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Sobre el aislamiento

Tres foramontanos en Valladolid 07 Feb 2021 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Ramón en el Norte de Castilla el pasado 28 de enero)

Si mi improbable lector realmente existe supongo que se habrá dado ya cuenta de que, efectivamente, andamos despistados a la hora de adjudicar nombres a las cosas en lo que atañe a nuestra reacción ante el coronavirus. Se dará cuenta de ello sobre todo si es vallisoletano, pues en tal caso espero que esté acostumbrado a manejar correctamente el castellano.

Se lo recuerdo: si hay dos expresiones que se repitan hasta el infinito, son ahora la de la ya famosa obligación de mantener la “distancia social” entre personas, y la de que nos encontramos  “confinados”, pues en buena ley – y en estos tiempos de sensibilidades excesivas – la primera bien puede ser interpretada como la necesidad de que los ricos sigan siendo ricos y los pobres sigan siendo pobres, y la segunda como que hemos sido castigados por alguna falta cometida, ya que según mi diccionario la primera y principal interpretación de la mencionada acción de “confinar” se refiere literalmente a la imposición de una “pena conflictiva por la que se relega al condenado a cierto lugar seguro en el que vive en libertad, pero vigilado por la autoridad”.

Mas lo que quisiera sobre todo destacar ahora es cómo en el hecho mismo del “confinamiento” que hoy se nos está imponiendo parece hacerse un excesivo énfasis en subrayar su faceta negativa de aislamiento, cuando precisamente es una ocasión pintiparada para congratularse y subrayar lo afortunados que hemos sido por vivir en un siglo como éste, en el que, gracias al empuje de generaciones anteriores, no se debiera utilizar con propiedad esa palabra para aplicarla a nuestro caso. Además, nunca en los millones de años de existencia del ser humano sobre este planeta pudo hablarse de conexión total entre nosotros, y sin embargo éste desideratum es realidad vivida en nuestros días y coexiste con la malhadada circunstancia de la extensión universal de un virus asesino favorecido a su vez por una globalización recién lograda que vino a potenciar y diversificar la comunicación entre la gente con un sinfín de opciones que no precisan de contactos físicos. Tan es así que ya nos permitimos alegremente despreciar lo que tenemos y quejarnos impunemente de ello.

Pero, ¿puede imaginar usted como sería la situación actual sin el recurso del móvil y el ordenador, que nos permiten tener a mano, gratis en la práctica  el contacto inmediato y estable con todas y cada una de las demás personas existentes y la información que necesitamos en cada momento, amén de acceder a toda clase de entretenimientos para ocupar el ocio? Esta posibilidad a todas horas y disponible sin más en nuestras manos, como también la de poder estar al tanto de cuanto ocurre a nuestro alrededor con total rapidez y precisión, y manteniendo nuestra privacidad si así lo deseamos.

O hablar, como es mi caso, con los nietos, y verlos y hablar con ellos libremente sin intermediarios o encorsetamientos obligados. Y consultar sin movernos del asiento cualquier duda que podamos tener de cualquier tipo, o realizar actividades tan diversas como nuestra imaginación desee permitirse. Nadie puede decir sin mentir que  no sabe qué hacer para ocupar su tiempo.

Pero hablando de posibilidades de contacto intelectual en situaciones límite como son las que ahora mismo establecemos, no estará mal recordar que situaciones parecidas de aislamiento han existido siempre por razones simplemente sociales o geográficas. Y, sin embargo, ya en realidad no existen como impedimento total. Quiero decir con ello que ya no se puede decir que exista nadie en nuestro entorno que se vea obligado a permanecer desconectado de los demás, y menos aún hasta el extremo de vivir aislado.

Porque incluso con alguien que viviera en situación de solitario en un lugar aislado o remoto de nuestra geografía podría conversarse sacando como tema de conversación cualquier asunto en cuya consideración seguro que nos detuvimos en algún momento él y nosotros simultáneamente, fuera éste una serie de televisión o, por ejemplo, la presencia de un personaje conocido.

En suma, no faltará conversación posible cuyo motivo no pueda ser la simple coincidencia de los dos – nosotros mismos y el “aislado” ´- siquiera en un momento concreto de nuestras propias vidas: cuando uno y otro tuvimos la ocasión de seguir al mismo tiempo aquel programa de televisión o radio que quedó ya para siempre en el recuerdo de ambos.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

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