Por Carlos de Bustamante
(Parcial del dibujo de una cabeza de oveja. 1791. Dibujo de Francisco Bayeu y Subías )
Os decía, mis amigos y probables únicos lectores, en ÉGLOGAS (1) que el tema de estas narraciones tenía connotaciones bíblicas. En realidad, no sabía muy bien hasta qué punto cuando lo que se pretende es sólo narrar escenas, por supuesto muy bellas, de la naturaleza, el campo y el ambiente pastoril dentro de un escenario de por sí extraordinariamente digno de admiración, como es la Dehesa de Peñalba la Verde.
Como lo prometido es deuda, continúo -y perdonad que sea tan “testarrón”- donde lo dejamos con Pedro el buen pastor, que echó en falta una de sus churrillas.
¿Cómo entre 300 sabe que le falta una? Eso no me lo preguntéis a mí que soy `ignorante´…. Analfabeto, sí, pero lo sabe. ¿Acaso no sabe un padre o una madre de familia numerosa, que a la hora de “encerrar” uno de sus hijos aún no ha llegado a casa? Pedro, el buen pastor, lo sabe y marcha `agudo ande anduvon cariando sus uvejillas´.
Encierra, su hatajo en el aprisco y con Arruza (su perro) tras él parte muy ´agudo´ en dirección al monte. Teme que sola entre el robledal repleto de abellotas, se le empance Careta, que es una uveja superiorona; la mejor de todo su ganadillo. Al cabo, dice no da cantidad de leche; tanta, que `nian´ las vacas. O a él eso le `páice´.
Arruza, da con el rastro `ande los robles páicen una selva´.
Dejando la zamarra cuasi hecha girones por lo intrincado de la vegetación, penetra tras el perro en la espesura. Después de dar con el rastro que le indica el fato, Arruza ladra o aúlla desesperadamente perseguido por Careta, la oveja perdida. Mal que bien, Perico llega a un claro del monte ande los montaneros de Salamanca `hizon´ carbón quisió cuántos años antes. El espectáculo es tan singular, que hasta el propio pastor se conmueve. Careta, la mejor oveja -perdón, uveja- del aprisco arremetía embistiendo una y otra vez al perro del pastor, que, por la cuenta que le tenía, áhura´ guardaba con prudencia la distancia con Careta y ¡trillizos! recién paridos. Relimpios y como los chorros del oro, mamaban por turno de las grandes ubres de la churrilla más churra del aprisco.
A escape, Pedro introdujo a dos en las alforjas; se rasca luego la cabeza y con el cariño de padre y madre, coge en brazos al tercero. Áhura Careta, sigue al pastor mansa como un cordero… Espectáculo que conmueve: Perico sonriente, feliz, con dos lechazos hembras asomando en las alforjas y otro, macho, en sus brazos como de madre.
Dos hembras que de adultas pasarán al hatajo de Eutimio de uvejas selectas; y el macho, a las teleras `ande´ encierran a los `simentales´ que tras la cubrición mejoran la raza. `Satisfecho ´por hallar la uveja perdida, entra por la puerta del aprisco, con expresión de triunfo en la sonrisa de oreja a oreja. Gozoso, muestra a los otros pastores la maravilla encontrada. Tres ejemplares tan idénticos que sólo Perico sabrá distinguir. Que es mucho pastor Pedro, el buen pastor Perico. Hociquillo negro en la punta los tres; extremos de manos y patas negros como el azabache hasta las pezuñas; orejas igual de negras en poco más de la punta. Un calco de la madre y del padre que les dieron la raza. Un calco del resto de ganado, churro de pura raza. Como lo son todas las uvejas de los tres hatajos.
`Deseguida´ el mayoral Marcia, siguiendo las instrucciones del `amo´ marca los tres ejemplares con el tatuaje tras la `ureja´. Número que les distinguirá de por vida dentro del hatajo selecto las hembras, y como `simental´ el macho.
-Perico ofrece `sastifecho´ la bota a sus compañeros que, apretando y doblando el pellejo ande queda sólo una miaja vino -ración del día- y eufórico por el hallazgo de la uveja perdida y hallada en el monte más los tres lechazos `superiorones´, no `repuna´ la indicación del mayoral:
¡Chiquitos, vamos áhura a ordeñar, que `sigún siahace´ de noche, no sé ó a quihora´ terminaremos de ordeñar!
En `blanqueta´ tras despojarse de la zamarra, a escape comienza el trabajo en verdad penoso . Cuando los chorros de leche tibia tiñen de blanco los herradones en continuo rumor de pequeño torrente en cascada, las estrellas en el límpido cielo castellano hacen continuos guiños a los pastores en la faena más dura del día.
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