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El paso del tiempo en nuestro día a día

Tres foramontanos en Valladolid 24 Oct 2020 - 07:21 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

 

(Santoña. Obra del acuarelista inglés sir Edgar Thomas Ainger Wigram)

Una de las cosas que nos permiten percibir de forma más evidente el transcurso del tiempo es regresar a un lugar donde quedó impresa nuestra juventud. En este caso se trata de la casa de mis padres junto a las marismas de Santoña, allá donde  arranca la carretera de los puentes que conducen a esa villa. Vuelvo ahora en este otro “puente” del Pilar y paso a visitar a aquellos de mis sobrinos que hoy tienen la responsabilidad de mantenerla, y les veo empeñados en algunas obras requeridas por los demasiados lustros que a la casa se han acumulado. Ahora se hallan ocupados – con la ayuda de carpinteros del pueblo de Cicero – en modificar todas las ventanas-puerta que dan a la amplia terraza donde nos reuníamos en verano, y la cosa resulta sencilla ya que piensan conservarlas sin cambiar nada más que la madera, casi podrida ya. O sea que el trabajo requerido será esencial para el futuro pero no se notará siquiera a simple vista.

También, según nos dicen, se piensa salir al paso de los daños que ha sufrido el garaje con los años. Y es que, en efecto, aunque sea mucho más reciente – fue construido hace sólo algo más de los cincuenta años – tiene ya el tejado muy dañado y con las tejas desorganizadas por el viento. Ahora piensan montarlo de nuevo con una estructura bastante mas sencilla.

Mi misma casa está esperando que podamos restaurarla, pues aunque es del 92 ha conocido el abrazo de la hiedra. Fue en un solo año en que ésta enraizó sin darnos tiempo a suprimirla, y luego creció y creció ya fuera de control hasta cubrir la casa entera e intentar cubrir también el techo, lo cual requiere un trabajo complicado que requerirá tiempo y dinero.

Sí, desgraciadamente el tiempo es imparable y nos lo recuerda continuamente como queriéndonos retar cosa que ha practicado especialmente el actual año, hasta tal punto que en los últimos meses se ha puesto ya al nivel de la pandemia tras haber sacudido sin piedad esta región con vientos y lluvias incesantes. Así se ha llevado por delante la protección con que nuestro hijo intentó evitar posibles daños en la embarcación que está poniendo a punto, e hizo crecer la vegetación  en un terreno listo ya para montar la huerta que yo mismo liberé de la invasión de “malas hierbas” hace tan sólo poco más de quince días.

Y, aun sin salirnos del escenario en que ahora mismo reflexiono, recibo la noticia de que la señora que durante mucho tiempo vino a la casa grande para preparar la comida no parece ya estar en condiciones de seguir haciéndolo.

Otro excelente ejemplo del feroz deterioro de la vida con el paso del tiempo es la cercana villa de Santoña, donde hace ya un montón de años recalaron los empresarios italianos que enseñarían a sus habitantes a convertir los boquerones en anchoas. Pues, aunque las empresas hace unos años serían trasladadas a la zona industrial, los viejos edificios permanecen, ya deteriorados, en las cercanías de las dársenas del puerto sin que ningún alcalde haya sabido o podido eliminarlos del paisaje, algo que el sentido común está pidiendo a gritos.

Para terminar diré que en el camino de venida, antes del puerto de Los Tornos pero pasado el pueblo de Medina de Pomar, tenemos la costumbre de no perdernos observar como año tras año se va convirtiendo en una ruina cierta propiedad puesta a la venta, pues su estado es ya tal que últimamente resulta  hasta ridículo ver que sigue allá el letrero que lo anuncia.

He aquí una buena muestra de efectos familiares y caseros, por no decir cotidianos, que surgen sin querer cuando se reflexiona sobre el paso del tiempo: esa cosa que no se sabe qué es y que además no hay forma de pararla.

 

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