Por Félix Torres
Introducción de Carlos de Bustamante
(Cristo Nazareno Cautivo. Obra de Antonio José Martínez-2009)
COFRADÍA DE CRISTO NAZARENO CAUTIVO
Si de verdad quiero vivir la escena, debo hacerme en personaje más en ella. Porque me pete vivirla de cerca, soy uno de los que con hachas y con palos se disponen a prender y llevar preso, cautivo, a Jesús Nazareno. Estoy cerca de Judas Iscariote; tan cerca que pude oír sus palabras y comprobar la traición consumada. Entre tímido y osado, lo reconoció a la luz de un farol, que con luz tenue y oscilante – ¿miedo, frio? – “Por contraste al beso traidor, escuché una voz dulce incitando al perdón: “¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre”? En fervorizados para el mal por los fariseos, ancianos y sacerdotes, el ejército de mal-adoctrinados se abalanzó sobre Jesús y con empujones e insultos soeces lo maniataron como a un malhechor. Por una compasión nunca hasta ahora sentida, me mantuve, cobarde, al margen. En ese momento tuve muy clara la inocencia del Nazareno. Me faltaron agallas – ¿miedo, pánico? – para impedir tamaña tropelía. Y dejé hacer. A cambio de mi cobardía, recibí una mirada inolvidable de perdón. Mirada por la que ahora fui yo el cautivo de un amor que no acierto a explicar.
Seguimos con los inspirados sonetos que tituló Felix “Sonetos aPSiONados, 2014”.
CAUTIVADO
(Soneto)
Tanta entrega, Señor, y mansedumbre,
tanta angustia en tu faz acongojada;
por lo que has de sufrir, la hora llegada
de cargar con tu Cruz, la pesadumbre.
Y en mi adentro, ¡ay, yo!, la certidumbre
de dejarte, Jesús, en la estacada;
tanto amor que nos das en tu mirada,
y fallarte, perdón, es mi costumbre.
Si humilde y manso tú, triste y dolido
esperando paciente tu sentencia,
cautivo tú, de nudos maniatado:
majestuoso tú, de pie y erguido
y ése el dulce tu ser y tu presencia
¡nos han, con sólo verte, cautivado!
COFRADÍA DE Nª Sª DEL AMPARO.
(Nuestras Señora del Amparo)
¿Qué hizo la Virgen el jueves Santo? Si como dice el precioso soneto fue ése un día de amor, la Madre del Amor Hermoso, forzosamente tuvo que estar muy cerca de su Hijo. Y Dios que es Amor no pudo estar lejos de su Madre.
“¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! –No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni –fuera de las primicias de Caná– a la hora de los grandes milagros. Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, «juxta crucem Jesu» —junto a la cruz de Jesús, su Madre”.
Pero vamos a imaginarnos juntos qué haría y dónde estaría el día del gran milagro de la institución de la Eucaristía.
Lo digo porque lo vi. Empleado en aquella gran casa en Jerusalén, abrí la puerta a la más hermosa de las mujeres jamás vista. Venía sola, sonriente, pero se adivinaba en su rostro un rictus de dolor.
Con gozo, escuché la noticia: Jesús, su hijo, vendría con sus doce discípulos a celebrar allí la Pascua; la fiesta más importante de nosotros los judíos que conmemoraba la salida de la esclavitud en Egipto. Con cariño emocionado, ayudé en lo que pude.
Más por sus manos que por las mías, la “sala grande y bien aderezada” quedó pronto como los chorros del oro; ¡que tenía María unas manos cuasi divinas!
-Anda Marcus, me dijo, ve al templo y trae el cordero que, puesto a orear después de ser sacrificado; lo comerán aquí asado mi hijo y sus discípulos como mandan nuestros preceptos.
Marché rápido y María se quedó sola en la casa. Cuando regresé del templo, un olor inconfundible a pan cocido llegaba hasta la calle. Pan sin levadura, pero pan bueno. En el horno crepitaban la leña con llamaradas muy vivas hasta dejar el horno “albo”, listo para asar el cordero. Un recental sin mancha ni defecto alguno. Con la delicadeza de una mujer perfecta, fue colocando sobre la mesa enorme, jarras, platos y vasos de barro. En el centro una jarra poco frecuente, hermosa y con forma de cáliz. Discretamente, dejaba hacer ayudando lo poco que pude a la Señora. María, sola, esperaba…
Llamaron a la puerta. En silencio, como cumpliendo un rito, penetraron los doce con Jesús, tomando la postura habitual en los triclinios. En mi opinión, en aquella noche entre solemne y triste acudieron todos al amparo de María.
Una chispa de alegría brilló en los ojos de la Madre al mirar a su hijo. Atento a la escena, vislumbré complicidad en la mirada de Madre e Hijo. Esperé acontecimientos…
En un silencio que se cortaba, oí palabras para mí ininteligibles: “Esto es mi cuerpo” … “Este es el cáliz de mi sangre” …. Partió Jesús el pan y todos comieron. Era pan y parecía pan; pero se diría que muy especial por la unción y el recogimiento con que lo comieron. Luego, con la misma solemnidad, bebieron todos del vino de la copa especial preparada por María. Era vino y parecía vino; pero como del pan dijo Jesús que era su Cuerpo, igual del vino que era su Sangre. Salió un momento María de su soledad y tomó del Cuerpo Y la Sangre de su Hijo. Yo, Marcus, vi y creí.
En procesión solemne partieron todos. En la casona, María se quedó sola. Más tarde, volverían todos a aquella casa al amparo de María. En el próximo, si Dios es servido, lo veremos….
DESAMPARADA
(Soneto)
Bajo un palio de rico terciopelo,
sustentado en labrados los varales,
canastilla de plata, luz; florales
los ramos que a tus pies cubren el suelo.
Un día hombres de Fe, de honor y celo
así te imaginaron, y marciales,
los primeros sus pasos iniciales,
quisieron te sirvieran de consuelo.
Los verdes, seda y oro de tu manto,
y el halo de tu testa coronada,
son, Madre, de tus hijos guía y faro.
Y en la tarde de amor del Jueves Santo,
-tú, próximo su adiós, desamparada-
en ti buscan y encuentran el amparo.
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