Por Javier Pardo de Santayana
(Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla el pasado día 16)
Me gustaría saber lo que hoy se piensa en Europa de nosotros. Supongo, como supongo pensará usted, dilecto aunque improbable lector mío, que, para empezar, no será bueno. Imagino que una vez más dirán o por lo menos pensarán algo así como “estos no tienen solución; siempre acaban igual, o sea peleándose”. Y puede que añadan luego: “pues qué pena, ¡cuando ya creíamos que eran gente tratable!”
También se dirán, si es que nos visitaron algún día y disfrutaron de nuestra parte lúdica: “parece mentira que viviendo en un país acogedor en el que siempre reina un ambiente como de fiesta permanente estén en realidad siempre enfadados los unos con los otros ” Y no comprenderán por qué nos cuesta tanto ponernos de acuerdo simplemente, siendo como somos por naturaleza tan familiares y entrañables.. Cuando festejamos todo de forma tan sonora y explosiva, cuando nos damos esos abrazos con que nos frotamos incluso las espaldas…
Recordarán – supongo – ustedes, que hace tan solo veinte años decidimos sumarnos a la tarea de rematar el siglo y comenzar otro nuevo situándonos en la vanguardia de la construcción de una Europa unida y sobre todo ilusionada que se convertiría en modelo exportable para el mundo. Y que lo hicimos en vanguardia, mostrando nuestra capacidad y nuestro convencimiento ilusionado, junto con los mejores a la hora de modular el futuro en el que entrábamos.
Nos veían entonces nuestros camaradas europeos identificados y solidarios en la idea de un continente unido y poderoso y en la entusiasta aceptación del Pensamiento Occidental de democracia y libertad junto al respeto a una cultura compartida, mientras nuestro nivel de vida y nuestro desarrollo corrían parejas con los de los países más punteros, así que no puedo dejar de suponer que el contraste entre esta visión – que supongo favorable – con la mala impresión que ahora reciben les llevará a la conclusión de que, definitivamente, no tenemos remedio alguno y que debe existir una razón profunda que nos impide vivir en paz entre nosotros. Y supongo que muchos se habrán preguntado cómo es posible que volvamos a la greña cuando de forma tan generosa y sabia parecíamos habernos integrado en la vanguardia de la modernidad. Quizá llegaran a la conclusión de que en el momento más inoportuno ha surgido en una parte de nuestra sociedad un sentimiento de enfrentamiento y de revancha que parecía afortunadamente superado. Y se habrán asombrado también de que haya prosperado la resurrección de algunos desechos del pasado siglo, como el desprestigiado comunismo,
El hecho es que si nuestros compadres europeos tienen mejor memoria que nuestros gobernantes y recuerdan lo que pasó aquí en los años treinta, quedarán asombrados al constatar que se repiten casi exactamente las mismas causas para el enfrentamiento: la creación de un Frente Popular con sus acuerdos con los comunistas revolucionarios, ignorando que tras la llamada “Guerra Fría” éstos acabarían renegando hasta de sus propios promotores rusos. Y más teniendo en cuenta que ahora reaparecen en versión adoptada hasta el ridículo por gerifaltes que son caricatura de sí mismos pero pretenden exportar incluso sus fracasos a las costas del mar Mediterráneo.
Todo esto es lo que ahora nos proponen en una exhibición de desvarío y de ignorancia movida por la ocasión que se les brinda de denigrar a quienes en su día, hace ya más de ochenta años, se enfrentaron con algo parecido cuando el comunismo hoy fracasado sacaba pecho amenazando al mundo con imponer sus ideas subversivas.
No cabe, pues, un mayor desvarío que éste de repetir los errores de unos antecesores que, cuando mayor entusiasmo y esperanza inspiraba ya nuestro futuro, intentan imponernos aquel sistema destructor para nuestra cultura y nuestra fe: de todo cuanto nos unía y vertebraba.
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