Por Javier pardo de Santayana
(Páginas de El parvulito)
Para empezar habrá que reconocer un hecho tan curioso como significativo: que lo más probable es que los niños de hoy desconozcan lo que significa la palabra párvulo pese a ser precisamente la que a ellos mejor identifica. Incluso dudo mucho de que lleguen algún día a utilizarlo aun en el caso de que lo conozcan. Y desde luego desconozco la razón por la que puede haberse perdido una palabra de nuestro propio idioma tan entrañable y descriptiva como ésta.
Pues bien, empezaré diciendo que un libro con este título cayó en mis manos en un establecimiento de Santoña el año 98, es decir, poco después de haberme hecho con la cartilla de la que expuse una glosa en mi anterior artículo, como también que desde el momento en que lo vi pensé que merecía un comentario de valor nostálgico para quienes vivimos nuestra niñez allá en los comienzos de los años treinta.
Del autor, llamado sencillamente Álvarez, carezco de cualquier dato que no sea el nombre, pero sobre su personalidad como maestro dedicado, patente en las páginas del libro, observo ya de entrada que, a diferencia de la cartilla sobre la que volqué mis comentarios en el artículo anterior, sus enseñanzas no se dirigen solamente a los varones. Y, en cuanto a la manera en que define el tipo de publicación de que se trata, señalaré que ésta pretende combinar su carácter de libro de lectura con el de enciclopedia al mismo tiempo que nos anuncia la existencia de otro complementario que orientará al maestro en su trabajo.
En realidad el interés que tiene por la utilidad se hace patente en todo, comenzando por el empleo de dos tipos de letra: el utilizado para la lectura por parte del alumno – con una letra grande y clara – y el de la “manuscrita” o sea la cursiva, que se propone más bien para la escritura – unas y otras combinadas con dibujos coloristas y sencillos. Todo ello formando en su conjunto un sabio sistema que se propone integrar muy ordenadamente todos los aspectos abarcados por la enseñanza de los niños en aquellos primeros años de la vida, cuando lo que pretende el enseñante es suscitar una curiosidad planificada en la que toda novedad le entre directamente por los ojos.
En cuanto al temario con el que los niños conocerán el mundo – un temario orientado muy concretamente a formar “niños españoles” y no otros- habrá, naturalmente, alusiones a la naturaleza y sus tres reinos, a las montañas, los elementos sólidos, líquidos y gaseosos, los meteoros, la Tierra y los minerales, al aire y al agua, los puntos cardinales y los vegetales, las flores, los frutos y las semillas. Y, naturalmente, al sol, la luna y las estrellas, la luz y al calor. Tampoco faltarán los animales – por supuesto vertebrados pero también invertebrados – incluidas hormigas y abejas – pero sin olvidar a las personas e incluso el cuerpo humano con sus vísceras y su digestión, su circulación y su respiración. Y se tratará de lo que son la escuela, el pueblo, la casa y la familia – con una referencia “a mi mamá” que así ocupará una posición predominante – para llegar a la provincia y acabar hablándose de España, de cuya gloriosa Historia se destacan sucesivamente, tanto la vida de los primeros hombres como de los romanos y Viriato o los árabes. Y Justo y Pastor. Y seguirán El Cid, los Reyes Católicos, San Fernando, y el descubrimiento de América, el Imperio, el Siglo de Oro, la Guerra de la independencia y como colofón, el Alzamiento Nacional. Amén de un personaje relevante bastante más actual como es Ramón y Cajal, nuestro brillante Premio Nobel.
Y, no podrán faltar, como parece lógico, retazos de lo que llamamos “la Historia Sagrada”. He aquí sus títulos: El Dios Creador, Adán y Eva y Noé y sus descendientes, El Pueblo de Dios, Nace el Salvador, Enseñanzas y milagros de Jesús, Jesús condenado a muerte, Resurrección y Ascensión, La Confesión, y La Propagación del Cristianismo.
Obra admirable, en suma, y excelente y fiel reflejo de una época, en la que destaca sobre todo la entrañable figura de un autor tan entregado a su obra que a él mismo se deben incluso la caligrafía y los dibujos, un entusiasta que, como dije, se ocuparía incluso de asegurar la eficacia del trabajo complementándolo con otra librito destinado al enseñante dentro del espíritu y la letra de lo que le movió a volcarse en el alumno.
Así que para rematar esta reseña concluiré haciendo saber a mi improbable lector que por mi parte estoy seguro de que la ilusión y el trabajo que este humilde maestro puso en “El parvulito” habrá tenido algún reflejo en el proceso educativo de una generación de niños españoles que, como la mía y la de quien supongo estará leyendo estas humildes líneas, tanto juego proporcionó al progreso de esta España nuestra. Por lo cual me permito calificar este trabajo suyo como merecedor de un notable alto por lo menos.
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