Por Javier Pardo de Santayana
(Picnic, 1989. Òleo de Botero.)
Echando un vistazo a lo que ha sido todos estos años mi colaboración con este blog, llego a la conclusión de que, observada en su conjunto, la ya abundante colección de mis artículos bien puede ser catalogada como la crónica de un tiempo azaroso que trastocó la historia de los hombres y cuyo valor, si lo tuviera, podrá ser el haber reflejado, desde el asombro de un octogenario, un mundo en transición que parece haber malogrado el positivo rumbo que llevaba tras un siglo de guerras sucesivas.
En efecto, cuando por fin ya respirábamos la paz, nos encontramos sumergidos en una situación insoportable en la que todo parece estar cambiando para mal. Mas de momento no se asusten ustedes demasiado ya que por ahora me limitaré a señalar algunos pequeños e incluso mínimos detalles; los que hoy vivimos como consecuencia de ese virus criminal que nos agobia con preocupaciones y temores y que cierra el camino a la esperanza a fuerza de nublar nuestro futuro.
Así, por lo que respecta a la salud, está cambiando la forma en que nos relacionamos con nuestro médico de cabecera, ya que en vez de acudir a hablar con él en su consulta lo haremos por teléfono cuando él nos llame el día y a la hora que se nos habrá comunicado previamente. Y en el caso de que el mal sea visible quizá nos solicite que enviemos una foto ilustrativa.
Por otra parte conviene recordar que entrar en el centro de salud no es ya una cosa tan fácil como antes, pues nos veremos obligados a hacer cola incluso a la intemperie, situación esta irrelevante si la comparamos con la que se nos presentará en el caso de que esperamos una operación quirúrgica, ya que en tal situación quizás lleguemos a manejar la posibilidad de que ésta caiga en el olvido o que la espera siga prolongándose hasta el punto de que acabemos fallecido antes de pasar a las manos del galeno. O decidamos aguantar tal como estamos.
Mas no es esto todo, pues cuando ya nos toque el turno nos harán permanecer aislados de nuestra familia incluso en riesgo de despedirnos de la vida. Quiero decir con esto que poco queda ya de lo que ha sido durante muchos años nuestra relación habitual con un modélico sistema sanitario.
¿Y qué me dicen de los funerales? De entrada se posponen “ad calendas grecas” esperando que las cosas cambien. Pero pasado el tiempo las previsiones no se cumplen, y acabamos de la misma forma que empezamos, esto es, con una acumulación de compromisos semejantes en los mismos días y con unos actos a los que asisten no más de cuatro gatos y con la sensación de estársela jugando. Así que al final nos atosigarán con la pregunta de si de verdad somos conscientes del riesgo que corremos (por nuestra edad, se entiende).
Algo relativamente semejante sucede en estos días con las bodas, que, como ustedes sabrán, hoy se complican hasta lindar lo grotesco y excesivo. Pues dadas las actuales circunstancias se hace imposible fijar fechas definitivas que garanticen un resultado conforme a los deseos de los novios, circunstancia que no tiene ninguna solución por el momento salvo, claro está. reduciendo el número de los amigos y parientes invitados.
Mas no parece que por ahí vayan los tiros todavía pese a la ventaja que supone la posibilidad que tan penosa circunstancia ofrece de celebrar el enlace con menor gasto económico, ventaja no desdeñable en estos días y que hace más asequible y más tranquilo el presionante trance de la boda.
Claro que una segunda opción podría consistir en simplemente “arrejuntarse”, que es obviamente más barato y cada vez más frecuente en esta España “vaciada” de lo que fueron sus convicciones y costumbres.
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