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Churchill : La pintura como pasatiempo. 3. Contemplación de la armonía

Tres foramontanos en Valladolid 30 Mar 2021 - 07:29 CET
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Por José María Arévalo

(Cuadro de Churchill)                       

Les decía en los artículos anteriores de esta serie, que vamos a reproducir el de Winston S. Churchill “La pintura como pasatiempo”, último artículo del libro “PENSAMIENTOS Y AVENTURAS”, con traducción de Pedro Fraga de Porto, publicado por Janés, Los libros de nuestro tiempo, en 1944, cuya primera edición me ha facilitado Feli Paramio, y en el cual cuenta Churchill cómo y  por qué se dedicó en sus últimos años a la `pintura, y da su opinión sobre lo mucho que puede satisfacer esta afición y lo que ganan con ella quienes la practican; una delicia de apología de la pintura y su arte.

“El mundo entero –continúa sir Winston- os abre todos sus tesoros. Los más simples objetos descubren su belleza. Cada jardín presenta innumerables, fascinantes problemas. Cada país, cada parroquia tienen su propio cuento que contar. Y hay muchas tierras que difieren unas de otras en infinidad de aspectos, y cada una de ellas presenta deliciosas variedades de color, luz, forma y carácter. Se hace evidente entonces, armado de una caja de pinturas, que uno no puede aburrirse jamás, pero que uno no puede a su arbitrio dilatar el fin de su vida, que uno no puede retener varios días en la mano. i Dios mío! ¡Cuánto hay que admirar y con qué poco tiempo contamos! Por primera vez se empieza a envidiar a Matusalén. No hay duda de que usó con negligencia de sus posibilidades.

Pero es en el empleo y retención de sus reservas donde se han ilustrado generalmente los grandes capitanes. En definitiva, una vez ‘lanzadas las últimas reservas, la partida del General en Jefe está jugada. Si no gana la batalla, él no tiene más que dar. El resultado confíase entonces al azar y a los combatientes. Pero estos últimos, carentes de la suprema dirección, pueden ser presa del desorden, de la confusión, de su transmutación en masa informe, sin plan ni cierto, y, consiguientemente, sin eficacia. Las simples masas ya no cuentan. Las más grandes pinceladas, los más brillantes colores ya no bastan a causar impresión. El gráfico del campo de batalla se convierte en un mar de fango, piadosamente velado por el humo de la lucha. Es evidente que ha sobrevenido una grave derrota. Aunque el General se lance a ella y emerja lleno de lodo – como a veces sucede – ya no cambiará e! curso de los hechos.

En pintura, las reservas están constituídas por la Proporción o Relación. Y es aquí donde el arte del pintor sigue el camino a través de todas las más grandes armonías que se puedan imaginar. A un lado de la paleta está el blanco y al otro el negro; pero ni uno ni otro son jamás usados netamente. Entre estos dos límites rígidos debe desarrollarse la acción, generarse la energía requerida. El blanco y e! negro, por sí solos, dispuestos uno al lado del otro, no impresionan; y, sin embargo, es lo máximo que podéis realizar en puro contraste. Es admirable – después que uno ha ensayado y fracasado a menudo – ver cuán fácilmente y con qué seguridad el verdadero artista es capaz de producir todos los efectos de luz y de sombra, dc proximidad y lejanía, simplemente expresando con exactitud las relaciones entre los diferentes planos y superficies con los que está tratando. Creemos que esto está fundado en un sentido de la proporción agudizado sin duda por la práctica, pero que en su esencia es una estricta manifestación de la fuerza y capacidad mentales. Pensamos que la misma mente que con una sola mirada de conjunto pudo concebir y apreciar y prescribir de antemano los valores de un verdadero gran cuadro, en un relámpago de simultánea y homogénea comprensión, sería igualmente apto, con cierto conocimiento de la técnica especial para manifestarse con relevancia en cualquier otra elevada actividad del intelecto humano. Esto fue absolutamente cierto en el caso de 1os grandes italianos.

He escrito lo que antecede para mostrar cuán variados son los deleites que pueden gozar aquellos que entran esperanzada y reflexivamente en el sendero de la pintura; cuánto enriquecerán sus diarias visiones, cómo se fortalecerán en su independencia, qué felicidad les reportarán sus horas de ocio. Si sentís que vuestra alma se complace en la concepción o en la contemplación de la armonía o que vuestra inteligencia se siente estimulada por el enunciado de magníficos problemas, o si os es grato observar y reproducir las cosas bellas que veis, los horizontes abiertos a vuestras posibilidades están limitados solamente por la brevedad de la vida. Cada día podéis hacer nuevos progresos. Cada paso puede ser fructuoso. Y al mismo tiempo ante vosotros se extenderá una senda siempre ascendente, siempre más larga, siempre más progresiva. Sabéis que nunca llegaréis al fin de la jornada. Pero esto, en vez de desanimaros, añadirá gloria y alegría al gozo glorioso de la ascensión.

Probad, pues, antes de que sea demasiado tarde y antes de que os moféis de mí. Intentadlo mientras hay tiempo de vencer las dificultades preliminares. Aprended bien la lengua cuando sois jóvenes para tener acceso a esta nueva literatura en vuestra madurez. Plantad un huerto en el cual podáis sentaros cuando las fuerzas para labrarlo hayan desaparecido. No importa que sea un huerto pequeño, vosotros lo veréis crecer. Año tras año florecerá y dará fruto. Año tras año será mejor cultivado. Se arrancarán las malas hierbas. Los árboles frutales se podarán y enderezarán. Brotarán las flores en combinaciones más bellas. Brillará el sol aun en el invierno, y habrá fresca sombra y jugará con la luz solar en los resplandecientes días de junio.

Debo decir que me gustan los colores brillantes. Convengo con Ruskin en su desdén hacia esa escuela de pintura que “Come tiza y pizarrines y asegura a todo el mundo que son más agradables y más puros que las fresas y las ciruelas”. No puedo pretender sentirme imparcial en materia de colores. Me recrean los fuertes, me entristecen los pobres obscuros. Cuando vaya al cielo me propongo emplear mi primer millón de años en pintar, para llegar de esta manera al fondo del tema. Pero entonces precisaré una paleta más gaya que la que disfruto aquí abajo. Espero que el naranja y e! bermellón serán los más sombríos colores que ponga en ella, pues por encima habrá una gama completa de admirables colores nuevos que embelesarán los ojos celestiales.

La suerte me llevó un otoño a un rincón escondido de la Costa Azul, entre Marsella y Talón, y caí entre dos o tres pintores que me iniciaron en los métodos de la moderna escuela francesa. Eran discípulos de Cézanne. Veían la Naturaleza como una masa de fulgurante luz en la cual las formas y las superficies carecen relativamente de importancia, son apenas visibles, brillan y reverberan con bellas armonías y contrastes de color. Fué ciertamente de gran interés para mí el establecer de repente contacto con esta manera enteramente distinta de ver y mirar las cosas. Yo hasta entonces había pintado el mar unido y liso, con largas, blandas pinceladas de colores, en los cuales los matices variaban sólo por gradaciones. Ahora debo tratar de representarlo por innumerables manchitas de forma romboidal – a veces a todo color – de tal modo que parezca más bien un pavimento de mosaico que una marina.

Es curioso. De todos modos, no os apresuréis a rechazar el método. Alejáos unos pocos metros y contemplad el resultado. Cada uno de estos puntos de color desempeña su papel en el efecto general.

Mirad también el azul del Mediterráneo. ¿Cómo podéis reproducirlo mentalmente y pintarlo? Seguramente no por ningún solo color de los que han sido hasta ahora fabricados. La única manera de simular esta luminosa intensidad de azul es por esa multitud de puntitos de varios colores en estrecha relación con el resto del esquema. ¿ Difícil? ¡Fascinador! La Naturaleza misma se presenta a nuestros ojos por medio de estos individuales puntos de luz, cada uno de los cuales produce las vibraciones peculiares a su color. La brillantez de un cuadro debe por lo tanto, depender en una parte de la frecuencia con que esos puntitos son encontrados en una zona dada del lienzo y en otra de la justa relación que deben guardar entre sí. Ruskin dice en sus «Elementos de dibujo», de los cuales ya he tomado alguna cita: “Jamás encontraréis en los mayores cuadros al óleo de T urner, de acaso seis o siete pies de largo por cuatro o cinco de alto, una mancha de color puro tan grande como un grano de trigo”. Pero las gradaciones de Turner difieren de las de la moderna escuela francesa en proceder unas de otras suave y casi imperceptiblemente, en lugar de hallarse materialmente y hasta toscamente separadas; y el pincel de Turner seguía la forma de los objetos que pintaba, mientras nuestros amigos franceses parecen a menudo tener a gala el hacerla precisamente al revés. Por ejemplo, ellos preferirían pintar un mar con pincelada de arriba a abajo, en vez de horizontales; y el tronco de un árbol de derecha a izquierda en vez de hacerla verticalmente. Yo creo que esto es debido al amor que sienten por sus teorías, lo que les lleva a sacrificarles la verdad para demostrarles fidelidad y admiración.

Pero ciertamente estamos en deuda con los que han de tal manera vivificado, abrillantado e iluminado la pintura moderna de paisaje. ¿No han prestado Manet y Monet, Cézanne y Matisse tantos servicios a la pintura como Keats y Shelley a la poesía después de las solemnes y ceremoniosas perfecciones literarias del siglo XVIII?  Han traído al arte pictórico una ráfaga de joie de vivre; y la belleza de su arte, que es instinto con alegría, flota en el aire luminoso.

No espero que estos maestros se dignen particularmente apreciar mi defensa, pero debo confesar la creciente atracción que experimento por su obra. La claridad y la exactitud de la expresión son características fundamentales del intelecto francés. Tan admirables dones han hecho de la lengua francesa su instrumento. Los franceses hablan y escriben de pintura casi tan bien como lo han hecho de amor, de guerra, de diplomacia o de cocina. Su terminología es precisa y completa. Están, por lo tanto, admirablemente equipados para ser maestros en la teoría de cualquiera de esas artes. Su facultad crítica está tan poderosamente desarrollada que quizá cohiba un poco la ejecución. Pero es un admirable correctivo para los demás, como lo es para ellos mismos.

Mi amigo francés, por ejemplo, después de ver algunos de mis mamarrachos, me llevó a dar una vuelta por las pinacotecas de París, parándonos aquí y allá. Se dio la particularidad de que donde quiera que él se detenía, me encontraba yo ante un cuadro que, personalmente, admiraba. Él entonces explicó que era facilísimo decir, por la clase de cosas que yo había tratado de hacer, cuáles eran las que me gustaban.”

Continuaremos el artículo en último apartado “4. La necesaria memoria visual”

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