Por Javier Pardo de Santayana
(La sonda OSIRIS-REx)
No es por preocuparle a usted más de lo que desgraciadamente está, sino para todo lo contrario. Sé que será consciente de que el panorama de paz que al terminar el siglo vislumbramos se está esfumando, y que tenemos a la puerta un hundimiento económico y social sin precedentes. Sé, sobre todo, que para rematar tan angustioso panorama, la Humanidad entera se siente amenazada por un virus insidioso. Sé que para meter miedo en Halloween no necesitaremos disfrazarnos.
Estamos obligados en cambio, a meditar sobre la forma de abordar situaciones inesperadas o sobrevenidas que, como la actual, pudieran poner en peligro la supervivencia de la raza humana, como ocurrió el siglo pesado con la amenaza nuclear que se expresó trágicamente en Hiroshima y Nagasaki. Una amenaza que, no lo olvidemos, aún subsiste.
Todo esto lo vivimos ya, así que conocemos su peligro. Pero no el único problema remanente, pues, por ejemplo, habrá que vigilar estrechamente también otra amenaza, la que los expertos anunciaron en fecha más reciente y que trataba de la posibilidad cierta de que el día menos pensado nos alcanzara una llamarada procedente del sol que habría que afrontar de alguna forma. Así que los expertos han puesto manos a la obra y acercado sus ojos a la estrella en busca de un mejor conocimiento de sus costumbres y peligros.
Pero el mayor riesgo potencial a largo plazo está seguramente en el eventual impacto de un meteorito, del cual también hay experiencia registrada: la de aquel nefasto día de hace 4,500 años en que uno cayó en el Yucatán produciendo un hoyo impresionante y borrando del mapa el 76 % de las especies animales – entre los cuales también los dinosaurios – y liberando una energía equivalente a millones de bombas atómicas.
Viene todo esto a colación porque nos acaban de anunciar la realización de un impresionante experimento como lo suelen ser últimamente los que hoy tienen lugar en el espacio – consistente en abordar al asteroide Bennu para arrancar de él, mediante una explosión sobre la marcha, pequeños fragmentos de roca de entre 60 gramos a 2 kilos que se traerían a la Tierra para estudiar a fondo su naturaleza: una operación ciertamente complicada puesto que tanto el meteorito como la sonda de la NASA, cuyo nombre es Osiris-Rex se moverían a una velocidad de 100.000 kilómetros por hora en contraste con el tiempo disponible para hacer la extracción: tan sólo 10 segundos.
Ahora, con el objeto de que usted, improbable lector mío, se haga una ligera idea de la complejidad de la maniobra, le haré saber que Bennu tiene un volumen parecido al del Empire State de Nueva York, como también que el artefacto humano que destaca su brazo para capturar el mínimo trozo de roca en ese espacio también mínimo de tiempo sin dar lugar a un choque destructivo – es decir, con la delicadeza de un cirujano experto – abulta más o menos lo que un pequeño minibus. Increíble, mas cierto. Así, la nave de la NASA, tras de dar vueltas en torno al meteorito, hacer fotografías para levantar un mapa y arrancar de un pedregal su preciado aunque mínimo objetivo sin producir un choque aunque la sonda se le acerque hasta sólo 16 metros de distancia – regresará a la Tierra el año 23 con el deber cumplido.
Nada nos dicen, sin embargo, las noticias de la verdadera trascendencia de este hecho, que seguramente no traspasará las candilejas del interés humano más allá de considerarlo intranscendente y constatar que la ciencia sigue inventando cosas que nunca llegarán a sorprendernos. Y sin embargo quizás gracias a ellas – a haber constatado la posibilidad de dirigirnos hacia un meteorito y destruirlo, o lo que quizá sea más sencillo, desviar su curso en el espacio – pueda seguir la vida en el planeta. Que éste bien pudiera ser el objetivo directo o indirecto del ya citado “Osiris-Rex”.
PS: – La misión a la que me refiero, que será seguramente interpretada por la gente como una investigación esotérica cosa de sabios e investigadores cuyo interés principal radica en el hecho de que Bennu se formó más o menos al mismo tiempo que nuestro planeta, bien pudiera servir también como un paso importante en el proceso de asegurar nuestra defensa aeroespacial. Pues se hace preciso señalar que, aunque pequeña – una entre 2700 – la posibilidad de que al final del siglo XXII recibamos de nuevo el impacto de un meteorito no debe ser en absoluto desechada,.
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