divina, y al mismo tiempo subraya cómo corresponder: “la tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón” (ECP, 130).
d) Santa María Virgen
La piedad mariana impregna la vida de san Josemaría, que se sintió siempre un hijo que confía plenamente en la tierna mediación de su Madre, como afirma en Forja: “has de sentir la necesidad urgente de verte pequeño, desprovisto de todo, débil. Entonces te arrojarás en el regazo de nuestra Madre del Cielo, con jaculatorias, con miradas de afecto, con prácticas de piedad mariana…, que están en la entraña de tu espíritu filial. –Ella te protegerá” (F, 354). Rezaba habitualmente la oración de ofrecimiento a Santa María –¡Oh Señora mía, oh Madre mía!…– que le enseñaron sus padres (cfr. AD, 296). Su devoción a María Santísima tiene una honda entraña teológica y sacramental: le gustaba recordar, en conformidad con su tendencia a relacionar lo humano y lo divino, que “Jesucristo concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en la Santa Misa” (ECP, 89).
En el rezo del santo Rosario, enfatiza que Nuestra Señora se encarga de conducir a quien lo reza por caminos de contemplación al meditar los gozos, dolores y la gloria de la Virgen. Aconseja también difundir esta práctica (cfr. F, 621). Y añade: “el Rosario es eficacísimo para los que emplean como arma la inteligencia y el estudio. Porque esa aparente monotonía de niños con su Madre, al implorar a Nuestra Señora, va destruyendo todo germen de vanagloria y orgullo” (S, 474). Tenía impuesto el escapulario del Carmen y lo valoraba de modo especial pues “pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. –Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!” (C, 500).
e) San José
Consciente de los frutos que la devoción a san José trae al alma, declara: “desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor” (ECP, 39). Viendo en él un modelo de fidelidad a la misión que Dios le confió, subraya: “mira cuántos motivos para venerar a San José y para aprender de su vida: fue un varón fuerte en la fe…; sacó adelante a su familia –a Jesús y a María–, con su trabajo esforzado…; guardó la pureza de la Virgen, que era su Esposa…; y respetó –¡amó!– la libertad de Dios, que hizo la elección, no sólo de la Virgen como Madre, sino también de él como Esposo de Santa María” (F, 552). Lo imaginaba joven, lleno de virtudes, y haciendo compañía de alguna manera a Jesús sacramentado junto a María (cfr. AVP, III, p. 730). Durante los siete domingos anteriores al 19 de marzo, meditaba los Gozos y Dolores del santo Patriarca.
f) Los Santos Ángeles
El recurso a los Ángeles se constata desde los primeros años de su vida. Subraya la ayuda que prestan en la vida interior: “tus comuniones eran muy frías: prestabas poca atención al Señor: con cualquier bagatela te distraías… –Pero, desde que piensas –en ese íntimo coloquio tuyo con Dios– que están presentes los Ángeles, tu actitud ha cambiado…: «¡Que no me vean así!», te dices… –Y mira cómo, con la fuerza del «qué dirán» –esta vez, para bien–, has avanzado un poquito hacia el Amor” (S, 694). Fue constante su recurso a los Ángeles Custodios: “pido al Señor que, durante nuestra permanencia en este suelo de aquí, no nos apartemos nunca del caminante divino. Para esto, aumentemos también nuestra amistad con los Santos Ángeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles!” (AD 315). Sugiere acudir a ellos al hacer apostolado, a la hora de la prueba, y para las situaciones de la vida corriente: “te pasmas porque tu Ángel Custodio te ha hecho servicios patentes. –Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti” (C, 565). Puso las labores apostólicas de la Obra bajo el patrocinio de los Arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.
g) Los santos
Desde sus escritos de juventud se aprecia confianza con los personajes del Nuevo Testamento, y particularmente con los Apóstoles. De hecho, nombró como patronos del Opus Dei, junto con los tres Arcángeles, a san Pedro, san Pablo y san Juan. Escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra a santa Catalina de Siena, san Nicolás de Bari, santo Tomás Moro, san Pío X y al santo Cura de Ars. Y en sus escritos se percibe un trato de afecto y familiaridad con las grandes figuras de la Iglesia: “no pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas: no le ames con tu corazón solamente (…), ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido. Sé audaz: dile que estás más loco por Él que María Magdalena, más que Teresa y Teresita…, más que María Magdalena, más que Teresa y Teresita…, más chiflado que Agustín y Domingo y Francisco, más que Ignacio y Javier” (C, 402).
h) Las almas del Purgatorio
Además de la intercesión de los santos, san Josemaría contaba con la ayuda que presta la Iglesia purgante: “las ánimas benditas del purgatorio. –Por caridad, por justicia, y por un egoísmo disculpable –¡pueden tanto delante de Dios!– tenlas muy en cuenta en tus sacrificios y en tu oración. Ojalá, cuando las nombres, puedas decir: «Mis buenas amigas las almas del purgatorio»…” (C, 571). Ofrecía sufragios y rezaba por ellas al finalizar el rezo del rosario.”
En fin, concluimos recordando que san Josemaría siempre recomendaba una gran libertad en la forma de enfocar cada uno su vida cristiana, pero recordaba que “los medios no han cambiado en estos veinte siglos de cristianismo: oración, mortificación y frecuencia de Sacramentos” y aconsejaba: “Ten pocas devociones particulares, pero constantes”.
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