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El tiempo plano

Tres foramontanos en Valladolid 11 Feb 2021 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(La persistencia de la memoria, 1931. Oleo de Salvador Dalí )

En la normalidad de verdad, y no me refiere a lo que nos presentan como tal – o sea, a “la de antes del virus” – nuestra vida de jubilados estaba salpicada de un conjunto de actividades de carácter social surgidas o programadas de antemano que componían una especie de programa de acción: un calendario de cosas pendientes de desarrollar sobre un generoso calendario. Ahí, figuraban, por ejemplo, los santos y cumpleaños familiares, las visitas periódicas a nuestros mayores, las reuniones programadas por los que fueron nuestros antiguos compañeros, las celebraciones clásicas de Navidad o de Semana Santa, las misas dominicales o diarias,  las fiestas “de guardar”, un tiempo reservado para el veraneo, y cuantas obligaciones se nos habían acumularon con el tiempo. O sea que empezábamos el año con un plan intenso de contactos programados que se seguía poblando de nuevas ocasiones merecedoras de nuestra atención y nuestro tiempo, porque también dejaba espacios libres.

El caso es que nosotros nos dejábamos llevar por tan exigente y rico panorama de obligaciones autoimpuestas que a veces resultaban excesivas, y entre las cuales aún intentábamos hacernos con un porcentaje razonable de tiempo verdaderamente libre para disfrutar “de nuestras cosas”; que en ese punto es donde entraban la lectura y otras actividades placenteras, fueran éstas de carácter artístico, intelectual o lúdico. Y cada vez más el deporte, que siempre, mas sobre todo en un caso como el mío, estaría esencialmente destinado a mantener la salud y a conservar la buena forma.

Pero lo que he descrito es el esquema de una normalidad que hemos perdido por mucho que se intenten edulcorar con subterfugios, porque aquel panorama rico de sustancia era algo así como el fértil entramado de una vida normal que en mi caso incluía también viajes a mi casa montañesa, en donde me esperaban mi huerta y mi jardín y algunas fechas significativas de la zona que merecían encuentros tanto sociales como familiares.

Pues bien, puede afirmarse sin temor a confundirse, que todo este variopinto conjunto de obligaciones, situaciones e incitaciones a la acción que nos hacían simplemente vivir aquella vida que se nos organizó sin querer casi, y que nos impulsaba a la acción continuamente en varias direcciones y sentidos, aquella situación casi envolvente que nos hacía vivir intensamente  siguiendo nuestro sino con una decidida sensación de estar cumpliendo nuestro papel de comediantes de la historia – esos trozos de vida – ya no existen al menos en su versión acostumbrada. Y lo que en cambio tenemos hoy en día es la desconcertante sensación de que aquel tiempo de que casi sin pretenderlo dispusimos siempre – aquella razón que nos movía a una afanosa actividad con múltiples motivos casi siempre conocidos de antes – ha experimentado una transformación tan brusca que la ha como aplanado y desprovisto de matices.

Sólo nos queda, simplemente, una especie de tiempo plano, inútil, que hemos de despachar como podamos. Un tiempo hosco y sin perspectivas definidas que forma como un solo bloque sin relieve salvo por una nevada deprimente y una cantinela permanente de noticias de muertos cuyo número acaba por no decirnos nada como si se tratara de un información sin alma: algo así como el noticiero de la Bolsa. Y la impresión de estar montados en falso y compartiendo tan torpe situación con gentes que tan sólo aprovecharán la confusión de tanto tiempo inútil para buscar en él provecho propio mientras el resto les deja hacer en una especie de abandono sin fe.

Sí; desgraciadamente todas las cosas importantes parecen ahora estar en crisis y abandonadas a su suerte – como cerrando los ojos al futuro – mientras la inmensa masa de la gente, hundida en la decepción más absoluta, se desliga de lo que hemos sido  y no se ocupa ni siquiera de esperar lo inesperado.

 

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