Por Carlos de Bustamante
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(Acuarela de Jesús Meneses del Barco en jesusmenesesdelbarco .blogspot.com)
No creo ser excepción entre los que estamos sufriendo los efectos colaterales de esta terrible pandemia del comúnmente llamado coronavirus. Con un encierro más o menos severo, el número de horas confinado en casa ha aumentado, por lo general, considerablemente. Para no caer en el depresivo matar las horas, hice acopio en mi e-book (libro electrónico) de la literatura más acorde con mis aficiones.
Teócrito y Virgilio engrosaron el libro con deliciosas narraciones pastoriles en verso o en prosa. Las que los dos insignes maestros del género pastoril escribieron en églogas famosas, trajeron a las mientes del foramontano escenas vividas en épocas pasadas que hace años ya sirvieron de tema en escritos remotos que vieron la luz en este mismo blog. Inagotable en belleza, insisto en la seguridad de aportar `material inédito´.
No menos de mil cabezas de ganado ovino ocupaban los apriscos de la tantas veces mentada Dehesa de Peñalba la Verde. Compartimentado con `teleras´ cada uno albergaba un rebaño de los tres existentes al cuidado de tres pastores con sabiduría de veteranos en el oficio. En cada uno de ellos la tradición y técnica estaban esmeradamente sincronizadas. El motivo era obtener un mayor rendimiento económico en las fechas idóneas programadas para que coincidieran alternativamente los partos con los mejores precios del mercado de carne y leche; productos en cantidad y calidad insuperables en el ganado de raza churra como era el de la Dehesa.
La quietud y silencio con que la noche extendió su manto sobre el corral y demás dependencias del caserío, despertaron cuando Marcia, Eutimio y Pedro, uniformados con atuendo singular, abrieron la puerta del aprisco por donde entraron somnolientos. De connotaciones bíblicas, fue como el toque de diana en un ejército de paz. Con paciencia luego separaron los lechazos de las madres que, cada oveja una con su pareja, habían pasado así la noche. Los balidos atiplados de los lechazos unidos a los más roncos de las ovejas madres, compusieron la balada más sonora que se diera en conjunto musical alguno por numeroso que fuese. Al frente de su hatajo cada pastor, componía una bella estampa. Camino del monte uno, de la ribera otro, y de los prados sembrados exclusivamente para este ganado el tercero.
Alforjas al hombro, cachaba al brazo y morral en bandolera, por la puerta del aprisco salen los tres delante de cada rebaño. Ver para creer cómo desfilaba esta tropa por caminos estrechos con sembrados prohibitivos a uno y otro lado. Sin mediar palabra, Devora la perra de Marcia- el mayoral- caminaba atento a las órdenes de su amo, sin que oveja alguna penetrase en terreno prohibido. La atracción del verde intenso del apetitoso alfalfar, tentó a más de una:
– ¡Dala que venga, Devora! Y la perra fiel, de inmediato hizo volver al camino a la `churrilla´ atrevida y ahora aterrorizada.
Cuando Marcia avista el prado, el ganado acelera el paso. Les ha llegado el `fato´ de la hierba por demás apetitosa. Mientras sus ovejillas se esparcen por los verdores, el pastor ordena a su Devora que impida al hatajo penetrar en el campo de cereal lindante con el prado. Obediente la perra, descansa en el margen de lo prohibido y ora mira al ganado ora a su amo por si recibe nuevas órdenes.
Sentado sobre un sifón para el riego, el pastor domina el apacible careo de las churrillas que pastan tranquilas la hierba abundante y por demás apetitosa para el ganado. Con parsimonia ceremoniosa, abre el morral y saca con fruición pan y queso para el almuerzo. Alza y aprieta la bota y mientras el clarete le remoja el gaznate con esencias de majuelo, vocea entre gorgoritos: ¡Devora dalas que vengan! La perra fiel del pastor, detiene las ovejas que se extienden por el prado. Y entendiendo el mandato de no pastar todo él, hace que retrocedan para carearlo por partes.
-Amusque, si páice que la Devora habla, le dice Faustino, el regador cercano a Marcia que a escape le ofrece la bota.
– ¿Un traguejo…?, le dice amistoso.
-Si está fresco….
Caliente como babas después de varias horas en el morral, un trago recio y prolongado pasa a la bodega de Faustino, sin que le haga ningún asco. Y enseguida Marcia:
– ¡Quiacer si no hablar; ¡mejor que quisió el personal, que nian sabe el abecedario! Ésta, digo ó, que tié más conocencias que to las uvejas juntas que páicen modorras…
– ¡A ver…!, asiente Faustino aún colorado del largo tiento a la bota.
-Pos digo yo, Marcia, prosigue, que, si las uvejas han cariado ya muy bien de prau, ya le puedo mangar un riego cojonudo pa que ascape, venga el forraje como el que sihan apretado, y que áhura el prau páice un rastrojo, dispués de la siega, ¿no?
– ¡Quihacer si no poder darle un buen chapucón…!, pero digo ó, Faustino, que no marrotes con el rego el forraje sin cariar, que diquiá a mañana, le toca a Pedro cariar lo que ó le ié dejau; que sus uvejas están en ordeño y este forraje es la bendición pa enllenar el herradón de leche superiorona.
– ¡Hombre, Marcia, a vei crees que sin ser pastor de uvejas, no sé ó, que por lo regau se hunden las pezuñas de las uvejas y marrotan tierra y forraje!
Un traguejo de la bota, dio fin a las palabras que “tiraron” uno y otro. Y con el queda con Dios de costumbre entonces, “cadáuno” siguió con sus labores: Faustino al “rego” y Marcia al aprisco antes de que apretase el calor. Tiene cuasi todas las “uvejas” de su hatajo “empreñadas”, y con el calor asfixiante del mediodía puede que, al apretarse para hacerse sombra, sean luego muchas las malparidas y con ello, la “catastro” /fe.
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