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Los lunes, revista de prensa y red

Tres foramontanos en Valladolid 15 Mar 2021 - 07:25 CET
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“La industria del feminismo”, de Cristina Losada, “El suplicatorio del pastelero loco”, de Juan Milián Querol, y “Sátira y religión: no todo vale”, de Leticia Sánchez de León y Manuel Sánchez

( Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla el pasado día 10 )

LA INDUSTRIA DEL FEMINISMO

Artículo de Cristina Losada publicado en Libertad Digital el pasado día 8

La idea de que “lo personal es político” es un regalo envenenado del feminismo radical norteamericano, cuyo modelo es el que se ha extendido a tantas otras democracias liberales. Tomando aquel regalo a mi manera, voy a contar algo personal: nunca he sido feminista. No lo fui cuando estaba en la militancia izquierdista. Si se trataba de liberar a toda la humanidad, sobraba la diferenciación. Tampoco veía qué problemas podían tener en común las mujeres de clase alta y las de clase obrera. Cuando dejé aquella familia política, no cambió mucho mi percepción de este asunto. Sigo sin ver qué problemas pueden tener en común, digamos, Meghan Markle y su asistenta.

Mi alejamiento es, si cabe, mayor desde que proclamarse feminista es obligatorio. Si hay una etiqueta ideológica o política que se vuelve condición necesaria para tener aprobación moral, ganar aplauso o trepar, que también pasa, yo no me la pongo. Esa es mi política (personal). A estas alturas no voy a cambiarla. Tampoco voy a hacer juegos malabares para diferenciar entre feminismos buenos y malos. Lo identitario, con su victimismo de fondo, conduce de forma casi inevitable a la intimidación. Sucede con las demás políticas de identidad y todas las ortodoxias derivadas de la heterodoxia sesentayochista. No aceptan la distinción entre lo público y lo privado –“lo personal es político”–. El resultado es un totalitarismo blando.

La posible ventaja de la adopción masiva de la etiqueta feminista es que, cuando todo es feminista, nada lo es. Pero la clave no es que lo sea realmente. El quid es que sea indispensable parecerlo. Por eso el feminismo no es un movimiento, sino una industria. Una industria política, clientelar y comercial. La industria política y clientelar se basa en la mitología de la lucha, en la idea de que sólo la lucha consiguió los derechos y puede conseguir “todo lo que queda por hacer”. Es mitología. Valga el tan citado ejemplo del derecho de voto. En países pioneros, ese derecho no lo lograron décadas de lucha de las sufragistas o las más radicales suffragettes. Se aprobó tras la masiva incorporación de las mujeres al trabajo y al servicio en la Primera Guerra Mundial. Pero ese ciclo habitual de los cambios sociales no les conviene a las organizaciones de lucha.

No pocas voces lamentan hoy que el podemismo haya cambiado el carácter del 8-M, convirtiendo una jornada unitaria, aceptada por toda la sociedad, en una de división y confrontación. Habrá que recordar que durante los mandatos de Zapatero ya entró en el mainstream político el feminismo (radical: no hay otro, por más que se sueñe). Pero lo importante es que la división y la confrontación no son consecuencias indeseadas. Son absolutamente necesarias. La confrontación genera coerción y sin coerción, esa industria no funciona.

La coerción se ejerce, de entrada, sobre las mujeres: no se puede no ser feminista. No hay margen de libertad ni libertad al margen. Porque no es la autonomía ni el ejercicio de la libertad lo que propugna. Lo que ofrece es protección y lo que pretende es tutelaje. Y si alguien cree que está para resolver los problemas de las mujeres –“todo lo que queda por hacer”–, bueno, allá cada cual con su ingenuidad. No hay más que ver cuántos problemas de solución relativamente fácil siguen en mínimos, desde que la industria política del feminismo está en máximos.

Artículo en:  https://www.libertaddigital.com/opinion/cristina-losada/la-industria-del-feminismo-6717037/

EL SUPLICATORIO DEL PASTELERO LOCO

Artículo de Juan Milián Querol publicado en El Debate de Hoy el pasado día 10

La votación del suplicatorio de Carles Puigdemont en el Parlamento Europeo demuestra, una vez más, que España es una democracia plena con una Justicia independiente, pero también que el Gobierno de la nación está en manos de quienes tratan de conseguir precisamente lo contrario.

Tras la declaración unilateral e infructuosa de independencia, Carles Puigdemont se fue a Girona a tomar unas tapas con amigos. A pesar de los millones de euros públicos malversados en la operación, ningún Gobierno extranjero reconoció la república catalana. Semanas antes, esta había estado en la mente de algunos catalanes durante ocho surrealistas segundos. Ahora, ni eso. El Gobierno de España aplicó la coerción federal, mediante el artículo 155 de la Constitución, y la mayoría nos sentimos aliviados. Los trabajadores de la Generalitat acataron sin rechistar. Los partidos políticos, incluida la CUP, empezaron a preparar la campaña de unas elecciones autonómicas convocadas por Mariano Rajoy. Y el cobarde Puigdemont, viendo el panorama, se escondió en la parte trasera de un automóvil y huyó sin ni siquiera avisar a su propia formación.

A pesar de que el Tribunal Supremo considerara el procés como una «ensoñación», la sedición protagonizada por los ahora presos y prófugos tuvo unos efectos letales sobre la economía y la sociedad catalanas. El traslado de empresas a otras comunidades autónomas no ha cesado desde entonces. Y la crisis de autoridad se ha extendido hasta ahora. El vandalismo que, noche tras noche, ha tomado las calles de Barcelona tiene un vínculo directo con la (in)cultura política que las elites catalanas han alimentado durante años. Decadencia y violencia han sido, pues, el legado del pastisser boig (pastelero loco). Así lo llamaban en la sede de Convergencia los conocedores de la toxicidad del personaje.

Artículo en: https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/10/03/2021/suplicatorio-carles-puigdemont/

SÁTIRA Y RELIGIÓN: NO TODO VALE

Artículo de Leticia Sánchez de León y Nanuel Sánchez publicado en Aceprensa el pasado día 7

Roma.— La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales más preciados en las sociedades democráticas. Pero en no pocos casos se usa más allá de unos límites razonables, socavando el clima de respeto que debería existir en esas sociedades. ¿Existe un derecho absoluto a la sátira de la religión? Profesores de varias universidades italianas, periodistas y representantes religiosos han analizado la cuestión en un seminario.

El pasado 26 de febrero tuvo lugar una jornada de trabajo organizada por el Comité Información y Tradiciones Religiosas, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (PUSC) y la Asociación Iscom, bajo el título “Libertad de expresión, derecho a la sátira y tutela del sentimiento religioso”. Estructurado en tres grandes bloques temáticos, el seminario online ha contado con la participación de más de medio centenar de periodistas de toda Italia.

Una de las cuestiones que plantearon los organizadores es si los medios deben publicar todo tipo de sátiras a las creencias y prácticas religiosas, amparándose en la libertad de expresión y sin tener en cuenta el impacto que tienen esas burlas en los creyentes.

Dentro del primer bloque temático, relativo a la libertad de expresión y la tutela de la dignidad de las personas, el profesor Paolo Cavana, de la Università di Roma LUMSA, defendió la sátira como una legítima manifestación del derecho a la libertad de expresión, sobre todo contra los abusos de poder. Sin embargo, siendo una manifestación propia de una sociedad democrática y pluralista, también tiene su límite en el respeto de los demás derechos fundamentales, entre los que figura “la libertad religiosa, que tutela un aspecto importante de la personalidad humana”. Por eso, afirma que “ningún derecho puede hacerse tirano de los demás derechos”.

La religiosa no es una sátira más

El segundo bloque analizó los conflictos entre blasfemia y tutela de la paz religiosa, partiendo de casos llevados ante el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos. El profesor Giovanni d’Alessandro, de la Università Cusano, reconoce que el equilibrio no es fácil pues la sátira religiosa no es una crítica cualquiera: “Si bien es cierto que la sátira es un derecho que entra dentro de la libertad de pensamiento, hay que reconocer a la sátira religiosa unas características peculiares, debido a que las creencias religiosas son parte integrante de la identidad espiritual de la persona”.

En consecuencia, “la sátira blasfema hacia los contenidos de una religión puede tener un impacto inmediato en la esfera personal del creyente, en su sentimiento religioso personal, un bien protegido de la misma manera que la libertad de expresión”.

La sátira forma parte de la libertad de expresión, pero tiene su límite en el respeto de los demás derechos fundamentales

Que estamos en un terreno resbaladizo lo muestra la observación que hizo el abogado Federico Tedeschini de que “los órganos europeos de protección de los derechos humanos tienen que dirimir, cada vez más, en casos de ofensas al sentimiento religioso”. Y recalcó la necesidad de “encontrar un debido equilibrio” entre la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, y el derecho a la libertad de expresión.

Respeto y paz social

El tercer bloque puso el acento en el ejercicio de la libertad de expresión en contextos culturales diferentes. Para Svamini Hamsananda Ghiri, vicepresidenta de la Unión Hinduista Italiana, “la palabra clave es respeto: hacia la persona en su totalidad. Es el presupuesto indispensable para un justo equilibrio entre la libertad de expresión y la convivencia armoniosa. Constituye, al mismo tiempo, la semilla y el fruto de la no violencia.”

Por su parte, Giovan Battista Brunori, jefe de redacción del telediario Tg2 de la RAI, insistió en que “la libertad de expresión está en la base de una sociedad democrática y es característica identitaria de la Unión Europea, patria de los derechos, mientras crece la influencia de países que aspiran al liderazgo mundial sin garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos. Sin embargo, un Estado democrático laico garantiza la paz social y promueve un equilibrio adecuado entre la libertad de expresión y el respeto a la dignidad de cada ciudadano, sus ideas y el respeto a la libertad religiosa”.

Colofón de la jornada fueron las palabras del moderador principal, Antonino Piccione, de la Asociación Iscom: “Puede ser legítimo criticar –incluso mediante la sátira– una determinada creencia religiosa, pero no como para rozar el desprecio hacia las personas que creen en esa religión”. Y recordó la sentencia nº 329 /1997 del Tribunal Constitucional italiano: “La protección del sentimiento religioso ha llegado a adquirir la significación de un corolario del derecho constitucional de libertad religiosa”.

Artículo en: https://www.aceprensa.com/politica/libertad-de-expresion/satira-y-religion-no-todo-vale/

 

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