Por Javier Pardo de Santayana
(Mesa electoral en Cataluña)
Qué quieren que les diga… Yo oigo decir que van a programar unas elecciones en pleno caos causado por una pandemia universal, y pienso que hemos perdido definitivamente el juicio. Porque de entrada nos exigen movilizarnos junto con varios millones de personas poco después de habernos insistido en que ninguna persona se moviera, sino que, por el contrario, procurara quedarse quieta y en situación de “confinada”. Contradicción impropia de un ser racional y que me induce a suponer que aquel famoso virus ha afectado las meninges de nuestros gobernantes: que la citada imposición de no moverse no responde a la realidad de lo que está ocurriendo sino a la conveniencia de quienes ponen su interés muy por encima de cualquier preocupación por la salud del prójimo. He aquí una a artera maniobra que en la presente circunstancia requiere una radical carencia de escrúpulos y un rostro de cartón piedra.
Pongamos nuestra situación en perspectiva: la movilización exigida violentando la seguridad de nuestros conciudadanos y de nosotros mismos puede medirse en millones de personas mayores de edad y en igual número de distintas circunstancias personales en cuanto a salud y posibilidad de desplazarse dentro de un plazo limitado de tiempo. Todo ello para concentrarse – palabra maldita en tiempos de pandemia – en determinados puntos de una región concreta. Sí, para concentrarse; no para huir de los demás mortales y marcar distancias tal como se les había, no ya recomendando, sino exigido perentoriamente en aras de un buen comportamiento ciudadano. Tan es así que en la televisión se llegaría a presentar a los desobedientes con la sana intención de denigrarlos y someterlos el escarnio público.
Naturalmente, violentar de forma tan evidente las normas y principios repetidos durante un año a la ciudadanía para garantizar un aceptable nivel de su seguridad en los actuales circunstancias, y al mismo tiempo pretender que ahora pasaran desapercibidos los elevados niveles de desprecio al individuo que tan evidentemente nos colaran por la puerta trasera, requiere dar por supuesto que, o bien los ciudadanos españoles son faltos de inteligencia, o bien que a fuerza de engañarlos ya se acostumbraron a tragarse cualquier cosa.
El resultado de este sucio juego de presiones y desprecios ha conducido sin duda a un desenganche tal de la ciudadania que el nivel de abstención se ha disparado hasta unos términos que nos obligan ahora a preguntarnos hasta qué punto los resultados de los “últimos comicios catalanes” pueden ser válidos en términos concretos. Porque no podemos dar por seguro que esa mitad de españoles residentes ahora en Cataluña, y que a pesar de todo ni tan siquiera fueron a votar sean analfabetos o carezcan de voluntad o entendimiento. Sí que, probablemente, la mayoría de ellos decidió no correr el riesgo de contraer el virus tan traído – y tan aprovechado por nuestros políticos – o se encuentra ya sencillamente harto de ese juego de pequeños rufianes y trileros en que hoy se ha convertido el respetable juego democrático.
En efecto, nada resulta más contradictorio que contemplar a esos ciudadanos llamados a controlar – en su obligada representación del pueblo – el buen funcionamiento de unas elecciones anunciadas casi a contrapelo, e imaginar la enorme masa de votantes convocados a decidir nuestro futuro que han preferido seguir en situación de confinados y mostrar su desinterés por los comicios como evidente muestra de cansancio y, muy probablemente, de desprecio.
Triste imagen la de una democracia maltratada en la que, como sucede en ésta, la mitad de los votantes se queda en sus casas, hastiada de tanta falsedad y refugiada en lo único auténtico que aún conserva: sus familias, mudos observadores a distancia de estas elecciones metidas a la fuerza en un programa en el que los ausentes cuentan bastante más que los presentes.
Y ninguna expresión más elocuente del desconcierto reinante en este trance de la Historia que la ausencia de casi la mitad de las personas convocadas y esa penosa exhibición de mascarillas y de vestimentas que despersonalizan al votante y a cada uno aíslan del vecino: la antítesis misma de la democracia.
Curioso: ¿Han observado ustedes lo que ha costado dar el número total de la abstención?
Home