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Una historia que bien vale la pena recordar 

Tres foramontanos en Valladolid 20 Abr 2021 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana 

(Portada de “Gabriel Miró y los de su tiempo”, de Adolfo Lizón)

Hoy, improbable lector mío, andaba yo dándole vueltas en busca de tema para este blog de los Foramontanos cuando de pronto me paré y me pregunté si no sería un buena suceso el que a mí mismo sucedió hace unos días. Así que recapacité y me decidí. Y esta es la historia.

La mayor parte de mi bachillerato transcurrió en el Instituto Español de Lisboa, que estaba entonces instalado a dos pasos de la plaza del Marqués de Pombal y a otros pocos de mi casa y del Parque de Eduardo VII, escenario de una gran parte de mi tiempo libre. Y para que usted se haga cargo del ambiente, sesenta años más tarde de dejarlo y de volverme a España, cuando ya se había consumido incluso mi tiempo activo de carrera, la iniciativa de los hijos de uno de los profesores más admirados y queridos hizo posible un primer nuevo contacto de los antiguos alumnos de aquel tiempo. Ocasión en que quedó patente el buen recuerdo que todos teníamos de quienes fueron nuestros profesores.

Pues bien, la pequeña historia empieza cuando, recordando a éstos y suponiendo que quizás alguien supiera de la suerte de algunos de aquéllos, se me ocurrió preguntar si alguien sabía  qué había sido del señor Lizón, profesor mío de lengua y Literatura*, a quien siempre agradecí los animosos comentarios que hacía a mis trabajos  juveniles, hasta el punto de decirme  que era un “escritor nato”. Pero que, sobre todo, me hizo entender y amar la poesía: los Hermanos Machado, Gerardo Diego, Rafael Alberti y García Lorca contribuirían a conformar mi sensibilidad artística, Incluso me regaló un ejemplar de dos de sus obras; Los ”Cuentos de la mala uva” sabrosa crítica del ambiente literario de la época, y una Biografía de su paisano, el también oriolano Gabriel Miró.

Curiosa fue, por cierto, la forma en que nos introdujo en la literatura periodística haciéndonos escribir sobre las impresiones que sentíamos ante la entrada de las tropas soviéticas en Berlín al día siguiente de conocerse el hecho.

Pero a lo que iba: cuando pregunté por él a familiares de otros profesores asistentes, recibí la buena noticia de que seguía “como siempre, esto es con su pipa y su capa española”, o sea muy en su papel de intelectual típico. Mas poco duraría mi ilusión de poder verle, ya que no mucho después una esquela de ABC me informaría de su muerte, Sin embargo compensé parcialmente el desengaño pudiendo asistir al funeral con su viuda y sus dos hijas, mi mujer y una compañera de Lisboa, e incluso, para mi gran satisfacción, leyendo personalmente las oraciones de su misa.

El hecho reseñable  es que, varios años después – ahora – un largo mensaje de una de sus hijas  residente en Francia me muestra su deseo de poderme ver aprovechando algún viaje y que me comunica que una carta que escribí en su día recordando a su padre conmovió de tal manera a quienes han preparado el libro-homenaje que presentará la Fundación Cultural Miguel Hernández este mes de abril en Orihuela, que figurará transcrita en él. Y su hija dice, y no me diga usted que la cosa no es emocionante, que mi “hermosa carta” es un “bello testimonio” que a su padre le gustaría haber leído en vida, así  que seguramente lo estará leyendo ahora desde el cielo.

También me dice que su madre, ilustre periodista a la que conocí en el funeral citado, ha fallecido hace muy poco por culpa del coronavirus y que la familia se ocupó de donar la biblioteca de su padre y colgar toda su obra digitalizada en la pagina web de la Biblioteca Pública Fernando de Loaces.

Como podrá ver mi improbable lector, esta es la historia de una relación de admiración mutua entre profesor y alumno hermosamente culminada. Bien vale la pena registrarla.

* El otro profesor mío de Lengua y Literatura en nuestro Instituto de Lisboa fue D. Eugenio Asensio  Barbarín, extraordinario hombre de letras igualmente escritor, y de tal categoría que en varias ocasiones le he visto definido como el más completo de su época. Sé que D, Adolfo Lizón sentía una gran admiración por él. De él me limitare a citar algunas de las definiciones con las que se le identifica: filólogo, humanista, literato, cervantista, bibliófilo y lingüista. Por otra parte, los portugueses le nombraron Doctor Honoris Causa de la Universidad lisboeta y ha sido uno de los tres hombres de letras que han accedido al título de Académico Honorario de nuestra Real Academia. Currículo que me parece claramente suficiente para que nos hagamos cargo de su gran categoría intelectual aunque los alumnos suyos recordamos sobre todo su simpática imagen de sabio distraído. 

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