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Reflexión obligada

Tres foramontanos en Valladolid 04 Mar 2021 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

(Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla del pasado día 23)

Verdaderamente es difícil concebir una situación que obligue más al ejercicio de la reflexión que aquella en la que nos encontramos nosotros ahora mismo, cuando en pleno periodo cuaresmal contemplamos esta España nuestra ”abandonada de la mano de Dios” según la expresión clásica. Porque la imagen repetida de estos días es la de unas calles invadidas por una multitud de jóvenes airados destrozando y quemando cuanto encuentran y permitiéndose incluso la osadía de asaltar las sedes policiales y de la justicia con un total desprecio para con la ley y el orden. Y lo hacen  con el pretexto  de reaccionar contra la condena de un individuo impresentable que, entre otras lindezas de su gusto, anima a los terroristas a cargarse a las autoridades españolas. Todo ello amparado por la libertad de expresión y vomitado en sus insoportables coplas de rapero que lejos de ser arte constituyen la expresión misma de la vulgaridad, la zafiedad y hasta el mal gusto. Algo que es verdaderamente e impresentable.

Mas lo que alcanza ya lo inconcebible es que en lugar de topar con la repulsa de todo el pueblo español exceptuado él mismo, éste espécimen llegue a ser alentado, no sólo por los comunistoides grupitos de pseudo intelectuales que tratan de hacer méritos para que no se diga – ya saben ustedes: los cineastas de siempre  y otros gansos afines que se tienen a sí mismos por pioneros de la modernidad – sino también por una parte de nuestros gobernantes que, más papistas que el papa, adoptan una postura combativa que anima a los violentos bajo una pose de gente de ideas avanzadas. Para nota.

La realidad es que todo esto nos obliga a preguntarnos adónde fue a parar aquella ”educación en valores” tan cacareada no hace mucho. Pues para empezar, algunos miembros de nuestro gobierno nos han dicho, desde su posición de gobernantes, que nuestros hijos no nos pertenecen, dando a entender con ello que se deben al Estado que ellos manejan a su antojo, y lo hacen, en una exhibición de juego sucio, con la desenvoltura que les brindan los actuales tiempos de pandemia. Así que nada de religión en las escuelas y adiós a la responsabilidad moral, la cultura y la tradición de nuestro pueblo, y no digamos a la idea de pecado, desprestigiada concienzudamente como algo inaceptable para un comunismo que se postula como el desiderátum cuando no es otra cosa que un recuelo de los desprestigiados usos y costumbres de los pequeños tiranos caribeños.

El hecho es que nos encontramos ya viviendo una “larga noche triste” de amoralidad, de subversión de los valores ciudadanos, de abandono del sentido familiar, de confusión moral, y de envalentonamiento de la perversión y la violencia; de tergiversación de los principios y de exaltación del mal mientras se eleva a los altares cuanto tradicionalmente fue considerado como cosa anormal e indeseable: unos días en los que todo está como querían quienes fueron tradicionalmente rechazados por el sentido común de nuestra gente, otrora sensata y bien formada. Aquella mayoría que tanto valoraba aquella impronta esencial de las familias, sustituida ahora por la caótica influencia de unas redes sociales en las que se han implantado, junto a muchas conexiones e informaciones útiles, toda clase de intereses ajenos al buen sentido y a la salud moral de nuestra gente, que de esta forma se convierte en expedita vía de contagio de toda clase de excesos, como es el caso de la pornografía, cuya influencia ya ha sido detectada pero aún no suficientemente valorada en sus efectos. Como también habrá que tener en cuenta la influencia de un sistema de vida y de disfrute que, en un ambiente de promiscuidad incontrolado, hace cada vez más complicada la práctica de la virtud por nuestros jóvenes durante su periodo formativo.

El resultado es suficientemente conocido: el de una sociedad patas arriba y una buena parte de sus gobernantes abiertamente débiles ante los violentos y sus ataques a nuestro sistema democrático, cuando no instigadores de este sorprendente desvarío, sin que llegue a observarse una lógica reacción de la ciudadanía que bien pudiera expresarse en forma de clamor de indignación activa que anunciara la futura presión de unos votantes conscientes del peligro.

Una presión que debería anular el efecto actual de los tejemanejes de trilero ligados al mercadeo de puestos de poder remunerados a los que ellos mismos dotan de dinero.

 

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