“El ataque de los narcisos”, de Juan Milián Querol, “Ni soso, ni serio ni formal”, de Luis Herrero, y “Eutanasia: El Estado ha cruzado el Rubicón y se ha convertido en nuestro enemigo”, de Alfonso Basallo
( «Pobre papá, nadie quiere jugar con él en su cole». Viñeta de Serrano en El Español el pasado día 23 )
EL ATAQUE DE LOS NARCISOS
Artículo de Juan Milián Querol publicado en El Debate de Hoy el pasado día 24
Ahora, sin Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros, el ego de Pedro Sánchez no hallará fronteras. Y es que la izquierda española se ha articulado en los últimos años en torno a dos machitos alfa tan ambiciosos como negligentes.
Él no sabía cómo defender a su candidato para las próximas elecciones a la Asamblea de Madrid, así que se sumó a la horda izquierdista en sus ataques a Isabel Díaz Ayuso. No llegó tan lejos como el odiador profesional Máximo Pradera, quien había llamado a sus seguidores a «sacar la macheta del carnicero para cortarle el cuello a Ayuso», pero no quería quedarse atrás en el linchamiento. Su gurú le había dicho que son las emociones negativas las que mueven el voto, y esto es lo único que le interesa. Así pues, Pedro Sánchez estrenó la precampaña acusando, atención, a la presidenta madrileña de… ¡narcisismo! Sánchez, narcisismo. Miles de emoticonos con cara de alucine. Pero hubo más. Rizó el rizo y criticó las «fotos posadas». Más emoticonos. ¡Qué tío! ¡Qué jeta! A Sánchez se le puede aplicar medio refranero español, desde el «piensa el ladrón» a la «paja en el ojo ajeno».
Solo su cinismo alcanza la altura de su narcisismo. Él inauguró su mandato yendo en el Falcon a un festival de música y en helicóptero oficial a la boda de su cuñado. El perfil de Twitter de la Moncloa ha colgado fotos de las manos de su persona para mostrar la «determinación del Gobierno» o en el interior del avión, con gafas de sol como un Top Gun en la era selfie. Todo ello era narcisismo más o menos caro, pero relativamente asumible. Sin embargo, la patología se le fue de las manos cuando desatendió los avisos de la UE y la OMS sobre la pandemia en ciernes, ya que prefería la propaganda de un 8M que tenía mucho más de narcisista que de feminista. Él quería ser el más progre de Occidente, aunque la pesada broma acabara costando la salud a miles de mujeres.
Ahora, sin Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros, el ego de Sánchez no hallará fronteras. Y es que la izquierda española se ha articulado en los últimos años en torno a dos machitos alfa tan ambiciosos como negligentes. Ellos ven el feminismo como un mero instrumento político. Prefieren a las mujeres victimizadas para salir a su rescate y mostrar unas fatuas virtudes públicas, porque sus vicios privados ya quedaron claros con los mensajes sobre «azotar hasta que sangre» a una periodista. No creen en la igualdad de oportunidades entre hombre y mujeres. Solo hay que observar el criterio en la selección de la elite femenina de Podemos: el mérito está en los cambiantes e irrefrenables deseos del líder. Hipersensibles a cualquier salida de tono o frase descontextualizada de un político de la derecha, a estos narcisos se les permite todo, se les ríen todas las gracias, aunque no tengan ni puñetera gracia.
Contra Ayuso todo vale, porque al feminismo subvencionado lo que realmente le importa no es lo que sufres, sino a quién votas. No hay nada que asuste más a los feministas de boquilla que una mujer segura y coherente con sus principios
Sin embargo, contra Ayuso todo vale, porque al feminismo subvencionado lo que realmente le importa no es lo que sufres, sino a quién votas. No hay nada que asuste más a los feministas de boquilla que una mujer segura y coherente con sus principios. Por eso, odian a la lideresa popular. Ella actuó con determinación para frenar el primer golpe de la pandemia, mientras los voceros de Sánchez se aferraban a un acientífico sologripismo. Ella buscó el equilibrio entre salud y economía, mientras la izquierda española sigue sin entender que no hay estado de bienestar sin empresarios, autónomos y trabajadores. Ella construyó un hospital público previendo futuras olas de la pandemia, mientras el socialismo decía que habíamos vencido al virus y ahora se dedica a derrochar el dinero público en aerolíneas bolivarianas y, lógicamente, arruinadas. La Comunidad de Madrid es la única región española que ha creado empleo desde la declaración del segundo estado de alarma. No le van a perdonar este atrevimiento. PSOE y Más Madrid ya están pactando subidas de impuestos para catalanizar, así, la economía madrileña.
A Ayuso ya la han llamado de todo y aún falta mes y medio para las elecciones. Iglesias se postuló como alternativa con proclamas contra una «derecha criminal» e insiste en meterla «en la cárcel», abusando de un lenguaje que suele ser la antesala de conflictos civiles, porque los seguidores acaban exigiendo acciones a la altura de las acusaciones. La irresponsabilidad es máxima. En el momento más grave de la actual democracia, España se queda sin izquierda con sentido de Estado. Esta ha sido engullida por un sanchismo que es la suma de la estrategia polarizadora de Iván Redondo, la ideología populista de Pablo Iglesias y la vacua ambición del propio Sánchez. Es acaparar poder sin ejercer el gobierno. Es propaganda sin gestión. Es dividir a la sociedad entre buenos y malos a costa de fragilizarla en el peor momento. Es el postureo antrifranquista para derribar los grandes consensos de la Transición. Es una guerra (política) sin cuartel, una campaña permanente. Es el ataque de los narcisos, un peligro para la convivencia.
Artículo en: https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/24/03/2021/el-ataque-de-los-narcisos/
NI SOSO, NI SERIO NI FORMAL
Artículo de Luis Herrero publicado en Libertad Digital el pasado día 21
Es indudable que votar al PSOE significa darle a Podemos las llaves de la Villa. Y eso, mucho me temo, no es soso, ni serio ni formal. Es justo todo lo contrario. Antes de que algún idiota alumbrara la estúpida ocurrencia de presentar la moción de censura en Murcia —y de que Inés Arrimadas, en un acto de desesperación, le comprara la mercancía— estaba meridianamente claro que la mayoría de los madrileños veía con agrado la gestión de Isabel Díaz Ayuso. Y a Sánchez le irritaba tanto ese hecho que no paraba de hacerle la vida imposible para ver si erosionaba su popularidad. Pero el tiro siempre le salía por la culata. Cuanto más hostigaba a la presidenta madrileña, más la convertía en una heroína de la resistencia al poder establecido.
La constatación de que la derecha instalada en la Puerta del Sol, por mucho que necesitara el apoyo de Vox, no se comía crudo a ningún demócrata dejaba sin efectividad la chorrada argumental de que Madrid estaba en manos de una peligrosa coalición de liberticidas ultramontanos. A las banderas clásicas de la derecha —defensa de la propiedad, libertad de enseñanza o bajada de impuestos—, Ayuso sumó en plena pandemia la de la búsqueda del equilibrio entre salud y actividad económica. Su reticencia a los cierres perimetrales y a las restricciones comerciales la convirtieron en el máximo exponente de un modelo alternativo —y para muchos, bastante mejor— en la gestión de la crisis sanitaria.
Así estaban las cosas cuando el PSOE le susurró al oído a Ciudadanos, herido de muerte tras la debacle catalana, la posibilidad de pactar mociones de censura en algunos lugares de España. En teoría, el plan le daba al partido de Arrimadas la oportunidad de acceder a la presidencia de Murcia, un escaparate desde el que poder emitir señales de vida, y reivindicar su condición de fiel de la balanza. En la práctica, sin embargo, le convertía en cómplice de la ofensiva de la izquierda contra el PP. Y eso, en Madrid, eran palabras mayores.
No termino de tener claro si Aguado estaba por la labor de emular el ejemplo murciano, pero lo cierto es que da igual que lo estuviera o no. En política las cosas son como parecen, y lo que parecía, desde hace mucho tiempo, es que el vicepresidente madrileño se había convertido en un grano en el culo de su socia de gobierno. En cuanto Ayuso gritó que después de Murcia le tocaba a ella, casi todo el mundo la creyó. Por eso vieron con buenos ojos la convocatoria de elecciones anticipadas. Había que evitar como fuera que la izquierda se hiciera con el control de la única aldea gala que de verdad mantenía a raya a los romanos. Y, por supuesto, mandar al ostracismo a los traidores que querían abrirle las compuertas al enemigo.
Si nos fijamos en las encuestas que se publicaron inmediatamente después de la convocatoria de las elecciones veremos que el castigo a Ciudadanos ya estaba decidido antes de que la moción de Murcia fracasara y diera comienzo la estampida de sus cargos públicos. La previsible condena al averno extraparlamentario de la Asamblea de Madrid no es consecuencia de la chapuza murciana, sino de la percepción previa de que la formación de Arrimadas estaba a punto de traicionar a Ayuso aliándose con la izquierda. Desde ese mismo instante, todos los simpatizantes del centro derecha —genuinos y sobrevenidos— se movilizaron para defenderla.
El voto útil hacía inevitable que se produjera una polarización extrema de las apuestas. Más tarde, la decisión de Iglesias de autoproclamarse candidato de Podemos aún contribuyó a agudizar más ese proceso. Aunque él decidió dar el paso para salvar a su partido —y también a sí mismo— de una muerte casi segura, vendió el gesto de cara la galería, al grito de “no pasarán”, como una proeza épica para evitar que le derecha se hiciera con el poder capitalino. Menuda memez superlativa. ¿Cómo se puede evitar que entre en alguna parte alguien que ya está dentro?
Conviene recordar que el PP lleva gobernando en Madrid desde hace la friolera de 26 años. Y Ayuso, desde hace 2. En ese tiempo ha merecido un sólido respaldo electoral y ha demostrado con creces que no es dóberman de fauces feroces que pinta el líder de la izquierda cainita. Todo el mundo lo sabe. Iglesias, también. Él es consciente de que su arenga solo movilizará a sus votantes más cafeteros, pero eso le basta para sortear la fosa del 5%. Que el precio sea convertir la campaña en un lodazal de insultos tabernarios le importa un pito.
Ante semejante panorama, los socialistas han decidido hacer de la necesitad virtud y para no quedar borrados del mapa han presentado a su candidato como lo que es: soso, serio y formal. Es decir, un ansiolítico capaz de apaciguar la tremolina de la campaña madrileña. El problema es que lo insulso no es sinónimo de moderado. ¿Cómo puede vender moderación quien está irremediablemente condenado, si suena la flauta de la victoria de la izquierda, a gobernar con el agitador que viene de convertir el consejo de ministros en una jaula de grillos? Es indudable que votar al PSOE significa darle a Podemos las llaves de la Villa. Y eso, mucho me temo, no es soso, ni serio ni formal. Es justo todo lo contrario.
Artículo en: https://www.libertaddigital.com/opinion/luis-herrero/ni-soso-ni-serio-ni-formal-6721517/
EUTANASIA: EL ESTADO HA CRUZADO EL RUBICÓN Y SE HA CONVERTIDO EN NUESTRO ENEMIGO
Artículo de Alfonso Basallo publicado en Actuall el pasado día 22
¿Nos atreveríamos a llamar “moderados” y “democráticos” a los jerarcas nazis y soviéticos? Desde este punto de vista no hay gran diferencia entre quienes se arrogaban la facultad de decidir qué vidas son dignas e indignas y los diputados de la Carrera de San Jerónimo que han votado a favor de la eutanasia.
Un periódico titula así la precampaña de las elecciones a la Comunidad de Madrid: “El fichaje es Gabilondo: Sánchez reivindica la moderación frente a Ayuso e Iglesias”. Pero ese mismo partido que se proclama moderado frente a la política “agresiva y destructora” de otros, acaba de capitanear la legitimación del asesinato de inocentes. ¿Moderado el PSOE? ¿El que proporciona licencia para matar a los médicos, obligados a prostituirse si no quieren ver sus nombres en una lista negra, a fin de quitarse de encima a ancianos y enfermos terminales?
¿Moderados ERC; BNG; PNV; -del árbol y las nueces a la jeringuilla para librarse de abueletes-; JxCat; Mas País, CUP, Ciudadanos? No incluyo a Bildu y a Podemos, los otros partidos que han votado a favor de la eutanasia, porque la pregunta sería doblemente retórica. Ya se sobreentiende su falta de escrúpulos morales.
El espejismo relativista y la manipulación del lenguaje nos han conducido hasta el mundo al revés. A los que defienden la libertad y la vida los llamamos “ultras”: Vox y PP; y a los que imponen la ejecución de inocentes y el exterminio de los débiles los llamamos “moderados”.
¿Nos atreveríamos a llamar “moderados” y “democráticos” a Goebbels, Himmler, Martin Bormann, Laurenti Beria, Vasili Blojin y otros artífices de los sistemas masivos de exterminio nazi y soviético? Desde este punto de vista no hay gran diferencia entre quienes se arrogaban la facultad de decidir qué vidas son dignas e indignas y los diputados de la Carrera de San Jerónimo que han votado a favor de la eutanasia.
¿Quiénes se han creído que son Sánchez, Iglesias, Urkullu, Junqueras, Arrimadas etc. para tomar esa decisión? ¿Quién les ha dado potestad para dar vía libre al asesinato, mediante la despenalización de la eutanasia? Y una pregunta más incómoda… ¿por qué lo habrán hecho? ¿Porque están anestesiados? ¿Porque están comprados? ¿O porque son unos eficientes burócratas de la muerte que han caído en “la banalidad del mal”?, -como el Adolf Eichmann descrito por Hannah Arendt-.
El registro de objetores no sólo es inconstitucional, sino también una lista negra, y ya sabemos todos para qué sirven las listas negras
Y no nos vengan con la compasión ante el sufrimiento. Burda excusa. Si realmente estuvieran preocupados por el sufrimiento, habrían puesto en marcha una Ley de Cuidados Paliativos, y logrado que todas las facultades de Medicina impartieran la especialidad como obligatoria. Cada año hay 60.000 pacientes que sufren innecesariamente porque necesitan cuidados paliativos avanzados y no los tienen. Pero en lugar de proporcionar formación a los médicos para paliar el dolor, el Gobierno los convierte en verdugos.
Y la objeción de conciencia, que va mencionada en un artículo de la ley eutanásica, es una trampa para los médicos. El registro de objetores no sólo es inconstitucional -va contra el derecho de no verse obligado a declarar sobre ideología, religión o creencias-, sino también una lista negra, y ya sabemos todos para qué sirven las listas negras.
Cuando, en rigor, lo decente sería lo contrario: elaborar una lista negra de los ejecutores. Que los facultativos que estén dispuestos a ejercer de sayones den su nombre y que los pacientes los puedan identificar. Por ejemplo, con una bata gris en lugar de blanca, como ha propuesto Juan Luis Steegman, diputado de Vox y que algo sabe de pacientes terminales (ha sido durante 32 años médico onco-hematólogo).
También es burda excusa el argumento de que, a diferencia de quienes iban a la cámara de gas nazi, los que ahora piden la eutanasia lo hacen voluntariamente. Primero, es una excusa, porque la voluntad individual no es fuente de legalidad. Segundo, ¿realmente piden la eutanasia voluntariamente?, ¿no lo hacen presionados por quienes los rodean -médicos, políticos, familiares-?
¿No resulta sospechoso que las leyes eutanásicas se estén planteando precisamente ahora, en una época de envejecimiento de la población? ¿No resulta una solución fácil y expeditiva al coste social que representan los ancianos en Occidente? ¿No es una tentación irresistible para sacudirse tan onerosa carga?
Se mire por donde se mire, la ley es injusta y peligrosa. Por si nos cabía alguna duda -después de otras iniciativas de ingeniería social como el aborto o las leyes LGTBI-, con esta ley, el Estado se convierte abiertamente en un peligro público. En lugar de garantizar el más elemental de los derechos, el derecho a la vida, y la integridad física de los españoles, el Estado se convierte en una amenaza. Dicho a lo tosco: los señores a los que les pagamos para que nos protejan se convierten en sicarios que van contra nosotros.
¿Y qué espera el Estado que hagamos ante una amenaza? Enrique García-Máiquez ha escrito: “Un Estado que aprueba la eutanasia no tiene fuerza moral para obligarnos a llevar casco o cinturón de seguridad o mascarilla ni para confinarnos”.
Un Estado que legitima el asesinato de ancianos, enfermos y deficientes, se deslegitima automáticamente. Y da pie a que el ciudadano, amenazado por el Leviatán de bata blanca, se subleve.
Un Estado así de prepotente y arrogante se expone a que el ciudadano se niegue a pagar impuestos (con mi dinero no vas a cepillarte a enfermos terminales ni a bebés en el seno materno); se niegue a oficiar de colaboracionista del crimen organizado; a ser cómplice de la tiranía.
Un Estado que cruza el Rubicón de la ley de la fuerza, se expone a… rellenen ustedes los puntos suspensivos. O traten de convencerme de que estoy equivocado. ¿Lo estoy?
Artículo en: https://www.actuall.com/vida/eutanasia-el-estado-ha-cruzado-el-rubicon-y-se-ha-convertido-en-nuestro-enemigo/
Home