Por Javier Pardo de Santayana
No sé si mi improbable lector pensará de mí que se me notan los ochenta y siete, pero a fuer de veraz confesaré que mi dificultad para entender quizás esté justificada.
Me refiero al tema de las mascarillas, que dentro del monotema del coronavitus constituye a su vez un tema estrella, no sólo porque el uso de un bozal merece de por sí una cierta reflexión siendo como es universal, sino particularmente porque, habiendo sido objeto de una generosa difusión en cuanto a las normas de su uso, tan laudable intención ha devenido en un auténtico fracaso.
Esta es la sencilla razón por la que, si me permiten, tomo hoy la pluma.
No me quejaré, naturalmente, del hecho de tener que soportar las múltiples molestias que soporto, entre los cuales no es la menor tener que recurrir a la aplicación de productos ad hoc para evitar o aminorar al menos los efectos de mi respiración en los cristales de las gafas, o de los derivados de las dificultades para expresarse con cierta naturalidad desde detrás de tal obstáculo. Sólo procuraré transmitir sencillamente la estupefacción que me origina el hecho de que a estas alturas, transcurridos ya bastantes meses desde que se implantó la famosa mascarilla protectora, tengo la impresión de que la gente en general – y un servidor de ustedes en particular – sigue ignorando muchas cuestiones esenciales sobre ella. Algo que he de admitir que aún me sorprende.
Ahora – creo que esto fue ayer o antes de ayer – todos los medios disponibles comentaron que el tipo de mascarilla conocido como ffp2 era el mejor y más seguro. Y claro, pensé que ante la amenaza de muerte que supone el virus conocido como covid-9 tiene pajolera gracia que nos hablen de mascarillas mejores o peores, pues se supone que siguen a la venta – y efectivamente lo están – no sólo mascarillas que garantizan la protección que de ellas debemos esperar, sino otras muchas que como mínimo no son tan eficaces.
Así que se me ocurre que lo normal y deseable sería que, una vez definida la mascarilla más segura, ésta fuera adoptada como obligatoria para todo el mundo, para lo cual se suprimirían las demás y se tomarían las medidas necesarias para suministrarla o ponerla a la venta subvencionándola si fuera necesario y procurando que su precio resultara asequible. O sea que no hubiera la posibilidad de que alguien adquiriera el virus por comprar “de las baratas”.
Pero no se limita a eso mi sorpresa. Pues ésta también alcanza al hecho de que la frecuencia con que nos mantienen pendientes de su uso a través de los medios de comunicación lejos de aclararnos nos perturba. Así no podemos entender que después de un buen montón de meses escuchando historias, recomendaciones e instrucciones y consejos relativos al empleo de estas protecciones y sobre lo que hemos de hacer para seguir viviendo y que no se eternicen los contagios, la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos siguen, esa es por lo menos mi impresión ahora, sin saber a ciencia cierta qué deben hacer concretamente sobre este aspecto de la lucha contra la pandemia. Por ejemplo, la mayoría seguimos ignorando si podemos utilizar ese montón de mascarillas usadas de las que echamos mano cada vez que salimos a la calle. O cómo organizarnos para reutilizarlas si esto fuera posible supongo que lavándolas. Y cuántas veces podemos repetir este proceso que tampoco conocemos en detalle.
Como tampoco solemos tener claro lo de quién transmite al usar la mascarilla, ya que con frecuencia hemos oído que la mascarilla no nos protege a nosotros, sino al prójimo, cuando la idea más generalizada es que con ella nos estamos protegiendo de los aerosoles del vecino. Y me resulta difícil suponer que la mayor parte de nuestros conciudadanos tienen la casa organizada de forma que mantienen adecuadamente el control del conjunto familiar de mascarillas: de las no usadas, de las usadas una vez, de las que corresponden a los niños, de las que todavía esperan ser lavadas, de las secas o de las inútiles. Y de las que ya no valen, que por cierto ¿cuáles son y cómo nos deshacemos de ellas?
En fin, un lío que necesita simplificación y unas normas sencillas y aplicables. Quizás menos información, pero más útil.
Home