Por José María Arévalo
(Joven pareja , hacia 1931-1935, acuarela de Emil Nolde)
En 1993 el Estado español adquirió la mayor parte de la Colección Thyssen, una significativa selección de obras del expresionismo alemán, y así pasó a pertenecer al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza un arte hasta entonces inexistente en las colecciones españolas. La exposición “Expresionismo alemán en la colección del barón Thyssen-Bornemisza” reúne, del 27 de octubre de 2020 al 14 de marzo de 2021, por primera vez en décadas, 80 de las joyas de maestros expresionistas de su galería que quedó en manos de su mujer, Carmen Thyssen-Bornemisza, y de sus hijos. Con ella la pinacoteca comienza la conmemoración del centenario del nacimiento de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, que se celebra en 2021.
Cuando en mayo de 1961 Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza (1921-2002) adquirió “Joven pareja”, una acuarela de Emil Nolde, iniciaba un cambio de rumbo en el coleccionismo de la familia Thyssen. Si durante el periodo de entreguerras su padre, Heinrich Thyssen (1875-1947), había reunido una extraordinaria colección de maestros antiguos, entre los años setenta y noventa del pasado siglo él desarrolló una intensa actividad coleccionista de los principales movimientos artísticos del siglo XX, entre los que el expresionismo ocuparía un lugar primordial.
Para expiar el pasado filonazi de su familia
Unos cuadros que el barón persiguió por salas de subastas y colecciones de todo el mundo y cuya compra le sirvió para expiar el pasado filonazi de su familia. «El hecho de que estos artistas hubieran sido oprimidos por el régimen nazi y su arte etiquetado oficialmente como degenerado fue un incentivo añadido para coleccionarlos», reconocía el propio barón al apostar por un tipo de pintura que se movió entre el éxito y la condena, muy alejada de los intereses paternos.
«Fue un coleccionista rebelde. Se rebeló contra el conservadurismo de su padre y el pasado nazi de la familia, en especial de su tío Fritz. Cambió el rumbo de la colección cuando podía haber seguido la tradición», destaca Paloma Alarcó, jefa de Pintura moderna del Thyssen y comisaria de ‘Expresionismo alemán’, la muestra con la que el museo trata de retomar velocidad de crucero en plena pandemia.
«Con los 80 cuadros expuestos se puede explicar todo el expresionismo alemán», asegura Alarcó de una muestra brillante, en la que apabulla la calidad de las obras y los artistas: Munch, Nolde, Van Gogh, Kandinsky, Klee, Gauguin, Grosz, Feinninger, o Macke entre muchos otros.
(Munich. Óleo de Kandinsky)
Cambio de la habitual distribución cronológica
La muestra cambia la habitual distribución cronológica del expresionismo en las salas para ofrecer una visión renovada que se articula alrededor de tres conceptos: el proceso de creación de las pinturas, su temprana recepción por parte de la crítica y el público, hasta su denigración por el régimen nazi y su ulterior rehabilitación en la posguerra, y por último, la relación del barón con sus marchantes y los proyectos expositivos que organizó para difundir su colección en el contexto internacional.
En palabras del barón
«Fue a principios de los años sesenta cuando compré mi primera obra de un expresionista alemán. Se trataba de una acuarela de Emil Nolde de hacia 1931-1935 que mostraba a una pareja joven. Me llamó inmediatamente la atención su audaz gama de colores y la atmósfera tan particular que emanaba de ella».
«Yo sentía en este arte un espíritu distinto, un espíritu de libertad que rompía totalmente con la tradición académica».
«El hecho de que estos artistas habían sido oprimidos por el régimen nacionalsocialista y arte etiquetado oficialmente como degenerado fue para mí un aliciente adicional para coleccionarlos».
(Fränzi ante una silla tallada, 1910. Óleo de Kirchner)
«Ketterer me guio en mi descubrimiento del expresionismo. Kirchner se convirtió en mi artista favorito y Ketterer era el albacea de Kirchner, así que yo estaba cerca de la fuente. Cuando Ketterer necesitaba dinero, me ofrecía venderme algo de su propia colección. Yo siempre elegía una de las mejores piezas, y él se resistía… me decía que cada vez le dolía como perder una parte de sí mismo».
«Durante años había intentado sin éxito encontrar en el mercado una obra importante de Franz Marc. Finalmente, mi insistencia se vio recompensada cuando pude comprarle “El sueño”, de 1913, a Leonard Hutton en Nueva York. Hutton es otro marchante al que debemos elogiar por conceder a los expresionistas alemanes el lugar que merecen».
Cuadros con pedigrí
Destaca Alarcó cómo en su búsqueda «el barón se movió por todos los países y demostró una mentalidad enciclopédica». «Sabía muy bien qué quería y perseguía lo que le faltaba. Son todos cuadros con pedigrí», resume la comisaría, que destaca la debilidad del barón por artista como Kirchner o Nolde, y que todas las piezas fueran «compradas por él».
Tras heredar el grueso de la colección del padre, fallecido en 1947, Heini, como los suyos llamaban al joven barón, comenzó a adquirir pinturas pensando en continuar su labor. Durante quince años coleccionó sólo obras de maestros antiguos, hasta que empezó a sentirse incómodo con las ideas paternas que despreciaban el arte moderno. «Mi padre me lavó el cerebro para que pensara que el arte se acababa en el siglo XVIII y que el del siglo XX tenía poco interés. Durante mucho tiempo le creí», reconoció el barón en una entrevista.
(Sueño. Óleo de Franz Marc)
«El hecho de que parte su familia fuera filonazi hace que el rescate de esa obras sea una forma de expiar su pasado. Era su manera de decirle a todo el mundo que no pensarán que era como su tío Fritz, muy cercano Hitler», asegura Alarcó. Su reactiva filia expresionista «fue también la puerta al coleccionismo de arte modero, al cubismo a las vanguardias rusas o a la pintura americana, que acabó siendo determinante en la colección», subraya la comisaria. «El expresionismo alemán fue el punto de partida de mi colección de maestros del siglo XX» reconocía el propio aristócrata.
Generación maltratada
Alarcó ha querido contar además con la exposición la relación del barón con sus marchantes y el auge y caída de la generación de grandes pintores, «muy maltratada por la historia». Tuvieron cierto éxito al principio que sepultó el estallido de la I Guerra Mundial. Volvieron a tener cierta relevancia con el armisticio y se midieron de tú a tú frente al cubismo, el fauvismo y el futurismo. Pero llegaron los nazis y lo etiquetaron como arte degenerado, condenándolos de nuevo al ostracismo del que saldría en el último cuarto del siglo XX. «Fueron unos artistas desgraciados, que reaccionaron frente al conservadurismo y acabaron marcados por el trauma de las guerras y la implacable censura nazi, que al denigrarlo como arte degenerado se mofó de ellos».
Hay que compartir el arte
La última exposición en vida del barón fue en Villa Favorita, su residencia en Lugano, y estuvo dedicada al expresionismo. Con la que ahora acoge el Thyssen, el museo se suma al espíritu del aristócrata y mecenas, convencido de que el arte hay que compartirlo. «El arte es una de las más sublimes formas de comunicación, aquella que extrae lo mejor qué encierra el ser humano», aseguraba el último marido de Camen Cervera, que a partir de 1960 puso en marcha una frenética actividad expositiva por todo el mundo para mostrar su enciclopédica colección. Una política que le desvinculaba de nacionalismo alemán que guió a su padre y le identificaba con los valores de la nueva identidad alemana no belicista, más moderna e internacional.
Con esta muestra el Thyssen anticipa el homenaje en el centenario del aristócrata –se cumple el 13 de abril de 2021– que aumentó exponencialmente el valor de una colección que acabaría vendiendo al Estado español, que pagó 350 millones de dólares en 1993 por 775 obras. Todas las piezas expuestas proceden de la colección del barón, de la de su viuda Carmen Thyssen, y de la de los hijos del coleccionista, Francesca y Alexander, que figuran con el crédito Thyssen-Bornemisza Collections.
(Metrópolis. Óleo de Grosz)
Munch, Van Gogh o Gauguin
La muestra recoge trabajos de Edvard Munch, Van Gogh o Gauguin, pero, sobre todo, se podrán admirar excelentes cuadros de Emil Nolde, Heckel, Franz Marc, Schmidt-Rottluff, Otto Mueller, Kandisnky, Paul Klee o Feininger, artistas reprimidos por el régimen de Hitler y que su arte fuera declarado como degenerado. Uno de los óleos presentes en las salas es una prueba fehaciente. «Metrópolis», un óleo de 1917 que realizó George Grosz, un artista poliédrico, de polémica personalidad, con unos principios claros que asoman en sus lienzos y los impregna de lecturas, arrastra una prueba indeleble de lo que eran las pretensiones nazis: en su bastidor aparece escrito: «Arte degenerado».
Para los seguidores de Hitler, este óleo, que muestra el caos inherente a las grandes urbes modernas, con sus ajetreos, prisas, insolidaridades y pobreza, debió resultar incómodo,
Este conjunto de artistas, de genética rebelde, tempestuosa, que renegaba del naturalismo y el impresionismo, apostaba por romper líneas, vivificar colores, quebrar las siluetas y encontró una belleza ultramoderna en lo inacabado, pero también sufrió las convulsiones del siglo XX. Sus biografías estuvieron alejadas de la visión del artista maldito o el creador encerrado en su taller. Vivieron la Primera Guerra Mundial (donde fallecieron algunos de ellos) y la Segunda Guerra Mundial. Afrontaron el Crack del 29 y el ascenso del nazismo que los condujo al exilio, la marginación y el vilipendio público de sus creaciones. «Cocina alpina», uno de los cuadros que abre la muestra, fue realizado por Kirchner en 1918, cuando todavía trataba de asimilar los traumas de la Gran Guerra.
(Bagatella. Óleo de Kandinsky)
La acuarela “Joven pareja” de Emil Nolde
Fue en mayo de 1961 cuando Hans Heinrich, a sus 40 años y cinco después de haber retomado la tradición coleccionista del padre, compró la primera pieza de un expresionista. Era la acuarela Joven pareja (hacia 1931-1935), de Emil Nolde. “Su audaz gama de colores y la atmósfera tan particular que emanaba de ella me llamaron inmediatamente la atención”, explicaría el comprador. Él mismo dejó claro cómo con esa adquisición se liberaba del todo del “lavado de cerebro” al que su padre le había sometido. Así, la línea que con Joven pareja abrió el tercer miembro de la saga Thyssen cambió el ADN de la colección familiar de arte al abrirla a la modernidad.
La operación tuvo lugar en la casa de subastas Stuttgarter Kunstkabinett, y se cerró por 39.000 marcos entre aplausos del público por haber alcanzado tal cantidad aun tratándose de una acuarela. A raíz de aquella sesión, de la que el barón salió con otras nueve pinturas de artistas diversos –entre ellos los también expresionistas alemanes Max Pechstein y Rudolf Levy– Hans Heinri, Heini, conoció a quien sería una figura clave en su trayectoria como aficionado al expresionismo: el fundador de la casa de subastas Roman Norbert Ketterer.
Expresionismo alemán en la colección del barón Thyssen-Bornemisza
La presentación de la muestra incluyó una intervención de la hija de aquel marchante, Ingeborg Henze-Ketterer. Según relató el conservador del museo e investigador del legado del barón, Juan Ángel López Manzanares, esta mujer “lloró amargamente durante días” cuando, siendo una niña, su padre descolgó de su habitación otra importante obra de esa escuela alemana que Heini le compró en una época de dificultades económicas para el tratante: Fränzi ante una silla tallada (1910), un óleo de Ernst Ludwig Kirchner que por esa historia pero también por su calidad y atractivo es otra estrella de la exposición.
Tal como subrayó el director artístico del museo, Guillermo Solana, la colección de expresionismo del Thyssen reúne a los principales autores del movimiento y abarca todas sus épocas. Eso permite al espectador hacerse idea de la variedad de formas que los diferentes artistas del movimiento y sus agrupaciones por áreas geográficas fueron dando a la tendencia, aun dentro de los denominadores comunes que los unieron; básicamente, el antinaturalismo en el color, que acabó acercándoles a los fauvistas y sus fieros pigmentos, y el antiimpresionismo en cuanto a la mirada. Pues si hay que subrayar una característica de los expresionistas es su empeño en representar no lo que veían sino lo que sentían.
(Niño. Óleo de Jalewsky)
“Toda obra de arte es hija de su tiempo y la mayoría de las veces, madre de nuestro sentimiento”. Esto lo escribió Kandinsky, en su ensayo De lo espiritual en el arte, y lo repitió la comisaria de la muestra donde el pintor ruso formado en Alemania tiene siete cuadros. La comisaria, Pilar Alarcón, hizo esa cita para añadir que “si alguna pintura es más hija de su tiempo que ninguna otra ésa es la de los expresionistas alemanes”. La también jefa de Pintura Moderna del Thyssen se refirió al éxito notable que la corriente adquirió durante la República de Weimar en entreguerras; a su abrupta caída en desgracia cuando los nazis la condenaron como parte del “arte degenerado”, al que incluso dedicaron una exposición en Munich bajo esa misma denominación, en 1937; y a su sorprendente renacimiento en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial.
La condena mundial de las barbaridades de Hitler y su gentuza cristalizaron de hecho en la mejor campaña de publicidad que los expresionistas hubieran podido soñar para sus creaciones. Y en esas estaba también el barón Thyssen, interesado como el que más en abjurar de toda sombra de relación con los nazis de su familia. No en vano la exposición incluye cinco obras repudiadas por los nazis, entre las que sobresale Metrópolis, de George Grosz: uno de los grandes artistas “degenerados”.
El mejor homenaje
Los fantasmas paternos y del nacionalsocialismo ejercieron como dos importantes acicates en la colección de expresionismo alemán del barón Thyssen. Pero hubo otro igual de relevante, dijo ayer Solana. Y es que para el magnate y coleccionista que elegiría España para pasar sus últimos años en España este tipo de arte le provocaba una fuerte sensación emocional, casi física. “Es como una droga”, llegó a decir.
El centenario de Hans Heinrich Thyssen se completará el año que viene con una muestra de esculturas, pinturas y piezas de orfebrería en poder de la familia; otra de pintura norteamericana y una más con el retorno temporal de 12 obras que se hallan en depósito en el Mnac, entre ellas La Virgen de la Humildad, de Fra Angelico.
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