Por Javier Pardo de Santayana
(Ilustración publicada en la obra «Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junipero Serra», escrita por Fray Francisco Palou en 1787)
La nueva campaña antiespañola, enmarcada ahora en una pretenciosa “filosofía humanística” que rechaza violentamente cualquier vestigio de discriminación, sea ésta social, racial o sexual, nos viene a demostrar hasta qué punto se está tergiversando la realidad en un estúpido contexto de ignorancia.
Resurge ahora este exigente movimiento y lo hace en los Estados Unidos, donde tales problemas aún perviven pero aun así todavía nos salpican a nosotros, sufridos españoles que poco tenemos que ver con sus vetustas fobias, ya que, desde el mismo descubrimiento del continente americano nuestra Reina se esforzó por evitarlos haciendo ver que los nativos era hijos de Dios como nosotros. Quien esto escribe tuvo ocasión de vivir en directo diversos signos de exclusión hacia los negros norteamericanos allá por los sesenta, en sus momentos álgidos.
La repercusión de este problema nacional sobre lo que ha sido nuestra historia ha llegado al punto del rechazo oficial y de la destrucción de los recuerdos de grandes personajes de la Historia incluso en las instancias universitarias, como ha ocurrido con la figura de un ser tan admirable como Fray Junípero, declarado santo por otro santo muy reciente: San Juan Pablo II, a quien nadie podrá achacar una mentalidad anticuada u obsoleta. Que hasta este grado llegó la estupidez con que exhiben hoy su desnudez mental muchos de los “intelectuales” que hoy mueven el rabo hasta en lugares donde se esperaría un criterio más sensato. Esto sucede en pleno siglo XXI.
De aquí que considere imprescindible subrayar la categoría de unos hombres que superando mitos y quimeras abrirían nuevos caminos y horizontes a la raza humana: aventura que no se apoyaba en comportamientos ya consolidados dentro de un proceso de aprendizaje y a partir de avances seguros gracias a los recursos tecnológicos – como es el caso ahora – sino, por el contrario, como fruto de la ilusión y del esfuerzo; que no de otra forma surgirían, no sólo paisajes nuevos sino también mundos desconocidos y lejanos.
Su clave fue el valor, tan necesario para superar peligros evidentes. Nos basta para comprenderlo imaginar lo que sería a llegada de la noche para un reducido puñado de hombres en una tierra extraña y habitada por gente que acostumbrada a alimentarse de sus enemigos: seres carentes de trabas morales para hacerlo. Esto día tras día, que no otro sería el panorama vivido por los españoles, hombres casi siempre sencillos y hogareños.
Espero que la nueva generación, que habrá vivido la experiencia del terror universal causado simplemente por un ser diminuto a invisible, se hará cargo de la firmeza de ánimo con que se comportaron nuestro predecesores españoles y valorarán su temple y su osadía. Caerán en la cuenta, estoy seguro, de lo estúpido que ha sido despreciar el valor y la osadía de quienes rompieron las fronteras de lo desconocido, demostraron que el mundo era redondo, e incluso se enfrentaron a un imperio con tan sólo los Trece de la Fama. O que quemaron sus naves para no dar ya nunca marcha atrás en un honroso gesto de gallardía e implicación en el futuro desafiando incluso al horizonte.
Supongo que ahora, en nuestros días, cuando no dejamos de hablar de lo difícil que es para cualquiera abandonar su “zona de confort” y nos sentimos incapaces incluso de relacionarnos con nuestros iguales, aquellos exigentes a la par que ignorantes correveidiles internacionales que se permiten juzgar a nuestros héroes, se sentirán ridículos al verse inermes con las mascarillas con temor a abandonar sus confortables sillones tapizados ante la amenaza de un simple virus invisible que ni siquiera es consciente de sí mismo.
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