Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

El Sermón de las Siete Palabras

Tres foramontanos en Valladolid 09 Abr 2021 - 07:22 CET
Archivado en:

Por Javier Pardo de Santayana

(El sermón, en la Plaza Mayor de Valladolid)

El caso es que esta Semana Santa mi mujer y yo tuvimos interés en asistir al sermón de las Siete en Valladolid. No sería en presencia, desde luego, porque no podíamos salir de nuestro entorno actual ya sabe usted por qué. Así que lo que hicimos fue sintonizar nuestra televisión con un programa de la Trece.

Y la primera reacción consistiría en lamentarnos de que la situación meteorológica no permitiera que el acto se desarrollara en la Plaza Mayor como era de costumbre. Así que el acto se desplazaría a otro lugar igualmente significativo: la catedral, lugar muy digno ciertamente, pero que no respondía a mi ilusión de revivir determinados recuerdos familiares; volver a ver un acontecimiento que tuvo lugar un día muy lejano en el que acompañé a mi madre con idéntico objetivo desde Madrid, que entonces era nuestra lugar de residencia.

Vivían todavía en aquel tiempo unas hermanas de mi abuelo materno que residían en la Plaza Mayor vallisoletana, así que pudimos presenciar el acto desde un lugar de privilegio, esto es, sin salir de casa y dominando una perfecta perspectiva. No había, pues, mejor lugar que aquél para gozar en plenitud de la Semana Santa, y es a esta circunstancia a la que yo atribuyo ahora la persistencia del recuerdo. Pero en este caso, aún lamentando que las circunstancias meteorológicas no nos permitieran encontrar la impresionante imagen recordada, opté por no desconectar y seguir adelante, dado que al fin y al cabo y en cualquier circunstancia, se trataba de un evento propio del día y del programa de una Semana Santa siempre espléndida.

El caso es que el primer asombro que experimenté fue ver a quien correspondía desarrollar el enjundioso tema que era núcleo del acto, es decir conocer la personalidad de quien pronunciaría el famoso sermón al que me vengo refiriendo, si bien supuse que se trataría de un personaje de categoría, dado que, en todo caso y aunque no podría asegurarlo, mi recuerdo conservaba la impresión de que en la lejana ocasión de aquel viaje con mi madre se había tratado de un hombre de cierta edad y representación, quizá un obispo o cosa parecida.

De aquí mi gran sorpresa, pues en esta ocasión el protagonista no respondía en absoluto a tal supuesto. En efecto, a quien encontré frente al micrófono y enmarcado por la grandiosidad catedralicia – quien  en esta ocasión centraba la atención de todo el mundo – era un humilde fraile capuchino. Y lo curioso era que ni siquiera se trataba de un hombre de cierta edad o revestido de determinados signos de respeto, sino de un todavía joven individuo de unos cuarenta años y aspecto sencillo, calzado con unas humildes sandalias y sin otra señal generadora de respeto que la proporcionada por el severo aspecto de generosidad y de renuncia que le proporcionaban su cabeza rapada y su hábito. La sencillez misma, en suma.

Pero señores, cuando fray Victor Herrero de Miguel – que éste era su nombre – empezó a hablar en público, tengo que confesar que quedaría impactado. Impactado, sí por su dominio de la situación, su naturalidad y, sobre todo, por la eficaz expresión de sus palabras. A medida que exponía sus ideas en público iba yo dejándome llevar por su elocuencia, tan sencilla como matizada.  Con la mayor naturalidad y sencillez, aquel hombre nos revelaba, frase por frase y palabra por palabra, la presencia de una sabiduría extraordinaria ante la cual todo tenía su sentido. No se trata, por tanto, de resaltar la fluidez de su expresión verbal o su dominio de la Historia, que también, y no crecía tampoco nuestro asombro solamente por su brillantez, su contundencia o sus hallazgos expresivos al referirse a materias del espíritu. Era algo más y aún más esencial, porque era un todo en el que cada palabra, en nada pretenciosa, sonaba como lo que era ella misma simplemente, es decir, como si fuera la palabra exacta: la que además de su valor expresivo contenía casi siempre cierto latido de tensión poética. Y aún esto no era todo, pues en su expresión sencilla pero de una eficacia sorprendente, haría asomar también, como sin pretenderlo, humildemente, la evidencia de una gran sabiduría fruto de un trabajo intenso: de haber buceado en muchos libros y de una vida de estudio que comprendería, entre otras cosas, el conocimiento de las lenguas clásicas.

Lo que me haría recordar también a aquella legión de humildes frailes ignorados que durante toda la Edad Media conservaron aquel impresionante acervo cultural relacionado con su mundo y con la fe católica que a su vez les legaron sus mayores: aquel tesoro inmenso que gracias a su trabajo humilde y concienzudo se mantuvo vivo a trancas y barrancas y pasaría a convertirse en un tesoro de valor inmenso.

PS: Cuando durante el desarrollo del Sermón observaba el rostro de las autoridades religiosas presentes en el acto, me pareció percibir en todas ellas la emoción que produce el asombro y su identificación con lo perfecto.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by