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De algunos sufrimientos soslayados

Tres foramontanos en Valladolid 11 Sep 2020 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Marrakech. Acuarela de Hangel Montero en Hispacuarela de Facebook)

El otro día vi en la calle cómo una señora musulmana acompañada de una pequeña que tomé por su hija se detenía en espera de una joven con buen tipo que no llevaba la cabeza cubierta, lo cual me llevaría a suponer que probablemente ésta fuera cristiana y española.

De ahí que me surgiera una cuestión que juzgo interesante: el trance psicológico por el que supongo pasarán las muchas hijas de inmigrantes al comparar el tipo de educación que les inculcan en sus casas en lo que se refiere a las costumbres que ven alrededor y se refieren al comportamiento social de las mujeres. Por ejemplo, en cuanto a la forma de vestir, que entre las europeas parece tener por objetivo principal resaltar la belleza femenina y ocultar en lo posible sus defectos, para lo cual exhibirán en lo posible determinadas zonas y detalles de su anatomía y elegirán las formas y colores que producen el mejor efecto. Y, por supuesto, acudirán a la peluquería donde las modelarán la cabellera, y no contentas con esto, aprenderán a resaltar sus ojos y pestañas y a aplicar diversos tratamientos a su cabello y a su piel.

Ignoro hasta qué punto podrán ilusionarse con estas cosas quienes, como las musulmanas, no pueden hacer exhibición de sus encantos en la calle y habrán de limitarse a lucir y mostrar sus atractivos en familia o viéndose a sí mismas en el espejo de su dormitorio si es que dejan. Y esto no es sino un aspecto concreto de las diferencias que tendrán seguramente que aceptar en su renuncia a tantas otras cosas que las sociedades “avanzadas” ofrecen a las jóvenes en términos de libertad y relación con los demás y no digamos con los hombres.

Recordé entonces algo que leí en Estados Unidos hace tiempo respecto a la educación de los jóvenes judíos, que como consecuencia del éxodo sufrido se encontraban dispersos por el mundo: esto es, que al parecer, era normal que al llegar a cierta edad sufrieran una crisis por aquello de sentirse diferentes a su entorno. Y porque el mantenimiento de su identidad como pertenecientes a un pueblo elegido era considerada por sus padres como una cuestión de vida o muerte con vistas al horizonte de un soñado retorno. Así que sus educadores se esforzaban en asegurar que aquella particularidad de sus mayores mantenida a lo largo de los siglos se mantenía más allá de cualquier circunstancia y por encima de cualquier acontecimiento adverso. De ahí que hasta la creación del Estado de Israel cada generación siguiera siendo consciente de que corría el riesgo de disolverse en un ambiente cultural que no sería propiamente el suyo y actuaría en consecuencia exacerbando las diferencias existentes de forma sistemática y consciente.

Pero aquella interesante información de mi lectura no parece suscitar el interés de nadie aquí en España pese al problema de migraciones que hoy sufrimos. Solo quizá nos limitemos a hacernos algunas preguntas en relación con las familias chinas, pero no va más allá de preguntarse sobre la suerte de los parientes fallecidos: es decir, dónde van a parar los que aquí mueren; qué hacen con ellos.

Por mi parte tengo la impresión de que los españoles somos menos curiosos de lo que parece con excepción quizá de las revistas “del corazón”, pero éstas son cuestión de cotilleo. Da incluso la impresión de que la acumulación de información irrelevante ha saturado de tal modo la capacidad de reflexión del ciudadano medio, que la gente da ya por bueno cuanto “escucha”(1) aun a sabiendas de que pudiera estar trucado. Y ya no tiene tiempo para interesarse por los problemas de la gente ni para asombrarse de nada en absoluto, así que permanece ignorante de la razón de ser y el resultado de mucho de lo que la rodea; en este caso sin encontrar un hueco para preguntarse por el sufrimiento de las cada vez más numerosas musulmanas en edad de merecer que deben ocultar sus atractivos femeninos y cerrar los ojos para mirar hacia otro lado ante las sugerentes fotos que resaltan la belleza femenina en las revistas y periódicos cuando no entre los anuncios y películas.

Poco sabemos, en efecto, lo que piensan de verdad quienes comparten con nosotros las calles y las plazas y estudian ya en nuestras escuelas y universidades. Pero no es de extrañar teniendo en cuenta que aquí nadie se asombra ya de nada y ni siquiera se plantea que yo sepa muchas de las cosas que suceden. Cosas que debieran interesarnos siquiera por entender un poco más de nuestro entorno y, lo que es más importante, mejor imaginar nuestro futuro.

(1) Habrá usted observado, improbable lector, que el verbo “oír”” se encuentra en riesgo de extinción. Efectivamente, antes el español era capaz de distinguir entre “oír” y “escuchar”, que son cosas distintas, mientras ahora casi siempre se “escucha” y casi nunca se “oye”. Una prueba más de la mala formación gramatical de nuestro sistema educativo.

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