Por Javier Pardo de Santayana
(Viñeta de Ramón en El Norte de Castilla el pasado día 26 de febrero)
En mi anterior artículo tuve ocasión de describir el panorama de confusión y de desquiciamiento que hoy domina el mundo entero como consecuencia de la invasión de un virus asesino. Confusión en la que estamos inmersos y de la que obtiene beneficios una generación de políticos que por lo que se ve desprecia la inteligencia y la razón. Pero no es esto todo, ya que nosotros mismos, es decir, los “sufridores” de esta situación anómala, también contribuimos a la sinrazón reinante dejándonos llevar por el ambiente. Por ejemplo, lejos de respetar la herencia que nos legaron nuestros padres, cedemos a toda clase de presiones y no nos esforzamos suficientemente en su defensa. Éste es precisamente el caso del idioma, que con el arte constituye la principal expresión de la cultura. Y así vemos, y oímos sobre todo, como el idioma inglés ha ido invadiendo nuestros lares hasta extremos tan ridículos que mis ejemplos pueden sonar a invento. Ahora mismo oigo un anuncio radiofónico que, sin venir a cuento, incluye una expresión innecesaria – “experience amazing” – que me rechina en los oídos; primero, porque no sé a qué santo viene, y segundo, porque un inglés correcto invierte las palabras.
Pero hoy no insistiré en estas cuestiones de la invasión foránea del bello idioma de Cervantes, sino en otra que tiene también bastante miga, y que es una nueva tendencia que percibo ahora entre mis compatriotas: el cada vez más frecuente empleo equivocado de ciertos verbos y expresiones. Éste es, por ejemplo, el caso de un sencillo y expresivo verbo hoy ya casi en desuso para gran parte de la gente.
¿Se ha dado cuenta usted, improbable lector mío, de que los españoles ya no oyen? Y es que, en efecto el “oigo” o “he oído”, u otras expresiones parecidas, ya brillan por su ausencia, de tal forma que se nos diría sordos. Aquí en España nadie “oye”, no, sino que, al parecer, “escucha” simplemente, incluidos periodistas, conforme a una nueva manía que ya alcanza incluso a personajes muy rodados que se sonrojarían probablemente si alguien les hiciese ver lo que en realidad expresan. Se diría que por alguna razón inexplicable pronunciar simplemente la palabra “oír” se les antoja improcedente. Así dirán incluso que “no escuchan nada” cuando quien lo dice precisamente está escuchando, es decir, esforzándose por conseguir oír algo. He aquí un buen ejemplo de mal uso de los matices del idioma patrio.
Pero lo de sustituir continuamente el “oír» por “escuchar” es ya tan evidente que parece mentira ver como cae en el anzuelo una mayoría de compatriotas nuestros como movidos por un impulso irracional contrario a pronunciar la palabra maldita. No resultaría por consiguiente extraño que, como yo, otros muchos españoles se preguntan acerca de la razón oculta para esa huida de la lógica en favor de una novedad innecesaria. En todo caso digo yo que analizar las causas será probablemente cosa de psicólogos, dado que se me antoja que la raíz de ese fenómeno será una especie de rechazo que bien pudiera proceder de la búsqueda de cambios para hacer más expresiva la conversación normal, o simplemente una tendencia mórbida del cambio por el cambio como frecuentemente vemos en cuestiones de moda; es decir, como también sucede, por ejemplo, con la necesidad de cambio que a veces percibimos en ciertas expresiones rutinarias para las cuales el interés de los más jóvenes parece radicar en el abandono de cualquier fórmula clásica para sustituirla por otra “novedosa”.
Éste es también el caso de algunas expresiones de saludo, de despedida, de buenos deseos o de comunión en la alegría que se emplean en ocasiones especiales, en las que, como si el uso repetido hubiera ya anulado la eficacia, vemos cada vez más como se sustituyen por otras de nuevo cuño. Lo cual sucede, por ejemplo, con el clásico “adiós” de siempre – que es como aquel “con Dios” de despedida – sustituido ahora con frecuencia por un ciao italiano pronunciado como “chiao”, o por un “agur” a la manera vasca, o cualquier otra cosa semejante ¿Y qué me dicen de lo que ocurre con el empleo de las clásicas “felicidades” y “enhorabuena” que ahora tienden a ser empleadas al revés? Porque la “enhorabuena” siempre fue relacionada con el reconocimiento de los éxitos personales, y las “felicidades” con los deseos de felicidad propios de la celebración de santos y de cumpleaños, y sin embargo ahora se aplican muchas veces a la inversa.
Como también cambiaron otras expresiones clásicas de afecto, como aquélla que ya hace tiempo señalé en este mismo blog respecto a las palmadas en la espalda, hoy convertidas en un entusiasta fregoteo. Observación a la que añadiría el caso de los besos, que ahora se transmiten más decididamente que antes. “Un beso fuerte” decimos ahora.
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